CAPITULO 13
E l primer día después de la partida de William, Frances descubrió que una casa podía conservar todos sus muebles, sus voces y sus rutinas, y aun así parecer completamente distinta.
Blackwood Hall despertó a la misma hora.
Los criados abrieron las cortinas, encendieron los fuegos y sirvieron el desayuno con la precisión de siempre.
Su padre revisó la correspondencia junto a la ventana; su madre corrigió la disposición de las flores y Edward llegó tarde, con las botas embarradas y el cabello todavía húmedo.
Nada había cambiado.
Excepto la silla vacía frente a Frances.
Nadie la ocupó.
No había una razón especial para que permaneciera libre.
William no se sentaba allí durante todos los desayunos ni la casa poseía un lugar reservado exclusivamente para él, pero aquella mañana ninguno de los presentes pareció dispuesto a ocuparla.
El espacio vacío quedó entre Frances y su familia como una ausencia demasiado visible para mencionarla.
Ella sostuvo la taza entre las manos y fingió interesarse por una carta que no había leído.
—Llegarán a Liverpool antes de la medianoche —comentó su padre.
Frances levantó la vista.
Lord Londonderry continuó revisando un documento, como si hubiese pronunciado el comentario sin una intención concreta.
—Si los caminos están transitables —añadió Edward—. Después de la tormenta, el tramo cercano a Chester debe de estar convertido en barro.
—El capitán Harris conoce la ruta —dijo la marquesa—. No permitiría que perdieran el barco.
Frances bajó la mirada hacia la taza.
El barco.
William estaría en Liverpool al día siguiente, quizá ya instalado en un camarote antes de que ella despertara. Después comenzarían las semanas de travesía, durante las cuales ninguna carta podría alcanzarlo y ninguna noticia suya llegaría hasta Inglaterra.
Lo había visto marcharse.
Había observado el carruaje desaparecer detrás de los árboles y permaneció en la terraza hasta que el frío atravesó la seda del vestido.
Aun así, al despertar había esperado que todo hubiese sido una escena producida por la intensidad de la noche, que William entrara en el comedor con una observación insolente y negara haber considerado seriamente regresar a América.
La silla vacía demostraba lo contrario.
—¿Recibiremos noticias desde Liverpool? —preguntó, procurando que su voz sonara indiferente.
Edward levantó la cabeza.
—William dijo que escribiría antes de embarcar.
—También dijo que su carta podría llegar después que él.
—Eso fue una exageración.
—Suele exagerar.
—No en asuntos relacionados con barcos —intervino el marqués—. Si escribe hoy, la carta llegará mañana o pasado.
Mañana o pasado.
Frances asintió y volvió a la correspondencia.
—Philip vendrá a las once —dijo su madre.
La mención de su pretendiente produjo una culpa incómoda. Desde la noche anterior apenas había pensado en él, salvo durante el breve momento en que se despidió después de la cena.
Philip había sido considerado. No formuló preguntas delante de los invitados ni exigió una explicación por el beso que no había visto, pero cuya existencia parecía haber adivinado al observar los labios enrojecidos de Frances cuando volvió al comedor.
Se limitó a acompañarla hasta el pie de la escalera y preguntarle si deseaba cancelar la visita del día siguiente.
Ella debería haberlo hecho.
No lo hizo.
Cancelar habría convertido la partida de William en el centro de todas sus decisiones y reconocido una importancia que todavía no sabía cómo explicar. Además, Philip merecía una conversación sincera.
—Lo recuerdo —respondió.
Edward empujó el plato.
—Podrías decirle que no estás de humor.
—No necesito estar de humor para conversar.
—Eso depende de la conversación.
—Edward.
Él se recostó en la silla.
—No quiero verte tomar una decisión absurda porque estás enfadada con William.
Frances dejó la carta sobre la mesa.
—No estoy enfadada con él.
Tres miradas se alzaron al mismo tiempo.
—Muy bien —corrigió—. No estoy únicamente enfadada con él.
—Eso suena más sincero —dijo su padre.
—Se marchó porque su hermano está enfermo. No puedo culparlo.
—Puedes comprender su partida y continuar molesta porque ocultó la noticia —repuso Edward.
—Pensaba decírmelo.
—Después de la cena.
—No quería arruinarla.
—La arruinó de todas maneras.
La marquesa lanzó una mirada a su hijo.
—No ayudas.
—Alguien tiene que decirlo.
Frances sostuvo la vista de Edward.
—William ya se marchó. No cambiará nada que continuemos discutiendo lo que debería haber hecho.
—Podría cambiar lo que hagas tú.
—No pienso hacer nada.
—Philip viene a cortejarte dentro de dos horas.
—Acepté recibirlo antes de saber que William se marcharía.
—Precisamente.
Frances sintió la irritación ascender.
—No permitiré que un hombre que no me ha ofrecido ninguna promesa me impida conocer a otro que sí está dispuesto a hacerlo.
El silencio posterior fue inmediato.
Edward no pareció sorprendido por la dureza de la respuesta. Solo triste.
—Entonces asegúrate de que eso no sea un castigo —dijo.
Frances se puso de pie.
—No necesito que tú también seas mi consejero.
—No. Escogiste a William y mira el desastre que provocó.
—Edward —advirtió la marquesa.
