10. La vuelta
Madrid en agosto es una ciudad que alguien ha dejado enchufada y se ha ido de vacaciones.
Volví un domingo por la noche, con la maleta llena de arena que no había manera de sacudir del todo y un vestido de boda arrugado que olía a salitre y a algo más que no quise nombrar.
El taxi me dejó en el portal y subí los tres pisos a pie, porque el ascensor llevaba estropeado desde junio y porque necesitaba las escaleras para retrasar el momento de entrar en un piso que llevaba tres días vacío y ahora me parecía, por primera vez, demasiado callado.
El rellano fue lo peor.
No sé cómo explicarlo sin sonar dramática, y ya me conocéis, no me gusta el drama, lo dejo para las telenovelas de sobremesa que ve mi madre.
Pero el rellano estaba mal. Faltaba algo.
Faltaba el ruido. La puerta de enfrente, la de Bruno, estaba cerrada con esa cerradura suya que siempre había que empujar dos veces, y detrás no se oía nada.
Ni la radio a todo volumen con el parte de tráfico que él fingía escuchar para no escucharme a mí.
Ni el arrastrar de la silla del taller que montaba en la galería los domingos.
Ni siquiera esos tacos que soltaba cuando se le caía una llave inglesa y rebotaba hasta el patio de luces.
Nada.
Un rellano puede estar demasiado limpio de sonido, resulta. Yo no lo sabía hasta esa noche.
Entré, dejé la maleta en el pasillo sin deshacerla y me senté en el sofá con el abrigo todavía puesto, aunque hacía un calor de justicia.
Miré el móvil. Ninguna llamada. Un mensaje de Marta de hacía una hora: «¿Has llegado ya, alma de cántaro?»
. Y otro debajo, tres minutos después: «Sé que has llegado. Sé que estás mirando el móvil como una tonta. Llámame.»
La llamé.
—No me digas nada —dije, en cuanto descolgó—. No estoy de humor para el «te lo dije».
—Yo no iba a decirte «te lo dije».
—Ibas.
—Iba —admitió—. Pero me contengo, porque soy tu amiga y porque te oigo la voz de croqueta pisada. ¿Qué ha pasado exactamente? Porque el resumen que me mandaste desde el autobús era «se ha ido, fin», y eso no es un resumen, eso es una esquela.
Se lo conté. Otra vez, con calma, ahora que no había pasodoble de fondo ni tía Charo pasándome el brazo por los hombros.
Le conté que en mitad del banquete había mirado a Nando, a mi Nando de toda la vida, al hombre por el que había llorado dos inviernos, y no había sentido absolutamente nada.
Ni rencor ni pena ni ese picorcillo de orgullo herido que una espera sentir.
Nada. Como mirar la foto de un compañero del colegio del que ya no te acuerdas del apellido.
—Eso es buenísimo —dijo Marta.
—Eso sería buenísimo si al girar la cabeza no me hubiera dado cuenta de que a quien buscaba con los ojos era al otro. Y el otro se estaba poniendo la chaqueta para irse.
Silencio al otro lado.
—Ay —dijo Marta, por fin. Y en ese «ay» cabía todo—. ¿Y no le dijiste nada?
—¿Qué le iba a decir? Se pasó todo el banquete tratándome de usted con los ojos. «¿Te acerco el agua, Elena?» «Con permiso, Elena.» Educadísimo. Un señor. Yo no sé discutir con un señor educado, Marta, yo sé discutir con el energúmeno que me colonizaba el tendedero. A ese sí sabía contestarle.
—Pues igual el problema es ese —dijo ella, y lo dijo despacio, como quien deja caer una piedra en un pozo a ver cuánto tarda en sonar—.
Que os habéis pasado ocho meses discutiendo por unas bragas de flores para no tener que hablar de nada de verdad, y ahora que tocaba hablar de verdad, os habéis puesto los dos de punta en blanco y os habéis tratado de usted.
Colgué sin darle la razón, porque dársela habría sido admitir que tenía que hacer algo al respecto, y esa noche solo quería dormir y despertarme siendo otra persona a la que todo esto le diera igual.
No funcionó. Me desperté siendo yo. Es un defecto que arrastro.
El lunes me lo pasé fingiendo que trabajaba.
Ilustro cuentos infantiles desde un estudio pequeño que comparto con Marta, y en agosto las editoriales cierran y no llega un solo encargo, así que me dediqué a reordenar láminas y a alinear los lápices de colores por gama mientras oía, o creía oír, o quería oír,
algún ruido en el rellano de enfrente.
A las siete de la tarde había un cesto de la ropa por tender y yo, que llevo toda la vida tendiendo por la mañana como Dios manda, decidí que aquel era el momento perfecto para salir a la galería.
No había nada en su tendedero. Las cuerdas vacías, la pinza roja que él usaba siempre para los calcetines colgando sola, olvidada, meciéndose un poco con el aire caliente que subía del patio.
Tendí mis cosas muy despacio, prenda por prenda, dándole tiempo a que apareciera. No apareció. Me quedé un rato apoyada en la barandilla, mirando su ventana cerrada, sintiéndome ridícula, que es un sentimiento con el que a estas alturas ya me tuteo.
El teléfono sonó dentro. Número desconocido, prefijo de Cádiz.
—¿Diga?
—Niña. —La voz de la tía Charo entró en mi salón como si abriera de par en par un ventanal—. Que soy Charo, la del Ancla, no te asustes, que le he pedido tu teléfono a Reme que lo tenía de la lista de la boda. ¿Estás sentada?
