CAPITULO 10 #2
Trato hacia criados y arrendatarios.
Número deseado de hijos.
Relación con su madre.
Frances levantó lentamente la vista.
—¿Qué es esto?
—Las preguntas que debería responder antes de considerar seriamente a un caballero.
Philip se inclinó para leer y su rostro fue perdiendo serenidad con cada línea.
—¿Relación con su madre? —repitió.
William tomó asiento frente a ellos.
—Es fundamental.
—¿Por qué?
—Un hombre que depende de la aprobación materna obligará a su esposa a competir por autoridad dentro de su propia casa. Uno que desprecia a su madre podría trasladar ese desprecio a otras mujeres. La opción ideal es una relación afectuosa con límites razonables.
Lady Ashcombe dejó definitivamente el bordado.
—¿Insinúa que Philip depende de mí?
—No lo conozco lo suficiente para insinuar nada.
—Lo ha observado durante dos días —dijo Philip.
—Y hasta ahora no corre peligro.
Frances se cubrió los labios para contener una sonrisa.
Philip la miró.
La sonrisa desapareció.
William lo notó y su expresión se volvió más seria.
—La lista no está dirigida exclusivamente a usted —aclaró—. Lady Frances conocerá a otros caballeros durante la temporada.
—Creí que mi cortejo significaba que me consideraría con cierta exclusividad.
Frances intervino antes de que William respondiera.
—Acepté permitir que me cortejara, no cerrar todas las demás posibilidades.
Philip se quedó inmóvil.
—Comprendo.
Ella percibió que no lo había comprendido antes.
—Creí que era evidente —añadió.
—Para mí no lo fue.
William no dijo nada, pero Frances sintió su atención fija en ambos.
—No deseo engañarlo —continuó—. He regresado decidida a escoger con cuidado. Sería imprudente comprometerme emocionalmente con el primer hombre adecuado que se presente.
Philip apretó los labios.
—No soy un desconocido que acaba de presentarse.
—No. Pero tampoco somos los niños que fuimos.
—Pensé que nuestro afecto anterior nos concedía una ventaja.
—La concede. No garantiza el resultado.
Lady Ashcombe parecía cada vez más incómoda, mientras la madre de Frances conservaba una serenidad admirable.
Philip miró hacia William.
—¿Esta idea procede de usted?
—No —respondió Frances antes que él—. Es mía.
—Pero la alienta.
—Aliento a lady Frances a no aceptar una vida por miedo a que no aparezca otra oportunidad —dijo William.
—Nadie ha hablado de miedo.
—No de forma explícita.
Philip se levantó.
—Quizá esta conversación sea más apropiada sin nuestras madres presentes.
Lady Ashcombe también se puso de pie.
—Creo que sería mejor marcharnos. Regresaremos esta noche para la cena.
—Philip —dijo Frances—, no deseo que se vaya molesto.
Él la miró y parte de su rigidez cedió.
—No estoy molesto con usted. Solo necesito comprender las reglas de un cortejo que parece incluir a un tercer participante.
El golpe fue preciso.
William permaneció completamente inmóvil.
Frances sintió que todos los ojos se dirigían hacia ella.
—El señor Vanderbilt es mi consejero —dijo.
—Sí.
Philip no discutió la afirmación, pero su tono dejó claro que no la creía suficiente.
Tomó la mano de Frances y se inclinó sobre ella. El gesto fue correcto, breve y más distante que en ocasiones anteriores.
—Hasta esta noche.
—Hasta esta noche.
Lady Ashcombe se despidió con cortesía, aunque ya no con la misma calidez con la que había llegado. La marquesa salió para acompañarlos al vestíbulo. Philip se detuvo frente a William.
—Espero que esta noche pueda observarme con objetividad.
William se puso de pie.
—Yo también.
Philip sostuvo su mirada.
—Porque si no puede hacerlo, debería apartarse.
Frances contuvo el aliento.
William no respondió hasta que el otro hombre se alejó.
—Es una petición razonable —dijo finalmente.
La puerta se cerró.
Frances volvió hacia él.
—¿Piensa apartarse?
William miró la hoja que todavía sostenía ella.
—Tal vez debería.
—No.
—Philip tiene derecho a cortejarla sin sentir que otro hombre espera que falle.
—¿Eso hace?
—¿Qué?
—¿Espera que falle?
El silencio bastó como respuesta.
Frances dejó la lista sobre la mesa.
—Me dijo que no había encontrado defectos graves.
—No los he encontrado.
—Entonces ¿por qué quiere que falle?
William volvió el rostro hacia la ventana.
—Ya conoce la respuesta.
—Quiero escucharla.
—No.
—Hace una hora me exigió que supiera por qué le pedía que se quedara. Ahora le exijo lo mismo. ¿Por qué desea que Philip falle?
William se volvió.
—Porque si tiene éxito, usted podría casarse con él.
—Ese es el propósito del cortejo.
—Lo sé.
—Entonces debería alegrarse.
—También lo sé.
Frances caminó hasta quedar frente a él.
—Pero no se alegra.
—No.
La palabra cayó entre ambos sin protección.
—¿Por qué?
William apretó la mandíbula.
—No haga esto.
—Usted comenzó cuando confesó que quiso besarme.
—Y terminé cuando no lo hice.
