Dije que iría a la boda con novio. Solo me faltaba tener uno.
Cuando mi ex me invitó a su boda en una cala de Cádiz, en pleno agosto, con el mar de fondo y a su prometida encantadora sonriendo en cada foto, cometí un error: dije que iría acompañada. Muy acompañada. De alguien serio.
El problema es que estoy soltera desde hace año y medio y me quedan tres semanas.
El otro problema se llama Bruno, vive en el rellano de enfrente y llevamos ocho meses discutiendo por el tendedero, el ruido y un gato que no es de ninguno de los dos. Es tardón, no se toma nada en serio y sonríe como si el mundo le hiciera gracia. Es, básicamente, lo contrario de un buen plan.
Por eso, naturalmente, es a quien le pido que finja ser mi novio durante un fin de semana en la playa.
Solo tenemos que aguantar una boda, una familia que pregunta demasiado y a mi ex mirándonos de reojo.Lo que no entraba en el trato era la arena en los zapatos, las mentiras que se nos van de las manos y esa cosa incómoda que empieza a pasar cuando Bruno me da la mano y a nadie hay que fingirle nada.
Una comedia romántica de verano, ligera, divertida y con final feliz garantizado. Perfecta para leer en la playa, en la piscina o en el sofá con el ventilador a tope. Sin dramas, sin sustos: solo enredos, risas y un romance que huele a protector solar.
Primer libro de la serie «Bodas de verano». Cada novela, una boda distinta y un amor de verano. Todas se leen por separado.






