El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 10. La vuelta #2
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10. La vuelta #2

Después lo apagó él mismo, con la mano, como quien tapa una vela.

—Elena.

Todavía de usted, pero sin el usted. Peor.

—Se me ha ido la luz —dije, y señalé con el pulgar hacia atrás, hacia mi puerta a oscuras—. El plomo. Y no tengo llave del cuadro. Tú sí.

—Sí. —No se movió—. Espera, la cojo.

Desapareció dentro y me dejó en el umbral, mirando su recibidor, que yo no había visto nunca de cerca.

Había una caja de herramientas abierta en el suelo del salón.

Y encima de la mesa, apoyada contra la pared, la foto.

La foto de su padre en el Ancla, la que yo le había visto envolver en un jersey el día de las maletas.

La había sacado del jersey. La había puesto de pie, mirando al salón, como quien coloca a alguien para que le haga compañía.

Volvió con la llavecita y me pilló mirándola. Los dos lo supimos. No dijo nada. Fuimos al cuadro, abrió, subió el plomo con un clic, y mi piso volvió a la vida a mi espalda: la nevera arrancando, el reloj del microondas parpadeando, la lavadora reanudando el centrifugado con un quejido.

—Ya está —dijo. Y me tendió la llavecita, como si yo fuera a necesitarla, como si me estuviera devolviendo algo más que una llave.

No la cogí.

—Bruno.

—¿Qué.

Y ahí, en el rellano, a las once de la noche de un miércoles de agosto, con la camiseta del festival de 2015 y el pelo hecho un nido, me acordé de la tía Charo. «Sois muy buenos peleando y muy malos preguntando.» Y decidí, por una vez en mi vida, ser mala peleando.

—Te oí —dije—. En Caleta Vieja, el sábado.

Por la mañana, cuando hablabas por teléfono con tu madre en la terraza.

Te oí decir «esto se acaba el domingo». Y me fui de allí pensando que me habías usado.

Que solo era tu coartada para volver a casa sin dar el brazo a torcer, y que en cuanto pasara la boda me devolverías al rellano como quien devuelve un taladro prestado.

Eso pensé. Y por eso me puse borde. No porque me diera igual.

Porque me dolió como no me había dolido nada en mucho tiempo, y me daba vergüenza que se me notara.

Se quedó muy quieto. La llavecita seguía entre nosotros, en su mano abierta, y ninguno de los dos la miraba ya.

—Yo no hablaba de ti —dijo, en voz baja.

—¿Cómo?

—Cuando dije «esto se acaba el domingo».

—Tragó saliva. Vi cómo le costaba, cómo cada palabra era una llave inglesa que se le resistía—.

No hablaba de nosotros. Hablaba de El Ancla.

Mi madre me había llamado para decirme que la cadena esa, la de los hoteles, había subido la oferta y que quería firmar el lunes, aprovechando que estaba toda la familia junta por la boda.

Y yo le dije que no. Le dije «esto se acaba el domingo», que significaba «esta historia de vender se acaba, mamá, el domingo hablamos y no se vende».

No que se acabara lo tuyo. Lo tuyo yo no quería que se acabara.

—Se pasó la mano por el pelo mojado—. Llevo tres días dándole vueltas a por qué te enfriaste de golpe, y no se me había ocurrido que…

Joder. Joder, Elena. ¿Pensabas que te estaba diciendo a mi madre que te iba a soltar?

Me tuve que apoyar en la pared. En serio. Se me fueron las fuerzas de las rodillas como el agua de una bañera cuando quitas el tapón.

—Yo oí media frase —dije—. Oí la mitad y me monté la película entera. La otra mitad ni la escuché, salí de allí como alma que lleva el diablo.

—Y yo —dijo, y ahora casi se rió, pero era una risa de las que duelen— también oí media.

Te oí a ti, la tarde antes, decirle a Marta por teléfono que «solo necesitabas un novio de mentira para no quedar mal delante del ex».

Y me lo tomé como que para ti era eso y solo eso.

Un novio de mentira. Un favor entre vecinos.

Y me dije, tonto de mí, no vayas a hacer el ridículo, Bruno, que para ella eres el del taladro.

Así que me puse la chaqueta y me fui, para no darte tiempo a decírmelo tú a la cara.

Nos quedamos mirándonos. Doce escalones, había dicho Charo. Doce escalones y dos medias frases mal oídas nos habían tenido tres días muriéndonos cada uno en su cocina, encendiendo y apagando luces al otro lado de un patio.

—Somos idiotas —dije.

—Somos muy idiotas —confirmó él—. Los dos. Idénticos de idiotas.

—Esa frase se la ibas a decir a tu madre. Lo de El Ancla.

—Esa frase se la dije. —Se le puso la cara distinta al decirlo, más firme, la cara que le había visto la noche que me llevó a oscuras a la barra donde su padre apoyaba el codo—.

Y se lo repetí el domingo antes de irme, y ayer por teléfono, y hoy por la mañana.