—No puede declarar terminado algo que continúa cada vez que me mira.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Y cómo la miro?
Frances sostuvo su mirada, aunque el pulso le latía con fuerza.
—Como si deseara apartar a todos los hombres que se acerquen.
—Tal vez lo deseo.
—Eso no forma parte de nuestro acuerdo.
—Lo sé.
—Entonces deje de responder que lo sabe y dígame qué significa.
William bajó la voz.
—Significa que aceptar ayudarla fue un error.
La afirmación dolió más de lo esperado.
—¿Se arrepiente?
—Cada vez que sonríe a otro hombre.
Frances dejó de respirar.
William continuó, como si hubiera cruzado una frontera y ya no pudiera detenerse.
—Cada vez que Philip toca su mano, imagino apartarlo. Cuando habla de la vida que puede ofrecerle, busco razones para demostrar que no será suficiente. Y cuando usted me pregunta si sería feliz con él, tengo que recordar que mi función consiste en responder con la cabeza y no con lo que siento.
—¿Y qué siente?
—No debería preguntarlo.
—Ya lo hice.
William cerró los ojos un instante.
—Celos.
La honestidad la atravesó con una mezcla de alivio y temor.
—Entonces Edward tenía razón.
Él abrió los ojos.
—No se lo diga. Será insoportable.
Una risa temblorosa escapó de Frances. William la miró y la tensión de su rostro se suavizó apenas.
—No parece algo de lo que pueda reírme —dijo ella.
—No lo es.
—Pero tampoco puede continuar fingiendo que solo es mi consejero.
—No.
Frances esperó.
—¿Y ahora qué hacemos?
La pregunta se cargó de todo lo que ninguno sabía resolver.
William miró hacia la puerta por la que Philip se había marchado.
—Usted continúa con el cortejo.
La respuesta la indignó.
—¿Después de decirme esto?
—Precisamente por eso.
—No tiene sentido.
—Tiene todo el sentido. No confía todavía en lo que siente por mí. Hace unas horas no podía explicar por qué quería que me quedara. Si interrumpe el cortejo ahora, podría creer después que escogió por temor a perderme, no porque me desea.
—¿Y usted qué escogerá?
—No estoy escogiendo.
—Eso es cobardía.
La palabra golpeó.
William endureció el rostro.
—Es prudencia.
—La prudencia es la excusa de quienes temen asumir las consecuencias.
—Y el impulso es la excusa de quienes no quieren pensar en ellas.
Frances retrocedió.
—Entonces tiene razón. Fue un error pedirle ayuda.
—Frances.
—No. Usted quiere que continúe con Philip mientras admite que desea que falle. Pretende observarme junto a él, juzgar cada palabra y después retirarse cuando le pregunto qué ofrece a cambio.
—No puedo ofrecerle nada todavía.
—Podría ofrecerme sinceridad.
—Acabo de hacerlo.
—Solo hasta el punto en que deja de resultarle cómodo.
William soltó una risa incrédula.
—¿Cómodo? Mi padre exige que regrese a América, usted está siendo cortejada por un hombre honorable y yo acabo de admitir que deseo apartarlo sin tener derecho alguno. Nada de esto es cómodo.
—Entonces reclame ese derecho.
Él quedó completamente inmóvil.
Frances sintió que acababa de pronunciar algo que no podía recuperar.
—¿Qué ha dicho?
La voz de William fue apenas un murmullo.
Ella podría haber retrocedido, fingido que se refería al acuerdo o culpado al enojo.
No lo hizo.
—Reclame el derecho de cortejarme también.
El silencio fue absoluto.
William la miró como si no estuviera seguro de haber escuchado bien.
—No sabe lo que está diciendo.
—Otra vez decide por mí.
—Philip acaba de salir de esta casa.
—Y regresará esta noche. No le he prometido exclusividad.
—Esto no es una competencia.
—Usted lo llamó proceso de selección.
—Era una broma.
—Entonces deje de bromear.
William caminó hacia ella hasta que apenas quedó espacio entre ambos.
—¿Quiere que la corteje?
Frances sintió miedo.
No al cortejo, sino a responder con una claridad que transformaría cada relación dentro de la casa y obligaría a William a decidir si estaba dispuesto a convertir sus emociones en algo real.
—Quiero saber quién es cuando no se esconde detrás de su función de consejero.
—Ya ha visto partes que no me enorgullecen.
—Y todavía le pedí que se quedara.
—Eso no responde.
—No.
La palabra quedó entre ellos.
No era un rechazo.
Era la admisión de que ella tampoco tenía una respuesta completa.
William levantó una mano y tomó suavemente su barbilla.
—Cuando la corteje, Frances, no lo haré para ayudarla a decidir entre dos hombres.
El contacto hizo que su respiración se volviera superficial.
—¿Entonces para qué?
—Para asegurarme de que no pueda elegir al otro.
La intensidad de su voz produjo un estremecimiento que William sintió bajo sus dedos.
—Eso suena poco honorable.
—Nunca he afirmado serlo tanto como Philip.
—Pero prometió no interferir.
—También prometí decirle la verdad.
—¿Y cuál es?
William inclinó el rostro hacia ella. Sus labios quedaron a una distancia mínima, suficiente para que Frances sintiera su respiración y recordara cada instante en que él había decidido apartarse.