Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 11
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CAPITULO 11

W illiam descubrió aquella tarde que guardar un secreto durante una cena podía ser más agotador que cruzar el Atlántico.

La carta de su madre permanecía doblada dentro del bolsillo interior de su chaqueta mientras los carruajes comenzaban a llegar a Blackwood Hall y la casa se llenaba de voces, perfumes y el rumor constante de criados recibiendo capas.

Cada vez que se movía, el borde del papel rozaba su pecho como un recordatorio de que, al terminar la velada, tendría que destruir con unas pocas palabras aquello que apenas había comenzado a construir con Frances.

Debo marcharme.

La frase parecía sencilla.

Lo difícil sería pronunciarla después de haber prometido quedarse. Después de admitir que sentía celos. Después de escucharla ofrecerle la oportunidad de cortejarla y responder que no lo haría a medias.

William permaneció frente al espejo mientras su ayuda de cámara ajustaba el cuello de su camisa.

La imagen que le devolvía el cristal no mostraba nada extraordinario: un hombre vestido para una cena inglesa, con chaqueta negra, chaleco gris plateado y una expresión lo bastante serena para no despertar preguntas.

Había pasado años aprendiendo a ocultar sus pensamientos durante negociaciones en las que una vacilación podía costar miles de dólares.

Aquella noche solo necesitaba sostener la máscara durante unas horas.

No debería ser difícil.

Sin embargo, nunca había negociado teniendo que observar a la mujer que deseaba conversar con otros hombres mientras sabía que al amanecer siguiente quizá comenzaría el viaje que lo llevaría lejos de ella.

—¿Desea que prepare su equipaje, señor? —preguntó su ayuda de cámara.

William volvió la cabeza.

—¿Quién le dijo que me marcho?

El hombre continuó acomodando los puños con una impasibilidad admirable.

—Nadie, señor. Pero pidió información acerca de los barcos que parten desde Liverpool.

Las casas inglesas no necesitaban periódicos. Los criados proporcionaban un sistema de información mucho más rápido.

—Todavía no prepare nada.

—Muy bien, señor.

—Y no comente esto con nadie.

—Naturalmente.

William apretó la mandíbula.

Hasta los criados habían comenzado a utilizar aquella palabra con un tono sospechoso.

—Puede retirarse.

Cuando quedó solo, sacó la carta y volvió a leerla. Sophia Vanderbilt nunca dramatizaba. Había aprendido a vivir junto a Cornelius moderando sus emociones y escogiendo cada palabra con cuidado, de modo que la brevedad de su mensaje resultaba más preocupante que cualquier descripción alarmista.

George había enfermado después de regresar de un viaje. La fiebre persistía. Los médicos no coincidían acerca de la causa y Cornelius, ocupado con la negociación, se negaba a reconocer que la situación pudiera ser grave. Su madre no le pedía ayuda en los negocios.

Le pedía que regresara como hermano.

William guardó el papel.

No existía elección.

Aun así, una parte de él continuaba buscando alguna forma de permanecer.

Podía enviar instrucciones, recomendar a un médico o esperar unos días hasta recibir información más precisa.

El próximo barco no partiría hasta dentro de cuarenta y ocho horas.

Quizá para entonces llegaría otra carta anunciando que George se había recuperado.

Era una esperanza cobarde.

Y lo sabía.

Salió de la habitación poco antes de que anunciaran la llegada de los primeros invitados. En el rellano superior encontró a Edward apoyado contra la pared, vestido de negro y con los brazos cruzados.

—¿Piensas vigilar mi puerta durante toda la noche? —preguntó William.

—Solo hasta que decidas comportarte con sensatez.

—Entonces deberías buscar una silla.

Edward no sonrió.

—Díselo antes de la cena.

—No.

—Frances ya sospecha que algo ocurre.

—No sabe nada acerca de la carta.

—Sabe que recibiste una.

William comenzó a bajar la escalera.

—También sabe que decidí quedarme.

—Eso empeorará las cosas.

—No arruinaré una velada que su madre ha organizado por mi situación familiar.

Edward lo siguió.

—No se trata de la velada.

—Para Frances sí. Esta noche debe observar a Philip junto a otros hombres, confirmar si puede soportar una sala llena de personas sin necesitar esconderse detrás de su madre y descubrir cómo reacciona cuando otro caballero solicita su atención.

—Continúas hablando como su consejero.

—Lo soy.

—Hace unas horas pensabas cortejarla.

William se detuvo a mitad de la escalera.

—Pensarlo no me convierte en su pretendiente.

—Ella te lo pidió.

—Ella me desafió porque estaba enfadada.

—No parecía enfadada cuando casi la besaste.

William volvió lentamente la cabeza.

—¿Cómo sabes eso?

Edward alzó las manos.

—No lo sabía. Gracias por confirmarlo.

William consideró seriamente la posibilidad de arrojarlo por la barandilla.

—No ocurrió nada.

—Ese parece ser el problema.

—Ocúpate de tu propia vida.

—Mi propia vida no amenaza con destruir el ánimo de mi hermana antes del amanecer.

William reanudó el descenso.

—Se lo diré después de la cena.

—¿Y si Philip le propone algo esta noche?

—No lo hará.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque apenas ha comenzado el cortejo.

