Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 12 #2
29%

CAPITULO 12 #2

—Escríbame como usted.

La petición lo atravesó.

Durante toda su vida, las personas habían querido algo de él: su apellido, su dinero, su habilidad o su obediencia. Frances le pedía que escribiera sin función, sin estrategia y sin la protección de una broma.

—No estoy seguro de saber hacerlo.

—Aprenda.

William sonrió apenas.

—Siempre encuentra la manera de convertir mis defectos en tareas.

—Necesita mantenerse ocupado durante el viaje.

El silencio se suavizó, aunque el dolor permanecía.

—Y usted debe responder —dijo él.

—Dependerá de la calidad de sus cartas.

—Eso suena como una amenaza.

—Es una evaluación.

William dio un paso más.

—Entonces nuestro acuerdo no ha terminado.

Frances negó suavemente.

—Ha cambiado.

—¿En qué?

Ella lo observó con una intensidad que eliminó el resto de la habitación.

—Ya no quiero que me ayude a elegir a otro hombre.

El corazón de William golpeó con violencia.

—Frances…

—No confunda eso con una promesa que todavía no he dado.

La imitación de sus propias palabras habría resultado divertida en cualquier otro momento.

—¿Continuará recibiendo a Philip?

—Acepté su cortejo.

—Eso no responde.

—Sí.

Los celos regresaron, agudos y primitivos.

Frances lo vio.

—No tiene derecho a protestar.

—Lo sé.

—Y no puede pedirme que espere indefinidamente.

—Lo sé.

—Deje de decir que lo sabe si no piensa hacer nada.

William cerró la distancia.

Esta vez tomó su rostro entre ambas manos.

Frances contuvo el aliento, pero no retrocedió.

—Voy a regresar —dijo él.

—Hace un momento no podía prometerlo.

—No puedo prometer cuándo, pero sí que lo intentaré hasta conseguirlo.

—¿Por su acuerdo?

—Por usted.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Frances, aunque ninguna cayó.

William inclinó la frente contra la de ella.

—Y cuando regrese, no volveré a esconderme detrás de la palabra consejero.

—¿Qué será entonces?

—El hombre que pretende impedir que todos los demás tengan una oportunidad.

Ella soltó una risa entrecortada.

—Eso sigue siendo poco honorable.

—Ya le advertí.

Permanecieron así durante un instante que parecía demasiado breve para contener todo lo que no podían decir.

William descendió la mirada hacia sus labios.

—Si la beso ahora —murmuró—, no sé si seré capaz de marcharme.

Frances cerró los dedos alrededor de las solapas de su chaqueta.

—Entonces no lo haga.

La respuesta fue correcta.

Sensata.

Dolorosa.

William asintió.

No la besaría.

Apartó lentamente una mano de su rostro, pero Frances se aferró a su chaqueta antes de que pudiera retirarse por completo.

—Sin embargo —susurró—, tampoco quiero que se marche creyendo que no habría permitido que lo hiciera.

William dejó de respirar.

—Frances.

Ella se elevó sobre la punta de los pies y rozó sus labios.

Fue un beso breve, inseguro y tan suave que podría haberse confundido con una despedida inocente si el cuerpo de William no hubiese reaccionado como si acabaran de encender una llama bajo su piel.

Frances comenzó a apartarse.

Él no se lo permitió.

Una mano regresó a su cintura y la otra se deslizó hasta su nuca.

William la besó de nuevo, esta vez sin prudencia, con toda la intensidad contenida desde el puerto, el lago y la terraza.

Frances soltó una exhalación contra su boca y se aferró a él con más fuerza, respondiendo primero con sorpresa y luego con una necesidad que destruyó el último resto de control.

William había besado a otras mujeres.

Ninguna había hecho que olvidara su nombre.

Frances sabía a vino, a promesas incompletas y a todo aquello que estaba a punto de perder. La sintió estremecerse cuando profundizó el beso y tuvo que recordarse que estaban en el salón, con la familia y los invitados separados por un corredor.

