CAPITULO 12
E l capitán Samuel Harris esperaba en el vestíbulo con la rigidez de un hombre acostumbrado a permanecer de pie sobre una cubierta en medio de una tormenta.
Era alto, de hombros anchos, cabello gris en las sienes y una cicatriz fina que descendía desde el pómulo izquierdo hasta el borde de la mandíbula.
William lo reconoció de inmediato. Harris había trabajado para su padre durante casi quince años y comandaba uno de los barcos más rápidos de la compañía.
No era un mensajero al que Cornelius enviaría únicamente para transmitir una orden.
Su presencia significaba que la situación era más grave de lo que la carta explicaba.
William salió del comedor acompañado por lord Londonderry y Edward. Detrás de ellos, el murmullo de los invitados regresó con dificultad, lleno de preguntas disimuladas y miradas hacia las puertas cerradas.
—Capitán —saludó William.
Harris se quitó el sombrero.
—Señor Vanderbilt.
—Mi padre no suele enviar capitanes a buscar a sus hijos.
—Su padre no me envió.
William sintió un frío inmediato.
—¿Mi madre?
El hombre asintió.
—La señora Vanderbilt me pidió que desviara mi ruta antes de partir desde Liverpool. Regresamos a Nueva York en dos días.
—¿Cómo está George?
Harris miró hacia lord Londonderry y Edward.
—Podemos hablar en privado.
—Ellos pueden escuchar.
El capitán no pareció convencido, pero aceptó.
—La fiebre empeoró. Los médicos creen que contrajo una infección durante el viaje. Su madre teme que no sobreviva otra semana.
Las palabras produjeron un silencio absoluto.
William había imaginado aquella posibilidad desde que leyó la carta, pero escucharla en voz alta eliminó la distancia protectora que todavía mantenía entre el miedo y la realidad.
George era tres años menor que él.
De niños habían compartido habitación, peleas y una rivalidad que Cornelius alentaba porque creía que la competencia fortalecía a los hombres.
George era impulsivo, ruidoso y capaz de convertir cualquier reunión familiar en un espectáculo, pero también había sido el primero en defender a William cuando su padre lo culpó por la negociación fallida.
Había insistido en asumir parte de la responsabilidad, aunque no le correspondía.
William no se había despedido de él antes de partir.
Estaba demasiado furioso.
Demasiado orgulloso.
Había supuesto que regresarían a sus discusiones cuando su castigo terminara.
—¿Cuándo recibió las noticias? —preguntó.
—Hace seis días, antes de zarpar. La carta que entregaron aquí viajó en otro barco. Su madre esperaba que llegara antes que yo.
—Entonces la información tiene más de una semana.
—Sí.
George podía haber mejorado.
También podía haber muerto ya.
William sintió que el aire del vestíbulo se volvía insuficiente.
—Partiré con usted.
Edward bajó la cabeza. Lord Londonderry apoyó una mano firme sobre el hombro de William.
—El carruaje estará listo al amanecer.
—Debemos salir esta misma noche —dijo Harris—. El camino hasta Liverpool está en mal estado y el barco no esperará más allá del mediodía del segundo día.
William asintió.
No tendría siquiera una última mañana.
—Prepararé mi equipaje.
—Los criados ya han recibido instrucciones —informó lord Londonderry—. Llegaremos a tiempo.
William miró hacia las puertas del comedor.
Frances continuaba allí dentro.
No podía retrasar la partida por ella.
Tampoco podía marcharse sin hablarle.
—Regresaré en unos minutos —dijo.
Edward lo sujetó por el brazo antes de que avanzara.
—No se lo digas delante de todos.
—No pensaba hacerlo.
—Está con Philip.
William volvió la cabeza.
—Lo sé.
—Entonces no permitas que tu orgullo decida cómo te despides.
William retiró el brazo.
—Esta vez no es orgullo.
—En tu caso siempre hay una parte.
La observación podría haber provocado una discusión. No lo hizo. William no tenía tiempo para defenderse ni energía para fingir que Edward estaba equivocado.
Entró de nuevo en el comedor.
Las conversaciones se detuvieron durante un segundo y luego continuaron con una intensidad artificial. Todos deseaban conocer la noticia, pero la educación impedía preguntar.
Todos excepto Frances.
Ella se puso de pie.
Philip también.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
William caminó hasta ella.
—Necesito hablar con usted.
La formalidad regresó de manera involuntaria.
Frances la percibió. Sus dedos se cerraron sobre el respaldo de la silla.
—Puede hablar aquí.
—No.
Philip observó a William con seriedad.
—Lady Frances, si desea…
—Está bien —interrumpió ella—. Regresaré enseguida.
La marquesa se levantó.
—Pueden utilizar el salón azul.
Frances salió primero. William la siguió por el corredor mientras sentía las miradas de toda la mesa en la espalda.
Ella no habló hasta que estuvieron dentro del salón y las puertas quedaron cerradas.
—¿Es su hermano?
—Sí.
La furia contenida en su rostro desapareció de inmediato.
—¿Está muy enfermo?
—El capitán dice que podría no sobrevivir otra semana.
Frances cerró los ojos.
—Lo siento.
La compasión en su voz hizo que todo lo que William había preparado para decir se volviera inútil.
—El barco parte dentro de dos días. Debo salir hacia Liverpool esta noche.
Ella abrió los ojos.
—¿Esta noche?
