CAPITULO 11 #2
—Espero que mi visita de esta mañana no haya alterado sus preparativos.
—En absoluto.
Philip levantó la mirada hacia William.
—Señor Vanderbilt.
—Lord Philip.
La cortesía entre ambos era impecable.
También lo era la hostilidad.
Lady Ashcombe inició una conversación con la marquesa, dejando a los tres juntos.
—Frances me ha dicho que esta noche conoceremos a varios vecinos —comentó Philip.
—Algunos ya la conocen —respondió William.
Philip sonrió apenas.
—Me refería a usted.
—Entonces confío en que ninguno tenga deudas importantes. Sería incómodo descubrirlas antes del postre.
Frances le dirigió una mirada.
—Prometió comportarse.
—Estoy siendo encantador.
—Esa palabra no significa lo que cree.
Philip rio.
—Comienzo a comprender por qué lo escogió como consejero.
—¿Por qué? —preguntó William.
—Porque no le permite tomarse demasiado en serio.
—Lady Frances se toma en serio exactamente aquello que merece hacerlo.
La respuesta salió antes de que pudiera filtrarla.
Frances volvió hacia él.
Por un instante, el resto del salón pareció desaparecer.
Philip lo notó.
—Y parece conocer muy bien qué asuntos considera importantes —dijo.
William sostuvo su mirada.
—Aprendo rápido.
Las puertas se abrieron otra vez para recibir a los Crawford. Después llegaron los Pembroke, lord Harrington con su hijo mayor y el vizconde Ellington acompañado por su sobrina, lady Clara. En pocos minutos, el salón se llenó de saludos y conversaciones superpuestas.
Frances fue arrastrada hacia un grupo de damas que deseaban escuchar acerca de América. William permaneció cerca del fuego, observando cómo cada nuevo caballero era presentado.
Lord Thomas Harrington fue el primero en solicitar su atención. Era un hombre de treinta años, alto, de rasgos agradables y una expresión tan grave que parecía haber nacido preocupado por los impuestos.
—Lady Frances —dijo—, su regreso ha sido muy esperado.
—No sabía que mi ausencia hubiese causado inquietud.
—La sociedad londinense pierde parte de su brillo cuando una de sus damas más distinguidas abandona el país.
Frances sonrió con cortesía.
William decidió que Harrington tenía el carisma de una puerta cerrada.
—¿Qué piensa? —preguntó Edward a su lado.
—Demasiado ensayado.
—Solo ha pronunciado dos frases.
—Ambas las había practicado.
—¿Cómo lo sabes?
—No miró a Frances mientras decía la segunda. Estaba recordando las palabras.
Edward observó al caballero.
—Tal vez estaba nervioso.
—Un hombre nervioso mira demasiado a la mujer que lo intimida. Harrington mira alrededor para comprobar quién escucha.
—Defecto número uno.
—Vanidad.
Edward sonrió.
—El americano ha regresado.
—Nunca me fui.
—No físicamente.
William ignoró la observación.
Frances conversó con Harrington durante varios minutos. El caballero habló de la temporada próxima, de una reforma en la Cámara de los Lores y de los cambios realizados en su residencia londinense. No formuló una sola pregunta acerca de Boston.
Cuando se alejó, Frances buscó los ojos de William desde el otro extremo del salón.
Él negó apenas con la cabeza.
Ella arqueó una ceja.
William levantó un dedo.
Un defecto.
Frances ocultó una sonrisa detrás del abanico.
Philip, situado a su lado, siguió el intercambio.
La tensión en su mandíbula fue visible incluso desde la distancia.
—Están construyendo un idioma propio —murmuró Edward.
—Es práctico.
—Es íntimo.
—No exageres.
—Acabas de evaluar a un hombre con un movimiento de cabeza y ella te respondió con las cejas.
—Las conversaciones pueden mejorarse eliminando palabras innecesarias.
—Claro. Por eso llevas cinco capítulos evitando decirle que estás enamorado.
William volvió lentamente el rostro.
—¿Cinco qué?
Edward parpadeó.
—Cinco días. Quise decir cinco días.
—No estoy enamorado.
—Naturalmente.
William decidió que, antes de marcharse, dejaría instrucciones precisas para que alguien arrojara a Edward al lago.
Lady Clara Ellington se acercó en aquel momento. Era una joven bonita, de cabello oscuro y ojos vivaces, y William reconoció de inmediato el interés con que lo observaba.
—Señor Vanderbilt —dijo—, mi tío me ha hablado mucho de los barcos americanos.
—Espero que mejor de lo que habla de los ingleses.
—Afirma que los suyos son más veloces.
—Mi padre consideraría esa afirmación un hecho, no un cumplido.
Lady Clara rio.
William respondió con la cortesía automática que había utilizado con docenas de mujeres. Preguntó por su estancia en el campo, escuchó una historia acerca de un caballo indisciplinado y le ofreció una observación ligera que provocó otra risa.
Entonces sintió la mirada de Frances.
Ella ya no atendía a lord Harrington.
Lo observaba a él.
William continuó conversando con lady Clara, aunque una parte de su atención quedó atrapada en la expresión de Frances. Sus labios conservaban una sonrisa social, pero el abanico se movía con mayor rapidez y sus respuestas a Philip eran más breves.
Celos.
La comprensión produjo un placer oscuro e inmediato.
No tenía derecho a disfrutarlo.
Lo hizo de todas maneras.
—Lady Clara —dijo Frances al acercarse—, veo que ya conoce a nuestro huésped americano.
—El señor Vanderbilt acaba de explicarme que los barcos de su padre podrían llegar a Boston antes que cualquiera de los ingleses.
—El señor Vanderbilt suele explicar sus ventajas con gran entusiasmo.
William la miró.
—Solo cuando alguien muestra interés.
—Lady Clara es muy amable al fingirlo.
La joven rio, sin percibir la tensión.
—No finjo. Me fascinan los viajes.
—Entonces debería pedir al señor Vanderbilt que le hable de Nueva York —dijo Frances—. Parece que regresará allí en algún momento.
William quedó completamente inmóvil.
Ella había captado más de lo que él pretendía ocultar.
Lady Clara volvió hacia él.
—¿Regresará pronto?
—Todavía no he decidido la fecha.
Frances lo observó.
—Creí que había decidido quedarse durante la temporada.