Él levantó las manos.
—He terminado.
Frances abandonó el comedor antes de que alguien pudiera detenerla.
Subió hasta sus habitaciones con pasos rápidos, sintiendo que cada frase de su hermano había presionado una herida que ella intentaba ignorar.
No pretendía castigar a William. ¿Cómo podría hacerlo cuando él ni siquiera se encontraba allí para presenciarlo?
Tampoco deseaba utilizar a Philip para demostrar que no necesitaba al hombre que acababa de marcharse.
Pero Edward tenía razón en un aspecto.
Una parte de ella deseaba recuperar el control.
Durante años había tomado decisiones con serenidad.
Estudió las propuestas recibidas, rechazó a los hombres que no consideraba adecuados e insistió en viajar a América pese a la desaprobación de algunas damas.
William había aparecido en su vida y, en apenas unos días, convirtió cada certeza en una pregunta.
La había desafiado.
La había comprendido.
La había besado.
Y luego se había marchado.
Frances cerró la puerta del dormitorio y se apoyó contra ella.
Alice, que ordenaba el vestido preparado para la visita de Philip, la observó a través del espejo.
—¿Mal desayuno?
—Mi hermano habla demasiado.
—Eso no es nuevo.
—Hoy decidió convertirse en experto en mis emociones.
—Lord Edward es experto en asuntos que no comprende.
Frances caminó hacia el tocador.
—Philip llegará a las once.
—Lo sé.
—Quiero el vestido gris.
Alice miró el vestido azul claro dispuesto sobre la cama.
—Pensé que usaría este.
—He cambiado de opinión.
—El gris es muy sobrio.
—Es apropiado para una conversación seria.
La doncella dejó las cintas.
—¿Piensa terminar el cortejo?
La pregunta fue tan directa que Frances volvió la cabeza.
—No lo sé.
Alice se acercó con cautela.
—Milady, no me corresponde opinar.
—Y, sin embargo, estás a punto de hacerlo.
—Llevo toda la mañana intentándolo en silencio, pero no parece funcionar.
Pese a sí misma, Frances sonrió.
—Adelante.
—Lord Philip es un buen caballero.
—Lo sé.
—El señor Vanderbilt también podría serlo cuando no se esfuerza por demostrar lo contrario.
La sonrisa desapareció.
—William no me ha pedido que lo espere.
—Le pidió que no aceptara una propuesta antes de recibir su primera carta.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—Tampoco me ha cortejado.
—Casi lo hizo.
Frances recordó la mano de William bajo su barbilla, la promesa de no cortejarla a medias y la cercanía de su boca antes de que su madre interrumpiera.
Después recordó el beso de despedida.
—Un beso no constituye un cortejo.
—No, milady.
—Y una carta tampoco.
—Dependerá de la carta.
Frances la miró.
—¿Todos se han puesto de acuerdo para repetir exactamente las cosas que no quiero escuchar?
—No fue necesario. Son bastante evidentes.
Alice recogió el vestido gris.
—Se lo prepararé.
—Gracias.
—Aunque creo que el azul sería mejor.
—¿Por qué?
—Porque el gris le hará parecer como si ya hubiera decidido despedir a lord Philip antes de escucharlo.
Frances miró hacia la cama.
—Tal vez necesite comprender que esta conversación no será agradable.
—Él lo comprenderá cuando comience.
—El vestido no importa.
—Entonces puede usar el azul.
Frances cerró los ojos.
—Eres insoportable.
—También parece contagioso.
A las once en punto, Philip llegó solo.
Aquello ya constituía una declaración de que no consideraba la visita una simple cortesía familiar. Su madre no lo acompañaba y había solicitado hablar con Frances en el pequeño salón, aunque la marquesa ocuparía la sala contigua con la puerta abierta, según dictaban las normas.
Frances bajó con el vestido azul.
Alice no sonrió.
No lo necesitaba.
Philip estaba de pie junto a la ventana cuando ella entró. Vestía una chaqueta marrón oscura y sostenía un estuche estrecho entre las manos. Parecía haber dormido tan poco como ella.
—Lady Frances.
—Lord Philip.
Él se inclinó sobre su mano, pero no prolongó el contacto.
—Gracias por recibirme.
—Habíamos acordado la visita.
—Después de lo ocurrido anoche, no estaba seguro de que mantuviera el acuerdo.
Frances tomó asiento en el sofá.
—No fue usted quien decidió marcharse.
Philip ocupó el sillón frente a ella. Colocó el estuche sobre una mesa, aunque no intentó entregárselo.
—¿El señor Vanderbilt ya se ha ido?
—Partió anoche.
—Lo siento.
La respuesta carecía de alegría. Philip podía considerar a William un rival, pero comprendía la gravedad de la enfermedad de su hermano.
—Gracias.
Se produjo un silencio.
Frances había pensado durante horas en lo que debía decir y, ahora que Philip estaba frente a ella, descubrió que ninguna frase parecía suficiente.
Él tomó la iniciativa.
—No vine para preguntarle qué ocurrió entre ustedes.
El corazón de Frances dio un golpe.
—No ocurrió…
Se detuvo.
Negarlo habría sido una mentira y Philip merecía algo mejor.
—Comprendo —dijo él—. No necesita explicarme los detalles.