CAPITULO 10
F rances tardó más de lo prudente en bajar al salón.
No porque quisiera hacer esperar a Philip, se aseguró mientras Alice acomodaba por tercera vez una cinta que ya estaba perfectamente colocada, sino porque necesitaba recuperar una serenidad que William había desbaratado con demasiada facilidad.
No podía presentarse ante un caballero que acababa de iniciar su cortejo con el pulso alterado por otro hombre, y mucho menos permitir que Philip advirtiera que el motivo de su tardanza no tenía relación alguna con él.
—Milady —dijo Alice con cautela—, creo que la cinta no mejorará aunque continúe mirándola de esa manera.
Frances apartó los ojos del espejo.
—No estaba mirando la cinta.
—Eso explica por qué parecía tan disgustada con ella.
—No estoy disgustada.
Alice recogió unas horquillas que no necesitaban ser recogidas.
—El señor Vanderbilt se queda, entonces.
Frances se volvió.
—¿Cómo lo sabes?
—La casa entera lo sabe.
—Ha tomado la decisión hace menos de media hora.
—Lord Edward pasó por el corredor celebrando que su compañero de cabalgatas no lo abandonaría.
Frances intentó ocultar la satisfacción que la noticia le provocaba.
—William no se queda por Edward.
Alice levantó las cejas.
—No, milady.
—Se queda porque prometió ayudarme.
—Naturalmente.
—No empieces tú también.
—Solo estaba de acuerdo.
—De una forma irritante.
—Llevo observando al señor Vanderbilt varios días. Parece contagioso.
Frances se puso de pie.
—Lord Philip me espera.
—Desde hace veinte minutos.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Lo hice dos veces.
Frances tomó aire. Aquello confirmaba que todavía no estaba preparada para descender, pero no podía continuar escondida en su dormitorio. Philip no merecía recibir una versión distraída de ella, incapaz de escuchar una conversación sin pensar en la confesión de William.
Quiso besarla.
Había pronunciado aquellas palabras sin vacilar, con una sinceridad tan directa que todavía podía sentirlas recorriéndole la piel.
También había dicho que debía olvidarlo, como si el deseo pudiera ser reconocido y eliminado en una misma conversación, como si quedarse hasta el final de la temporada no alterara nada entre ellos.
Frances no sabía qué esperaba que ocurriera.
Solo sabía que la idea de su partida le había resultado insoportable.
—¿Está lista? —preguntó Alice.
—Sí.
La doncella contempló su expresión.
—No parece segura.
—No tengo que estar segura de todo.
—Eso sí que es nuevo.
Frances le dirigió una mirada y salió del dormitorio.
Philip la esperaba en el salón pequeño, acompañado por su madre y por la marquesa.
La visita no era privada ni podía serlo después de haberse formalizado el cortejo, pero lady Ashcombe había tenido la delicadeza de concentrar su atención en unos bordados junto a la ventana, fingiendo no observar cada gesto de su hijo.
Philip se puso de pie cuando Frances entró.
Su sonrisa fue inmediata y cálida.
—Lady Frances.
—Lord Philip. Lamento haberlo hecho esperar.
—Una espera breve por una compañía agradable no constituye sacrificio alguno.
Era una frase bonita, pronunciada sin la ligereza ensayada de muchos caballeros londinenses. Philip no parecía intentar seducirla mediante halagos; simplemente deseaba que supiera que su presencia le agradaba.
Frances debería haber sentido algo más.
—Se sentará con nosotros, ¿verdad? —preguntó lady Ashcombe—. Estábamos hablando de los preparativos para la cena.
—Por supuesto.
Philip esperó a que Frances tomara asiento y ocupó el sillón contiguo. Había dejado sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel azul.
—Le he traído algo.
Frances lo miró con sorpresa.
—No era necesario.
—Lo vi ayer en el pueblo y recordé que, cuando éramos niños, insistía en que los jardines eran más interesantes si se conocía el nombre de cada planta.
Le entregó el paquete. Frances retiró el papel y encontró un libro encuadernado en piel verde: un estudio ilustrado sobre especies botánicas inglesas.
—Es precioso.
—Pensé que podría interesarle.
—Me interesa. Mucho.
Aquella vez la gratitud fue completamente sincera. Philip había recordado una parte de ella que nadie mencionaba desde hacía años, una curiosidad infantil que había abandonado al comenzar a recibir lecciones más apropiadas para una joven de su posición.
—Gracias.
—Me alegra haber acertado.
Las madres intercambiaron una mirada discretamente complacida.
Frances abrió el libro y recorrió algunas de las ilustraciones. Era un regalo considerado, personal sin resultar íntimo y suficientemente modesto para no convertirlo en una declaración exagerada.
William no encontraría nada que objetar.
El pensamiento apareció antes de que pudiera impedirlo.
Cerró el libro.
—¿Ha venido solo para entregarme esto?
—También deseaba preguntarle si le agradaría visitar Ashcombe Park la próxima semana. Mi madre organizará un almuerzo y podríamos mostrarle la escuela de la propiedad.
Lady Ashcombe dejó el bordado.
—Sería un encuentro pequeño. Solo algunos vecinos y su familia, naturalmente.
Frances comprendió el propósito. Philip deseaba que viera la vida que podría ofrecerle, no mediante promesas, sino dentro del entorno donde esa vida se desarrollaría.
