El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 9. La boda #2
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9. La boda #2

Todo aquello, que había empezado siendo actuación y había terminado siendo verdad sin avisarnos, se había apagado de golpe, y la ausencia pesaba más que ningún gesto.

Se puede echar de menos a alguien que tienes sentado al lado.

Nadie me lo había explicado hasta esa noche.

La tía Charo pasó por detrás de nosotros con la fuente de langostinos vacía y se paró.

Nos miró a uno y a otro, con esos ojos suyos que lo calan todo, los mismos que el primer día habían visto el paripé por debajo de la piel.

No dijo nada gordo. Solo me puso una mano en el hombro, caliente, olía a fritanga y a colonia de rosas, y me apretó un poco.

—Qué callados los tortolitos —dijo, más para nosotros que para nadie—. Con lo que dais la lata normalmente.

Y se fue, meneando la cabeza, sin esperar respuesta, dejándonos el comentario clavado como una espina de langostino en mitad de la mesa. Bruno bebió agua. Yo miré el mantel. Ninguno de los dos dio la lata.

Fue después del baile de los novios, cuando ya la gente se soltaba y la pista de la explanada se llenaba de tías bailando pasodobles y niños corriendo entre las piernas, cuando Bruno se levantó.

Yo pensé que iba al baño, o a por otra copa, o a huir un rato de mí, que también.

Pero fue a la mesa de los novios, se agachó junto a Nando, le dijo algo, le dio la mano, le dio un abrazo de esos de palmada en la espalda.

Luego fue hasta Reme, que hablaba con unas vecinas, y se inclinó a hablarle bajito.

Vi a su madre cambiar la cara. Vi a Reme decir algo, hacer un gesto con la mano, como quien dice «pero cómo te vas a ir ahora», y vi a Bruno negar con la cabeza, suave, terco, el mismo gesto de siempre.

No hubo abrazo con la madre. Hubo un beso rápido en la mejilla y una distancia que no se cerró.

Volvió a la mesa. Se quedó de pie a mi lado. Se metió las manos en los bolsillos.

—Elena.

Solo con oír mi nombre así, entero, sin apodo, sin pulla, supe lo que venía.

—Me tengo que ir.

—¿Al baño? —pregunté, tonta, agarrándome a lo que fuera.

—A Madrid. —Miró hacia el mar, negro ya, con la luna partida encima—. Me ha llamado Quique, del taller. Hay un lío con un encargo, un motor que teníamos que entregar el lunes y se ha complicado, y… no puedo dejarlo tirado. Si salgo ahora llego de madrugada y mañana estoy allí a primera hora.

Un motor. Un motor de coche era el rival contra el que yo no sabía competir.

Miré aquella excusa, tan redonda, tan de manual, tan hecha a medida para no doler y doliendo más por eso, y supe que era mentira igual que él sabía que yo lo sabía.

No había ningún Quique desesperado a la una de la madrugada de un sábado de agosto.

Había un hombre que necesitaba salir corriendo de un pueblo por dos motivos a la vez y solo se atrevía a nombrar uno, y el que nombraba ni siquiera era el motor.

—Pero íbamos a volver mañana los dos —dije, y me odié por la voz, porque me temblaba y no quería que le temblara—. Juntos. En tu coche.

—Te dejo el dinero del autobús. O que te lleve Loli, que sube el domingo a Madrid a ver a su hija.

Ya se lo he preguntado, dice que encantada.

—Lo tenía todo resuelto. Lo tenía todo resuelto desde hacía rato, mientras me pasaba la sal—.

Lo del pacto ya está. Ha salido bien. Nadie sospecha nada, tu madre te ha visto acompañada, el ex se ha casado, misión cumplida.

No hace falta que sigamos… —buscó la palabra, y la que encontró fue la peor de todas— … fingiendo.

Ahí estaba. La palabra. La había elegido a propósito, para recordarme, para recordarse, que aquello tenía fecha de caducidad escrita en una servilleta, que él se creía un favor y por lo tanto se marchaba como se marcha quien ha hecho un favor: sin cobrar, sin quedarse, sin pedir nada.

Y yo, que me creía una coartada, no le dije lo único que había que decir, que era «no era fingido, idiota, hace días que no finjo nada».