—Estoy de pie.
—Pues siéntate, que las cosas de pie se oyen peor.
Me senté. En el suelo, con la espalda contra el sofá, porque a veces el cuerpo sabe antes que la cabeza que va a ser una de esas conversaciones.
—Dígame, tía Charo.
—Nada de tía Charo, que me haces vieja. Charo.
—Se oyó de fondo el chirrido de una silla de aluminio y el rumor del mar, ese que en Caleta Vieja entra hasta en las llamadas de teléfono—.
Mira, niña, te llamo porque desde que os fuisteis los dos, cada uno por su lado como dos bobos, aquí no se habla de otra cosa.
Reme está que no duerme. Y yo, que soy vieja y he enterrado a dos maridos y a un chiringuito, no me da la gana quedarme callada, que ya me callé una vez el finde entero y mira cómo ha acabado la cosa.
—No ha acabado de ninguna manera —dije—. No había nada que acabar. Era mentira, ¿se acuerda? Era el paripé.
—Ay, mi alma. —Y se rió, pero era una risa triste, de esas que saben cosas—.
El paripé era que estabais juntos. Lo que había debajo del paripé no me lo inventé yo.
Yo os vi en la barra del Ancla la otra noche, cuando creíais que no había nadie.
Yo os vi en la foto de grupo, que tú tenías la mano en su camisa agarrada como quien se agarra a la vida.
Eso no se finge, niña. Yo he servido cañas cuarenta años, sé distinguir a los que fingen de los que no. Y vosotros no fingíais una mierda.
Se me hizo un nudo en la garganta, de esos que no avisan.
—Se marchó, Charo. Se puso la chaqueta y se marchó a Madrid a media boda.
—Ya lo sé. Y sé por qué, aunque él no lo sepa.
—Bajó la voz, como si el mar pudiera chivarse—.
Ese chiquillo lleva desde que enterró a su padre huyendo de todo lo que le importa, porque le da pánico que también se le muera en las manos.
Volvió aquí y le importó El Ancla. Volvió aquí y le importaste tú.
Y en cuanto le importaron dos cosas a la vez, cogió el coche.
No huía de ti, mi alma. Huía de que le importaras.
Que no es lo mismo, aunque desde abajo de la cuesta se vea igual.
Me quedé callada. Fuera, en el patio, alguien tiró de una cadena de váter y un canario cantó como si fuera de día. La vida siguiendo, tan pancha.
—¿Y yo qué hago con eso, Charo?
—Pues subir un piso, niña. Que sois vecinos, coño, que no tienes que coger un tren.
Que la mitad de la gente se muere sin decir lo que siente porque vivía a mil kilómetros, y vosotros lo tenéis a doce escalones y os hacéis los suecos.
Sube. Y esta vez, en lugar de discutir por las bragas, le preguntas.
Que sois muy buenos peleando y muy malos preguntando, los dos igual de zoquetes.
Colgó sin despedirse, que es una cosa que hacen las personas mayores y que a mí, esa noche, me pareció el gesto más elegante del mundo. Colgar antes de que le dieras tiempo a darle largas.
Me quedé con el móvil en la mano y la conversación dándome vueltas.
«Huía de que le importaras.» «Sube un piso, niña.»
Y sin embargo no subí. Esa noche no. Me acobardé, para qué os voy a mentir.
Me hice una tortilla francesa que me salió mal, me metí en la cama con el móvil y estuve una hora larga viendo vídeos de gente que restauraba muebles, que es lo que veo cuando no quiero pensar.
Al otro lado del patio, a eso de las doce, se encendió una luz en su cocina.
La vi por el reflejo en la pared. Se apagó a la media hora.
Los dos despiertos, cada uno en su isla, con un patio de luces por océano.
El martes fue igual, pero peor, porque ya no tenía la excusa de la sorpresa.
Sabía que tenía que subir y no subía. Marta me llamó dos veces.
La tía Charo, una, para preguntar «¿Ya?»
y colgar cuando le dije «Todavía no». Eran las dos personas más eficientes que conocía a la hora de meterme el dedo en la conciencia.
El miércoles se me acabaron las excusas de golpe, y encima por una tontería.
Se me fue la luz. No a todo el bloque: a mi piso solo, un plomo que saltó porque puse la lavadora y el microondas a la vez, un vicio que tengo.
Me quedé a oscuras con la colada a medio centrifugar y el cuadro de plomos en el rellano, en la pared de en medio, ese cuadro comunitario que abre con una llavecita que yo nunca he tenido.
Bruno sí la tenía. Bruno tenía llave de todo, herramientas de todo, mañas de todo, y llevaba ocho meses recordándomelo con ese aire de superioridad que me sacaba de quicio.
Y ahí estaba la excusa. Fea, pequeña, de vergüenza ajena. Pero excusa.
Me miré en el espejo del recibidor, a la luz del móvil.
Tenía una pinta lamentable, el pelo hecho un nido, una camiseta vieja de un festival de 2015.
Pensé en arreglarme y me pareció aún más ridículo arreglarme para llamar a la puerta de un vecino a pedirle que me abriera el cuadro de la luz.
Así que salí como estaba. A veces lo digno es no fingir ni siquiera con una misma.
Llamé al timbre. Dos veces, porque su timbre también iba mal, cómo no.
Tardó. Lo oí moverse dentro, unos pasos, el arrastrar de esa cerradura que había que empujar.
Abrió con una camiseta gris y el pelo mojado, como si acabara de ducharse, y por un segundo, medio segundo, se le encendió algo en la cara al verme.