—Sí.
—¿A qué hora?
—En cuanto preparen el carruaje.
Frances volvió el rostro, como si necesitara un instante para comprender la velocidad con que todo había cambiado.
—Entonces no regresará al comedor.
—No lo sé.
—No debería hacerlo.
—Frances.
—Su hermano puede estar muriendo. No debería preocuparse por una cena.
—No me preocupa la cena.
Ella lo miró.
Por fin estaban solos, sin Philip, sin Edward y sin la función de consejero colocada entre ambos. Aun así, William no encontraba una forma de acercarse que no pareciera una crueldad.
—Quería explicárselo antes de marcharme —dijo.
—No era necesario.
—Sí lo era.
—El capitán acaba de explicarle que su hermano está grave. No tiene que justificarme nada.
—No me refiero a la partida.
La respiración de Frances cambió.
William dio un paso hacia ella.
—Me refiero a lo que ocurrió antes. A lo que dije y a lo que no dije.
—No tenemos tiempo.
—Precisamente por eso debo hacerlo ahora.
Ella levantó una mano.
—No quiero una declaración pronunciada porque teme no volver.
—Tampoco yo.
—Entonces no diga nada.
—Frances…
—No.
La firmeza de la palabra lo detuvo.
Ella respiró hondo.
—Hace unas horas le pedí que me cortejara. Usted me dijo que no lo haría a medias. Si ahora me promete algo antes de subir a un barco, no sabré si lo hace porque realmente lo desea o porque la culpa lo obliga a dejarme una esperanza.
—No es culpa.
—¿Está seguro?
William apretó la mandíbula.
No podía asegurar que la urgencia no influyera. La idea de perder a George había despertado todos sus temores, incluido el de perder también a Frances antes de atreverse a reclamarla.
—No quiero mentirle —dijo.
—Entonces no convierta este momento en algo que ninguno podrá deshacer.
—¿Qué espera que haga? ¿Que me marche como si nada hubiera ocurrido?
—Espero que vaya con su hermano.
La respuesta fue sencilla y terrible.
—¿Y usted?
Frances sostuvo su mirada.
—Yo seguiré aquí.
—Con Philip.
El nombre salió más duro de lo pretendido.
Ella se puso rígida.
—No utilice esto para exigir una decisión.
—No la estoy exigiendo.
—Acaba de pronunciar su nombre como si mi cortejo fuese una traición.
—No lo es.
—Pero le duele.
—Sí.
La honestidad apareció entre ellos otra vez, desprotegida.
Frances bajó la vista.
—A mí también me duele que se marche.
William avanzó hasta quedar frente a ella.
—Entonces pídame que regrese.
—Su familia lo necesita.
—No he dicho que me pida quedarme.
Frances levantó lentamente los ojos.
—¿Regresará?
La pregunta contenía más miedo que esperanza.
William habría querido prometerle una fecha, describir el barco que tomaría de vuelta y asegurar que ninguna enfermedad, negociación ni orden de su padre podría retenerlo.
Pero todavía no sabía qué encontraría en Nueva York.
Si George sobrevivía, la compañía podría estar sumida en problemas. Si no sobrevivía…
No podía pensar en eso.
—Haré todo lo posible.
La decepción en el rostro de Frances fue inmediata.
—Eso no es una promesa.
—Es la única verdad que puedo darle.
Ella se apartó.
—Entonces será suficiente.
No lo era.
Ambos lo sabían.
—No permita que Philip la apresure —dijo William.
Frances soltó una risa incrédula.
—¿Ese es su consejo de despedida?
—Es importante.
—¿Para mí o para usted?
—Para ambos.
—No existe un «ambos», William. No mientras se niegue a pedir nada y pretenda conservar el derecho a impedir que otro hombre lo haga.
—Le pedí que esperara.
—No. Me pidió que no me conformara, que observara mi cuerpo, que reconociera aquello que deseo y que desconfiara de todos los hombres que se acerquen. Pero cuando le ofrecí la oportunidad de cortejarme, respondió con advertencias.
—Porque no estaba preparado.
—Y ahora se marcha.
—No por elección.
—La partida no. El silencio sí.
William sintió que cada palabra eliminaba una de las excusas que había utilizado.
—¿Qué quiere que diga?
Frances lo miró con los ojos brillantes.
—Nada que no pueda sostener cuando regrese.
Aquella respuesta resultaba más valiente que cualquier promesa impulsiva.
William extendió una mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo escribirle?
Ella recordó su rechazo en el comedor.
—Dije que no quería sus cartas.
—Lo dijo enfadada.
—Lo estaba.
—¿Continúa estándolo?
Frances vaciló.
—Sí.
—Entonces escríbame para decírmelo.
Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—Es insoportable incluso al despedirse.
—No sabía que nos estábamos despidiendo.
La sonrisa desapareció.
William comprendió su error.
—No quise decir…
—Sí lo hizo. Simplemente no sabe si será temporal.
—Frances.
Ella caminó hacia la ventana. Afuera, los criados ya encendían faroles junto a la entrada. El carruaje comenzaba a prepararse.
—Escríbame —dijo al fin.
William sintió que podía volver a respirar.
—Lo haré.
—No como consejero.
—No.
—No quiero listas de defectos ni instrucciones acerca de Philip.
—Eso será difícil.
Frances volvió la cabeza.
—William.
—De acuerdo.