Me tragué el nudo. Me puse la coraza. Defendí el trato como si fuera lo único que me quedaba, que puede que lo fuera.

—Claro —dije—. Misión cumplida. Muchas gracias por todo, de verdad. Me has salvado el fin de semana.

Le vi encajarlo. Le vi el segundo exacto en que mi «muchas gracias por todo» le confirmó lo que él creía haber oído decirle yo a Marta, que solo era un novio de mentira para no quedar mal, y le cerró la última puerta que quizá tenía entreabierta.

Asintió despacio. Tenía el pelo revuelto por el poniente y una arruga entre las cejas que le había salido esa semana y que yo, tonta de mí, había empezado a considerar mía.

—Cuídate, Elena.

—Y tú.

No me abrazó. Estuvo a punto, otra vez, ese arranque de los hombros hacia mí que le conocía ya de memoria, y otra vez lo frenó, porque abrazarme delante de todo el pueblo habría sido teatro y ya no había función, o porque abrazarme sin teatro le habría costado demasiado marcharse después.

Me tendió la mano. Yo, que había fingido durante tres días ser su novia, que lo había besado en una foto y me había reído contra su cuello y me había dormido pensando en el hueco de suelo donde él respiraba, le di la mano.

Un apretón. Tenía la palma caliente y áspera de trabajar con motores de verdad, y me acordé, mientras me la soltaba, de la primera vez que se la había estrechado en el rellano, con las bragas de flores de por medio, cuando ni sabía que un tipo así pudiera importarme.

Recogió su chaqueta del respaldo. Se despidió con la mano de la mesa de los novios, de la tía Charo que lo miró irse con la boca apretada, de Reme que no fue capaz de mirarlo.

Y se marchó explanada abajo, hacia donde tenía aparcado el coche, con las bombillas de la boda a su espalda y el ruido de un pasodoble tapando sus pasos, sin resolver lo de El Ancla, sin decirle a su madre que no vendiera el chiringuito de su padre,

sin plantar cara a nada de lo que lo había traído hasta aquí.

Huyendo de las dos cosas de las que llevaba toda la vida huyendo, el pueblo y él mismo, solo que ahora yo era una de las dos y ni siquiera lo sabía del todo.

Me quedé en la silla. La tía Charo vino, se sentó en el sitio caliente que había dejado Bruno, me sirvió una copa de vino que yo no había pedido y me la puso delante.

—Bebe —dijo—. Y no le des más vueltas esta noche, que las bodas ajenas piensan por una.

Miré la carretera de arriba, la que sube del pueblo y se pierde detrás del pinar.

Al rato se encendieron dos faros pequeños, subieron la cuesta despacio, doblaron la curva del cementerio y desaparecieron.

El coche de Bruno. Yo sabía cada raya de tráfico que tenía ese coche por dentro, sabía cómo olía, sabía que la radio se quedaba pillada en la sintonía de una emisora de los ochenta que él fingía odiar y cantaba bajito.

Lo vi irse hasta que no quedó ni el resplandor, con la copa de vino de la tía Charo intacta entre las manos y toda la boda de otro riéndose a mi espalda.

Y entonces, por fin, entendí del todo lo que llevaba días entendiendo a medias.

No lloraba por Nando, que se casaba a diez metros de mí con una chica encantadora.

Lloraba por un vecino de rellano con el que había discutido por un tendedero, que me había enseñado a oscuras la barra donde apoyaba el codo su padre, que me pasaba pañuelos de papel sin mirarme y se iba a Madrid a arreglar un motor que no existía para no tener que arreglar lo único que sí existía.

Lo había entendido la noche anterior, tarde y a mi manera.

Y esa noche, con los faros perdiéndose detrás del pinar, acababa de aprender la segunda parte, que es peor: que a veces, cuando por fin lo entiendes, ya se ha ido cuesta arriba en un coche que huele a él, y tú te quedas abajo, con una copa que no querías y una boda que no era la tuya,

mirando una curva vacía.

La tía Charo me pasó el brazo por los hombros. Olía a rosas y a langostino y a toda la costa de mi infancia.

—Ay, niña —dijo, muy bajito, para que no la oyera el pasodoble—. Menudo par estáis hechos.

No le contesté. No hacía falta. Por primera vez en todo el fin de semana, no había nada que fingir.