No se vende, Elena. Le he dicho a mi madre que si hace falta lo llevo yo, que me cojo una excedencia del taller y me bajo a Caleta a levantar el chiringuito, que prefiero perder dinero sirviendo cañas donde las servía mi padre que ganarlo dejando que le pongan a la puerta el logo de una cadena.

No sé si podré. No tengo ni idea de llevar un chiringuito.

Pero no pienso dejar que lo vendan sin haberlo intentado.

—Eso —dije, y se me quebró un poco la voz, maldita sea— es lo menos idiota que has dicho en ocho meses.

—Ya. Bueno. Tenía que compensar.

Y entonces pasó una cosa. Una cosa pequeña.

Bruno cerró por fin la mano sobre la llavecita, se la guardó en el bolsillo, y con esa misma mano, ya vacía, me apartó un mechón de la cara, del nido que tenía por pelo, y me lo puso detrás de la oreja.

Igual que había hecho aquella noche en la cena, el gesto que me había dejado descolocada delante de toda su familia.

Pero ahora no había familia. No había foto de grupo.

No había Nando acercándose a los que hubiera que disimular.

No había nadie a quien engañar en aquel rellano, solo nosotros dos y el cuadro de la luz y la pinza roja del calcetín que se veía desde allí, en su tendedero vacío.

—Esto no es para la actuación —dijo, muy bajito, repitiendo casi mis palabras, las de la playa, dándoles la vuelta—. Que quede claro. Que no hay nadie mirando. Que esto es de verdad.

—Ya lo sé —dije yo—. Es la primera cosa de verdad que hacemos sin discutir antes.

—Podemos discutir, si te quedas más tranquila.

—Un poco sí. Por costumbre.

Y me besó. En el rellano, a las once y pico de un miércoles, con el reloj del microondas parpadeando a mi espalda y la lavadora dando su último quejido y el canario del patio, que debía de estar loco, cantando otra vez a deshora.

Me besó despacio, sin prisa, sin nadie a quien darle el paripé, y esta vez ninguno de los dos se quedó descolocado, porque cuando por fin dejas de fingir ya no hay sitio donde caerte descolocada: estás justo donde tenías que estar.

Cuando nos separamos, tenía la frente apoyada en la mía y se reía bajito.

—¿De qué te ríes?

—De que has subido a pedirme que te abra el plomo.

—Se me había ido la luz de verdad —protesté—. No es una excusa.

—Elena. —Me miró con esa ceja levantada de energúmeno del tendedero, la que llevaba tres días echando de menos sin saberlo—. Pusiste la lavadora y el microondas a la vez. Sabes de sobra que salta. Te he oído quejarte de ese plomo desde marzo.

Abrí la boca para negarlo. La cerré. Es que tenía razón, el muy…

—Vale —dije—. Puede que en parte fuera una excusa.

—Puede.

—Una excusa tonta.

—La mejor excusa tonta que me han puesto en la vida —dijo, y me volvió a besar, y esta vez me reí yo dentro del beso, que dicen que trae suerte, o al menos eso me inventé para no reconocer que era simplemente feliz.

Bajamos a mi piso a apagar la lavadora, que seguía protestando.

Le enseñé el desastre de tortilla que había hecho el lunes y todavía estaba en la sartén, porque soy un desastre y ya no me importaba que él lo supiera.

Nos sentamos en el sofá, con el abrigo mío todavía tirado en el respaldo desde el domingo, y hablamos hasta las tantas.

De verdad. Sin pullas, o con las justas, las buenas, las que son cariño disfrazado.

Le conté lo de Nando, lo de no sentir nada.

Me contó lo de su padre, más despacio que en la barra del Ancla, sin el mar apremiándole.

Hicimos planes que a esa hora de la noche siempre parecen más fáciles de lo que son: bajar a Caleta en septiembre, ver en qué estado estaba el chiringuito, si las cañerías, si el toldo, si la licencia.

Yo, que de dibujar y de darle cara nueva a las cosas sé un rato, me ofrecí a repintarle el rótulo del ancla y a rediseñarle la imagen del chiringuito; de las cañerías y el toldo ya se encargaría él, que para eso tenía las manos.

Él me miró como si le acabara de tocar la lotería y no quisiera cantarlo por si acaso.

A eso de las dos, con él dormido a medias en mi sofá y yo mirándole la cara con esa cara de tonta que juré que no pondría nunca por un hombre, me vibró el móvil en la mesa. Charo. Un mensaje, no una llamada, que ya sabía la mujer que a esas horas mejor no llamar.

«¿Ya?»

Miré a Bruno. Le había vuelto a caer el mechón sobre la frente, ese que él se apartaba y a mí se me antojaba apartarle ahora.

Fuera, el patio de luces estaba a oscuras por primera vez en tres días, las dos cocinas apagadas a la vez porque ya no hacía falta encender una lámpara para saber que el otro seguía despierto al otro lado.

Contesté con una sola palabra, que era todo lo que la tía Charo necesitaba, y colgué el teléfono boca abajo para que la pantalla no molestara.

«Ya.»