Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 9 #3
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CAPITULO 9 #3

El corazón de Frances se detuvo.

William también pareció comprender que lo había dicho en voz alta.

Casi besarla.

Ninguno apartó la mirada.

—No me besó —susurró ella.

—No.

—¿Quiso hacerlo?

La pregunta fue un error.

Una vez formulada, ya no existía forma de volver a la seguridad del acuerdo.

William avanzó hasta quedar frente a ella.

—Sí.

Frances sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—Entonces ¿por qué se apartó?

—Porque me pidió que la ayudara a encontrar esposo.

—Eso no responde.

—Porque confiaba en mí.

—¿Y besarme habría destruido esa confianza?

—Sí.

—¿Está seguro?

Los ojos de William se oscurecieron.

—No diga cosas que no comprende.

—Comprendo perfectamente lo que he preguntado.

—No. Está confundida porque Philip la corteja y yo estoy a punto de marcharme.

—No utilice a Philip para evitar responder.

—Es imposible no utilizarlo. Aceptó su cortejo ayer.

—Porque usted me aconsejó hacerlo.

—Porque es un buen hombre.

—Pero no pudo decirme que sería feliz.

—Nadie puede prometerle eso.

—Usted dijo que debía esperar a alguien que hiciera imposible conformarme con menos.

—Sí.

—Y después casi me besó.

William cerró los ojos brevemente.

—Frances.

—¿Qué se supone que haga con eso?

—Olvidarlo.

La respuesta dolió.

—Qué conveniente.

—Es lo correcto.

—¿Para quién?

—Para usted.

—No decida por mí.

—Alguien tiene que hacerlo mientras se empeña en convertir cada emoción en una pregunta que pueda analizar.

Frances retrocedió como si la hubiera golpeado.

William se arrepintió de inmediato.

—No quise decir…

—Sí quiso.

—No de esa manera.

—Siempre sabe exactamente lo que quiere decir.

—Con usted no.

La admisión los detuvo.

William pasó una mano por el cabello.

—Ese es el problema.

—¿Yo soy el problema?

—No. Lo que ocurre cuando estoy cerca de usted.

El corazón de Frances comenzó a latir con una fuerza dolorosa.

—¿Qué ocurre?

William la miró.

Toda ironía había desaparecido de su rostro.

—Olvido que debo ayudarla a elegir a otro.

La distancia entre ellos parecía haberse reducido aunque ninguno se moviera.

Frances pensó en Philip, en la cena de aquella noche y en la vida tranquila que había imaginado. Después pensó en el vacío que sintió al saber que William podía marcharse.

—No regrese todavía —dijo.

Él endureció la mandíbula.

—No me pida eso.

—Solo algunas semanas.

—Cada día que permanezca será más difícil.

—¿Qué cosa?

—Marcharme.

Frances sintió una esperanza tan intensa que casi la asustó.

—Entonces no se marche.

William levantó una mano y rozó con los nudillos un mechón junto a su sien. Fue un contacto breve, apenas una caricia, pero Frances cerró los ojos.

—No sabe lo que está pidiendo.

—Tal vez sí.

—Ayer aceptó que otro hombre la cortejara.

—Y hoy le estoy pidiendo que se quede.

—Eso no es suficiente.

Frances abrió los ojos.

—¿Qué sería suficiente?

William descendió la mano.

—Que supiera por qué me lo pide.

Ella no pudo responder.

Porque todavía había demasiados motivos mezclados: el acuerdo, la confianza, la necesidad de su opinión y aquel deseo inquietante que no sabía separar del miedo a perderlo.

William dio un paso atrás.

—Responderé a mi padre esta tarde.

—¿Qué le dirá?

—Que regresaré.

La esperanza se derrumbó.

—Comprendo.

—Pero no en el próximo barco.

Frances levantó la vista.

—¿Cuándo?

—Después de la temporada.

—Eso puede ser dentro de meses.

—Lo sé.

—Su padre se enfadará.

—Suele hacerlo.

Una sonrisa lenta apareció en los labios de Frances.

—Entonces se queda.

—Me quedo.

La alegría fue tan inmediata que olvidó ocultarla.

William la contempló y algo en su expresión se suavizó.

—No debería parecer tan complacida.

—Mi consejero ha decidido cumplir su promesa.

—Naturalmente.

—Esta vez puede utilizar la palabra.

Frances sonrió.

William también.

Durante un instante todo pareció sencillo.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Ambos se separaron con rapidez.

Alice asomó la cabeza.

—Milady, lord Philip acaba de llegar.

El silencio regresó como una pared.

Frances miró a William.

La calidez había desaparecido de su expresión, reemplazada por la serenidad controlada del consejero que estaba obligado a evaluar al hombre que la esperaba abajo.

—Llegó temprano —dijo él.

—Sí.

—Debería recibirlo.

Frances no se movió.

—¿Vendrá al salón?

William recogió la carta.

—Dentro de unos minutos.

—¿Por qué no ahora?

—Necesito escribir a mi padre.

Ella asintió, aunque comprendió que no era la única razón.

William abrió la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Frances.

—¿Sí?

—No confunda que me quede con una respuesta que todavía no he dado.

La advertencia dolió porque ambos sabían exactamente a qué pregunta se refería.

—Y usted no confunda mi cortejo con una decisión que todavía no he tomado —respondió.

William sostuvo su mirada durante un largo segundo.

—Bien.

—Bien.

Él salió.

Frances permaneció sola, escuchando sus pasos alejarse por el corredor mientras lord Philip la esperaba en el salón y el corazón le decía, con una claridad que su razón todavía se negaba a aceptar, que el hombre cuya partida había temido no era simplemente su consejero matrimonial.