CAPITULO 13 #2
—Sí necesito explicarle que no quise engañarlo.
—¿Lo quiere?
La pregunta fue directa, sin adornos ni protección.
Frances bajó la mirada hacia sus manos.
—No lo sé.
Philip inhaló lentamente.
—Eso significa que podría hacerlo.
—Sí.
La honestidad pareció herirlo, aunque su expresión apenas cambió.
—¿Y a mí?
Frances alzó la vista.
—Le tengo afecto.
—No he preguntado eso.
—Lo sé.
—¿Cree que podría llegar a quererme?
William habría detectado el miedo escondido bajo la serenidad de Philip. Frances también lo vio ahora. No estaba hablando con un candidato de una lista, sino con un hombre que había acudido a su casa dispuesto a arriesgarse y necesitaba saber si existía alguna posibilidad real.
—Creo que podría construir una buena vida con usted —respondió.
Philip soltó una risa breve y triste.
—Eso tampoco responde.
Las palabras de William regresaron.
No acepte nunca solo porque un hombre sea incapaz de hacerla desdichada.
Frances cerró los dedos sobre la falda.
—No sé qué sentiría después de conocerlo mejor.
—Pero sabe qué siente cuando Vanderbilt se acerca.
La precisión de la observación la dejó sin defensa.
—Philip…
—No pretendo avergonzarla. Solo necesito comprender contra qué compito.
—No es una competencia.
—Eso es fácil de decir cuando uno de los participantes ha cruzado el océano y todavía ocupa toda la habitación.
Frances sintió que las lágrimas amenazaban con aparecer. No permitiría que lo hicieran.
—William no me ha prometido regresar.
—¿Pero usted espera que lo haga?
—Sí.
Philip se reclinó en el sillón y desvió la vista hacia la ventana.
Durante varios segundos pareció debatirse entre lo razonable y lo que deseaba.
—Podría retirarme —dijo finalmente.
La posibilidad produjo alivio y, al mismo tiempo, culpa.
—No quiero herirlo.
—Eso rara vez evita que ocurra.
—Lo siento.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
Frances frunció el ceño.
Philip volvió hacia ella.
—El señor Vanderbilt se marchó sin ofrecerle un compromiso. Puede escribir. Puede regresar. También puede quedar retenido en Nueva York durante meses o decidir que sus obligaciones pesan más que aquello que comenzó aquí.
Cada palabra era cierta.
—No utilizaré su ausencia para presionarla —continuó—. Pero tampoco renunciaré a conocerla porque otro hombre despertó emociones que todavía ninguno de los dos comprende.
—¿Aceptaría continuar sabiendo que pienso en él?
—No me agrada.
—Eso no es una respuesta.
Una sonrisa leve apareció en los labios de Philip.
—Parece que también he aprendido algo de sus conversaciones con Vanderbilt.
Frances casi sonrió.
—Quiero cortejarla —dijo él—. De manera honesta, sin exigir exclusividad ni decisiones apresuradas. Si al final descubre que no puede quererme, aceptaré su respuesta. Pero no quiero abandonar antes de darle la oportunidad de conocer la vida que podríamos compartir.
—Eso podría hacerle más daño.
—Es mi riesgo.
—¿Y si William regresa?
Philip permaneció en silencio durante un instante.
—Entonces tendrá que dejar de actuar como consejero y decir claramente qué pretende.
La respuesta era justa.
—¿Y usted?
—Yo ya lo he dicho.
Frances miró al hombre que tenía delante y sintió una admiración nueva.
Philip no poseía la intensidad de William ni la habilidad de comprenderla antes de que terminara una frase, pero estaba allí.
Había visto una dificultad y no había retrocedido.
Le ofrecía tiempo sin fingir que no deseaba un resultado concreto.
Aquello también tenía valor.
—Aceptaré que continúe —dijo.
Philip no sonrió inmediatamente.
—¿Porque desea conocerme o porque teme esperar a un hombre que quizá no vuelva?
Frances agradeció la pregunta aunque la incomodara.
—Porque deseo conocerlo. Y porque no quiero que ninguna elección dependa únicamente del miedo.
Él asintió.
—Es suficiente.
Tomó el estuche de la mesa.
—Había traído esto antes de decidir qué diría.
Frances lo abrió y encontró una delicada pluma estilográfica con detalles de plata.
—Pensé que podría utilizarla para escribir a sus amigas de América —explicó—. O para cualquier otra correspondencia.
La mención de las cartas resultó demasiado significativa para ser accidental.
—Gracias.
—No es una condición.
—Lo sé.
—Ni espero que la utilice para escribir al señor Vanderbilt.
Frances levantó los ojos.
Philip sonrió con cansancio.
—Pero sospecho que lo hará.
—Todavía no he recibido ninguna carta.
—La recibirá.
Había una certeza extraña en la forma en que lo dijo.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Porque un hombre no mira a una mujer de esa manera y luego guarda silencio durante todo un océano.
Frances sintió que la garganta se cerraba.
Philip se puso de pie.
—La visitaré dentro de dos días, si me lo permite.
—Sí.
—Podemos montar. Vanderbilt parecía considerar que los caballos revelan el carácter.
—No tiene que seguir sus consejos.
—No lo hago. Deseo demostrar que conozco el rendimiento del trigo en cada parcela.
Frances rio.
Esta vez la risa no se sintió como una traición.
Philip tomó su mano.
—No le pediré que olvide a otro hombre para escucharme.
—Gracias.
—Pero tampoco facilitaré que me olvide a mí.
Besó sus nudillos y se marchó.
Frances permaneció en el salón después de que los pasos desaparecieran. El cortejo continuaría. No porque Philip fuera una opción conveniente, sino porque había demostrado una fortaleza que ella no había visto antes.
William tendría que saberlo.
La idea surgió de inmediato.
No para provocarlo.
No para castigarlo.
Sino porque habían prometido escribirse con sinceridad.
Frances miró la pluma de plata.
Después caminó hacia el escritorio.
Tomó una hoja, la colocó frente a sí y escribió:
Señor Vanderbilt:
La formalidad le pareció incorrecta.
Rasgó la hoja.
Comenzó de nuevo.
William:
Permaneció observando el nombre durante varios segundos.
No sabía cómo escribirle sin convertirse en la mujer herida que lo había visto partir ni en la dama prudente que intentaba analizar cada emoción. Él le había pedido que escribiera para decirle que continuaba enfadada.
Eso, al menos, era sencillo.
William:
Continúo enfadada con usted.
No por haberse marchado. Su hermano lo necesita y jamás le pediría que eligiera entre su familia y yo.
Estoy enfadada porque decidió ocultarme la verdad para proteger una cena que ninguno recordará dentro de un año.
Estoy enfadada porque me pidió sinceridad mientras usted seguía escogiendo qué parte de la suya podía soportar.
Frances se detuvo.
La pluma temblaba levemente entre sus dedos.
Continuó.