Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 11 #3
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CAPITULO 11 #3

Philip, que se había acercado detrás de ella, dirigió una mirada a William.

—Eso entendimos todos.

La trampa se había cerrado.

William podía mentir otra vez o decir la verdad delante de personas que no tenían derecho a escucharla.

—Las circunstancias cambiaron —respondió.

La expresión de Frances se vació.

—¿Qué circunstancias?

—Frances —murmuró Edward desde un grupo cercano.

Ella no lo escuchó o decidió ignorarlo.

—Dijo que hablaríamos después de la cena.

—Y lo haremos.

—¿Piensa marcharse?

Lady Clara dejó de sonreír. Philip permaneció en silencio, atento a cada palabra.

William bajó la voz.

—No es el momento.

—Entonces la respuesta es sí.

—Frances.

—¿Cuándo?

El miedo debajo de su enojo hizo imposible continuar ocultándolo.

—Debo viajar a Nueva York —dijo.

El salón no estaba completamente silencioso, pero la conversación alrededor de ellos disminuyó.

Frances sostuvo su mirada.

—¿Cuándo?

—En el próximo barco disponible.

El color desapareció de su rostro.

—Hace unas horas dijo que se quedaría hasta el final de la temporada.

—Recibí otra carta.

—Y decidió no contármelo.

—Pensaba hacerlo después de la cena.

—Después de observarme conversar con todos los hombres de esta sala mientras usted sabía que se marcharía.

—No quería arruinar la velada.

Frances soltó una risa breve, carente de humor.

—Qué considerado.

Philip dio un paso hacia ella.

—Tal vez deberían hablar en privado.

William sintió una gratitud incómoda hacia él.

Frances levantó una mano.

—No es necesario. El señor Vanderbilt ha sido muy claro.

—No, no lo he sido.

—Se marcha.

—Sí.

La palabra la golpeó.

William lo vio.

—Entonces nuestro acuerdo ha terminado —dijo ella.

—No tiene que terminar.

—¿Pretende aconsejarme desde el otro lado del océano?

—Podemos escribirnos.

—No quiero sus cartas.

La respuesta fue más dolorosa de lo que esperaba.

—Frances.

—Señor Vanderbilt.

La formalidad descendió entre ellos como una puerta que se cerraba.

Ella volvió hacia Philip.

—¿Me acompañaría al comedor?

El inglés vaciló antes de ofrecerle el brazo.

Frances apoyó la mano sobre él.

William observó sus dedos acomodarse en la manga de Philip y comprendió que aquella vez no tenía derecho a intervenir.

El mayordomo anunció la cena.

Las parejas comenzaron a organizarse. William quedó junto a lady Clara, quien aceptó su brazo con una sonrisa insegura. Delante de ellos, Philip conducía a Frances hacia el comedor.

Ella no miró atrás.

Durante la cena, William descubrió que era posible participar en una conversación sin escuchar una sola palabra.

Lady Clara hablaba a su izquierda. El vizconde Ellington le formulaba preguntas desde el otro lado de la mesa.

Edward intentaba captar su atención, pero él solo podía ver a Frances sentada tres lugares más allá junto a Philip.

Frances sonreía.

Conversaba.

Incluso rio una vez cuando Philip dijo algo acerca de lord Harrington.

La perfección de su comportamiento demostraba cuánto le dolía.

William conocía aquella armadura porque había sido el único hombre ante quien ella comenzaba a quitársela.

Ahora se la había devuelto.

—¿Se encuentra bien? —preguntó lady Clara.

—Perfectamente.

La mentira se volvió casi automática.

Frances levantó la vista en ese instante.

Sus ojos encontraron los de William.

Ella había escuchado.

Perfectamente.

La misma palabra que utilizaba cuando nada estaba bien.

Frances bajó la mirada hacia el plato.

William cerró los dedos alrededor de la copa.

No podía marcharse sin explicarle la verdad. La enfermedad de George, la carta de su madre y la obligación que no podía ignorar. Tal vez ella continuaría enfadada, pero al menos comprendería que no había elegido abandonar el cortejo por cobardía.

El problema era que una parte de él sí estaba escapando.

Regresar a Nueva York por su hermano era deber.

Aceptar la distancia sin luchar por Frances era miedo.

Y ya no sabía dónde terminaba uno y comenzaba el otro.

El primer plato fue retirado. La conversación se animó cuando lord Harrington comenzó a relatar un episodio político con más entusiasmo que precisión. Frances escuchó durante un momento y luego volvió hacia Philip.

Él se inclinó para decirle algo en voz baja.

Ella respondió.

Philip sonrió.

William sintió celos, dolor y una urgencia feroz por detener una noche que avanzaba demasiado rápido.

Entonces el mayordomo apareció junto al marqués y le entregó una tarjeta.

Lord Londonderry la leyó.

Su expresión cambió.

La marquesa lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

El marqués levantó la mirada hacia William.

—Ha llegado un caballero de Liverpool.

El corazón de William se hundió.

—¿Quién?

—El capitán Samuel Harris. Dice que viene en nombre de Cornelius Vanderbilt.

La mesa quedó en silencio.

William se puso de pie.

Su padre no había esperado una respuesta.

Había enviado a un hombre para llevarlo de regreso.

Frances lo observaba desde el otro extremo de la mesa. Ya no había enojo en su rostro.

Solo comprensión.

Y una decepción tan profunda que William supo que, cuando saliera de aquel comedor, no bastaría con regresar para recuperar aquello que acababa de romper.