Fue ella quien se apartó primero.

Sus respiraciones se mezclaron.

—Eso no fue prudente —dijo.

William rozó su frente con la de ella.

—Nunca he afirmado serlo.

—Ahora será más difícil.

—Sí.

—Lo sabía.

—Sí.

Frances cerró los ojos.

—Lo detesto.

—No.

Ella los abrió.

William vio la protesta y el miedo, pero también algo que ninguno estaba preparado para nombrar.

—Todavía no —corrigió él—. Pero podría conseguirlo con suficiente esfuerzo.

Frances soltó una risa temblorosa y luego lo empujó suavemente.

—Debe irse.

Las palabras tenían ahora un significado real.

William liberó su cintura.

—Sí.

—No regrese al comedor.

—Quería despedirme de su familia.

—Ellos irán al vestíbulo.

—¿Y usted?

Frances miró hacia la puerta.

—No sé si puedo hacerlo delante de todos.

—Entonces no lo haga.

La decepción que sintió fue egoísta, pero no podía exigirle otra despedida.

William tomó su mano y besó los dedos.

—Escríbame.

—Usted primero.

—La carta podría llegar después de mí.

—Entonces escriba una muy larga.

Él sonrió.

—Exigente.

—Necesita práctica.

La soltó con dificultad y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla, volvió la cabeza.

Frances permanecía junto a la ventana con los labios enrojecidos y una mano apoyada sobre el corazón.

William grabó aquella imagen en su memoria.

—No acepte una propuesta antes de recibir mi primera carta.

Ella arqueó una ceja.

—Eso parece una orden.

—Una súplica mal expresada.

—Lo consideraré.

—Frances.

—Vaya con su hermano.

No había nada más que decir.

William salió.

Media hora después, el carruaje esperaba frente a Blackwood Hall. Los invitados se habían reunido en el salón para conceder privacidad a la familia, aunque algunos observaban desde las ventanas.

Lord Londonderry abrazó a William con la firmeza de un padre que jamás admitiría haber llegado a quererlo como a un hijo.

La marquesa lo besó en ambas mejillas y le hizo prometer que escribiría al llegar.

Lady Eleanor le entregó un pequeño frasco de brandy para el viaje y le advirtió que no permitiera que los americanos arruinaran el licor utilizándolo con fines medicinales.

Edward fue el último.

—Regresa —dijo.

William estrechó su mano.

—Eso intento.

Edward lo atrajo hacia un abrazo brusco.

—No lo intentes. Hazlo.

Cuando se separaron, William miró hacia las ventanas del piso superior.

No vio a Frances.

La ausencia dolió, aunque la comprendía.

Subió al carruaje junto al capitán Harris. Las ruedas comenzaron a moverse y Blackwood Hall se alejó bajo la luz de los faroles.

William mantuvo la vista en la casa hasta que apareció una figura en la terraza.

Frances.

Había salido sin capa y el viento agitaba la falda azul alrededor de sus piernas. No levantó la mano ni intentó detener el carruaje.

Solo permaneció allí.

William bajó la ventanilla y se volvió para verla mientras la distancia crecía.

Ella llevó dos dedos a sus labios.

El gesto fue pequeño.

Suficiente.

William hizo lo mismo.

Después el camino se curvó, los árboles ocultaron la casa y Frances desapareció.

Él se recostó contra el asiento, cerró los ojos y tocó el bolsillo donde guardaba la carta de su madre.

Iba hacia su hermano.

Hacia la familia que lo había formado y las obligaciones de las que nunca podría escapar por completo.

Pero por primera vez no sentía que regresaba a Nueva York como el hijo de Cornelius Vanderbilt.

Regresaba como un hombre que había dejado algo propio al otro lado del océano.

Y que pensaba volver a reclamarlo.