—Me agradaría conocer la escuela.
—Entonces escribiré a su padre para acordar el día.
—No necesita solicitarle cada conversación.
—Tal vez no, pero deseo que comprenda que respeto su autoridad.
Frances sintió una incomodidad tenue.
—Mi padre no posee autoridad sobre cada decisión que tomo.
Philip pareció sorprendido.
—No he querido insinuarlo.
—Lo sé. Solo prefiero que me consulte antes de organizar algo que me incluye.
—Por supuesto.
La respuesta fue rápida, aunque el breve desconcierto de Philip no pasó inadvertido.
Frances recordó el consejo de William: no suavice lo que piensa para parecer más adecuada.
—También me gustaría que las niñas de la escuela asistieran —añadió—. Quiero conversar con ellas y con sus maestras.
Lady Ashcombe frunció apenas el ceño.
—No sé si sería conveniente durante un almuerzo.
—Podríamos visitarlas antes —propuso Philip—. Así Frances tendría tiempo de conocer el lugar sin alterar los preparativos de mi madre.
Aquella solución resultó respetuosa para ambas.
—Me parece perfecto —dijo Frances.
Philip sonrió.
—Entonces está decidido.
La conversación continuó durante varios minutos.
Hablaron de los jardines, de la cena de aquella noche y de algunos conocidos que asistirían.
Philip se mostró atento, pero Frances descubrió que aguardaba otra presencia.
Cada vez que sonaban pasos en el corredor, una parte de ella esperaba que la puerta se abriera y William entrara.
No ocurrió.
Él había dicho que bajaría en unos minutos.
Había transcurrido casi una hora.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Philip.
Frances volvió hacia él.
—Sí.
—Parecía distraída.
—Solo pensaba en la cena.
La mentira fue pequeña, pero produjo una culpa inmediata. Philip no había hecho nada para merecer que ella fingiera.
—En realidad, esperaba al señor Vanderbilt —admitió.
La expresión de Philip no cambió por completo, aunque la calidez de su sonrisa disminuyó.
—Comprendo.
—Prometió acompañarme durante el proceso.
—Sé cuál es su acuerdo.
Lady Ashcombe miró hacia ellos con interés, pero la marquesa intervino para preguntarle acerca de una receta, proporcionándoles una ilusión de privacidad.
—¿Le incomoda? —preguntó Frances.
Philip acomodó una mano sobre la rodilla.
—No me corresponde decidir quién puede aconsejarla.
—No he preguntado si le corresponde.
Él la observó durante un instante.
—Sí. Me incomoda un poco.
La sinceridad la sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué lugar ocupa en su vida.
—Es un pariente de mi madre.
—Eso describe su relación familiar, no la de ustedes.
Frances sintió que su espalda se tensaba.
—Nos conocemos desde hace pocos días.
—Y, sin embargo, su opinión parece importarle más que la de personas a las que conoce desde siempre.
No había acusación en su tono. Solo una preocupación real que ella no podía considerar injusta.
—William no pertenece a nuestra sociedad —explicó—. No está condicionado por las mismas alianzas ni por la necesidad de proteger reputaciones. Por eso le pedí objetividad.
—¿Cree que la tiene?
La pregunta la llevó de regreso al dormitorio, a la cercanía de William y a su confesión.
Olvido que debo ayudarla a elegir a otro.
Frances bajó la mirada hacia el libro.
—Creo que intenta tenerla.
—No es lo mismo.
—No.
Philip guardó silencio. Ella percibió que debía añadir algo, tranquilizarlo o asegurarle que William no representaba una amenaza para el cortejo.
No podía hacerlo sin mentir.
La puerta se abrió finalmente.
William entró.
Se había cambiado de ropa y no quedaba rastro del polvo del viaje. Llevaba una chaqueta azul oscuro, chaleco gris y una expresión de cortesía perfecta que Frances ya reconocía como una máscara. En una mano sostenía una hoja doblada.
—Lady Ashcombe, lord Philip —saludó—. No sabía que ya habían llegado.
Philip se puso de pie.
—Hace algún tiempo.
El comentario resultó suficientemente educado, pero William percibió el reproche. Su mirada pasó de él a Frances y después al libro sobre la mesa.
—Veo que ha traído un regalo.
—Un estudio botánico —explicó Frances.
William tomó el libro cuando ella se lo ofreció y revisó la portada.
—Una elección considerada.
Philip pareció prepararse para encontrar ironía, pero no había ninguna.
—Frances siempre se interesó por las plantas —dijo.
William volvió la vista hacia ella.
—No lo sabía.
—No sabe todo acerca de mí.
—Cada día descubro algo nuevo.
La frase fue sencilla, aunque Frances sintió que Philip se ponía rígido junto a ella.
William dejó el libro.
—He preparado algo para usted.
—¿También es un regalo? —preguntó lady Ashcombe.
—No exactamente.
Entregó a Frances la hoja doblada.
Ella la abrió y encontró una lista escrita con la letra firme de William.
Nombre completo.
Edad.
Ingresos propios.
Expectativas hereditarias.
Deudas conocidas.
Hábitos de juego.
Relaciones anteriores.
Planes de residencia.
Opinión sobre la educación femenina.