—Los hombres razonables también pueden ser impulsivos.

—Philip no.

—Hablas de él con mucha seguridad para alguien que pasó dos días deseando encontrarlo culpable de asesinato.

William llegó al vestíbulo.

—No se lo diré delante de treinta invitados.

—Podrías hacerlo ahora.

La voz de Frances llegó desde el salón antes de que él pudiera responder.

William quedó inmóvil.

Ella hablaba con su madre, aunque no alcanzó a distinguir las palabras. Después escuchó su risa y la determinación que había sostenido durante toda la tarde comenzó a desmoronarse.

Edward lo observó.

—Todavía puedes evitar que la velada entera sea una mentira.

—No estoy mintiendo.

—Permitir que crea que te quedarás cuando sabes que te marchas es una forma elegante de hacerlo.

La acusación acertó con demasiada precisión.

William no respondió.

Entró en el salón.

Frances se encontraba junto a la chimenea, acomodando unas flores en un pequeño jarrón mientras la marquesa revisaba la disposición de los asientos.

Llevaba un vestido azul profundo, casi del mismo tono que el que había usado en el puerto de Boston, aunque este era mucho más refinado.

La seda seguía la línea de su cintura y caía en amplios pliegues hasta el suelo.

Su cabello cobrizo estaba recogido con pequeñas perlas, dejando algunos rizos alrededor de su rostro.

William dejó de escuchar cuanto ocurría a su alrededor.

Frances levantó la vista.

La sonrisa que apareció en sus labios fue pequeña, privada y tan claramente dirigida hacia él que durante un instante olvidó la carta, el barco y el océano.

—Llegó —dijo.

Dos palabras sencillas.

Aun así, sonaron como si hubiese estado esperándolo.

—Vivo aquí —respondió.

Frances arqueó una ceja.

—Esta mañana también vivía aquí y consiguió desaparecer durante varias horas.

La marquesa miró hacia Edward, quien decidió estudiar una pintura del paisaje.

William se acercó.

—Tuve que ir al pueblo.

—¿Envió la respuesta?

—Todavía no.

—Pensé que lo haría de inmediato.

—La cena parecía más urgente.

Frances lo observó. La satisfacción que él había esperado ver no apareció por completo. Ella detectaba la tensión bajo sus palabras.

—¿Ocurre algo más? —preguntó en voz baja.

William sintió la mirada de Edward en la espalda.

Podía decírselo.

Aún faltaban varios minutos para que llegaran los invitados. Podían retirarse a la biblioteca, hablar a solas y permitir que Frances enfrentara la noche con la verdad, aunque esa verdad le robara la sonrisa.

—No —respondió.

Edward soltó un sonido de desaprobación.

Frances miró hacia él.

—¿Mi hermano tiene alguna dificultad respiratoria?

—Desde su nacimiento —dijo William.

—Intento impedir que dos personas inteligentes se comporten como idiotas —replicó Edward.

La marquesa dejó la lista sobre una mesa.

—Edward, los primeros invitados llegarán en cualquier momento. Procura no iniciar una disputa antes de que sirvan el vino.

—Yo no la inicié.

—Nunca lo haces, querido. Solo apareces casualmente en todas.

Edward miró a William una última vez y se alejó hacia el vestíbulo.

Frances esperó hasta que su madre se acercó a los criados antes de hablar.

—¿Qué intenta decirme?

—Nada importante.

—No le creo.

—Eso demuestra progreso.

—William.

Él sintió el efecto de su nombre con la misma intensidad que en el jardín. Frances había abandonado el tratamiento formal desde que él admitió sus celos, y cada vez que lo llamaba así parecía reclamar una cercanía que él ya no sabía cómo negarle.

—Hablaremos después de la cena.

—¿Es acerca de su padre?

—En parte.

La preocupación apareció en su rostro.

—¿Cambió de opinión?

—Mi padre rara vez cambia de opinión.

—Me refiero a usted.

William sostuvo su mirada.

—No quiero hablar de esto ahora.

—Eso no responde.

—Lo sé.

Frances apretó los labios.

—Entonces no espere que finja no estar preocupada durante toda la noche.

—Precisamente eso espero.

—Qué insolencia.

—Es una habilidad que usted aprecia en secreto.

—La tolero porque algunas veces viene acompañada de buenos consejos.

—Esta noche mi consejo es que olvide mis asuntos y observe a sus pretendientes.

La calidez desapareció del rostro de Frances.

—Pensé que había dejado de esconderse detrás de esa función.

—No he dejado de ser su consejero.

—Pero dijo que…

Se detuvo cuando el mayordomo anunció la llegada de los Ashcombe.

El salón se transformó de inmediato. La marquesa avanzó para recibir a lady Ashcombe, Edward regresó al lado de su padre y Frances levantó la barbilla, recuperando la serenidad social que William había aprendido a reconocer como una armadura.

Philip entró detrás de su madre.

Su mirada encontró primero a Frances.

Después a William.

La breve pausa confirmó que recordaba la conversación de aquella mañana y que no había olvidado el desafío implícito entre ambos.

—Lady Frances —dijo mientras se acercaba.

Ella extendió la mano.

Philip se inclinó sobre los dedos enguantados.

William no apartó la vista.

—Está hermosa —dijo el inglés.

—Gracias.