CAPITULO 10 #3
—Que si comienzo a cortejarla, no pienso hacerlo a medias.
El corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa.
—Todavía no ha comenzado.
—No.
—¿Qué espera?
Los ojos de William descendieron hacia su boca.
Frances supo que lo besaría.
Esta vez no retrocedió.
Un golpe seco en la puerta los separó antes de que pudiera ocurrir.
William dejó caer la mano.
Frances dio un paso atrás, intentando recuperar el aliento.
La marquesa entró con una expresión serena que no coincidía con el brillo de sus ojos.
—Lamento interrumpir, pero debemos revisar la disposición de la mesa.
Su mirada pasó de Frances a William y se detuvo un segundo en la escasa distancia que todavía los separaba.
—Naturalmente —dijo William.
La madre de Frances arqueó una ceja.
—No utilice esa palabra de esa manera.
Él pareció debatirse entre la sorpresa y la risa.
Frances cerró los ojos.
Toda la casa estaba contagiada.
—Voy enseguida, mamá.
La marquesa asintió, pero antes de salir miró a William.
—Lord Londonderry lo espera en la biblioteca.
El humor abandonó su rostro.
—¿Ocurrió algo?
—Ha llegado otra carta de América.
William se quedó inmóvil.
La marquesa cerró la puerta.
Frances miró hacia él.
—Creí que ya había respondido.
—Todavía no.
—Entonces ¿qué puede ser?
William recogió la primera carta de la mesa.
—Mi padre no suele esperar cuando desea una respuesta.
—¿Cree que ha enviado a alguien?
—No lo sé.
Salieron juntos de la sala. Al llegar a la bifurcación del corredor, William se detuvo.
—Debo ir a la biblioteca.
—Lo acompañaré.
—No.
—Esto también me afecta.
—No todavía.
Las mismas palabras que había utilizado para detener cada acercamiento.
Frances apretó los labios.
—¿Y cuándo me afectará?
William la observó durante un largo segundo.
—Cuando me atreva a pedirle lo que acaba de ofrecerme.
Luego se alejó hacia la biblioteca.
Frances permaneció inmóvil hasta que él desapareció al doblar el corredor, dividida entre la esperanza provocada por aquellas palabras y el temor de que la nueva carta destruyera todo antes de que William tuviera la oportunidad de cumplirlas.
Dentro de la biblioteca, lord Londonderry esperaba junto al escritorio con un sobre abierto entre las manos.
Edward estaba de pie frente a la chimenea.
Ninguno de los dos parecía complacido.
—¿Qué ocurrió? —preguntó William.
El marqués le entregó la carta.
—No procede de tu padre.
William reconoció la letra antes de leer la firma.
Sophia Vanderbilt.
Su madre.
Recorrió las primeras líneas con rapidez. El contenido era breve, pero cada palabra parecía cargada con el peso de una amenaza que Cornelius no había incluido en su propia carta.
Su hermano estaba enfermo.
La negociación no era el único motivo por el que lo llamaban.
Y su madre le pedía que regresara antes de que fuera demasiado tarde.
William cerró los ojos.
—¿Es grave? —preguntó Edward.
—No lo dice.
—Las madres suelen minimizar esas cosas —murmuró lord Londonderry.
William dobló la carta.
Horas antes había decidido desafiar a su padre, quedarse durante la temporada y reclamar un lugar junto a Frances. Ahora la elección ya no consistía en obedecer una orden o cumplir una promesa.
Era su familia.
Su hermano.
Y un océano entero entre ambos.
—Debo marcharme —dijo.
Pronunciarlo lo convirtió en realidad.
Edward dejó escapar una maldición.
Lord Londonderry asintió con pesar.
—Enviaré a averiguar qué barco parte primero.
William miró hacia la puerta.
Frances se encontraba al otro lado de aquella casa, preparándose para una cena en la que recibiría a Philip y a otros posibles pretendientes. Minutos antes, le había ofrecido la oportunidad de cortejarla.
Y él le había dicho que no lo haría a medias.
Ahora ni siquiera sabía si estaría en Inglaterra al día siguiente.
—¿Se lo dirás? —preguntó Edward.
William cerró la mano alrededor de la carta.
—Sí.
—¿Ahora?
Quería hacerlo.
También deseaba marcharse sin ver la decepción en su rostro, sin escucharla pedir que se quedara cuando esta vez no podría concedérselo.
—Después de la cena —respondió.
Edward lo observó con desaprobación.
—Eso no es justo.
—Esta noche es importante para ella.
—Precisamente por eso debería saberlo.
William miró de nuevo la letra de su madre.
—Si se lo digo ahora, me pedirá que me quede.
—¿Y lo harías?
La pregunta permaneció suspendida en la biblioteca.
William pensó en el cuerpo de Frances detenido a pocos centímetros del suyo, en su voz al pedirle que reclamara el derecho de cortejarla y en la vida que había comenzado a imaginar contra toda razón.
Después pensó en su hermano enfermo.
—No —dijo.
La palabra le dolió más que cualquier otra que hubiera pronunciado desde su llegada.
—Entonces díselo antes de que crea que has elegido marcharte sin luchar —respondió Edward.
William guardó la carta dentro de su chaqueta.
No había forma correcta de hacerlo.
Solo diferentes maneras de herirla.
Y por primera vez en su vida, el hombre capaz de encontrar soluciones donde todos veían problemas comprendió que no existía ningún cálculo que pudiera impedirle perder algo.