El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 11. Un sitio en la cuerda
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11. Un sitio en la cuerda

Hay una manera de dormirse que no existía en mi vida hasta esa noche, y es dormirse sabiendo que la persona con la que quieres desayunar está a dos tabiques de distancia y que mañana no tendrás que fingir nada delante de nadie.

Me dormí con el móvil boca abajo y con la palabra «Ya» todavía flotándome por dentro, como cuando apagas la tele y la imagen tarda un segundo en irse del todo.

Me desperté a las ocho con un ruido que llevaba meses siendo el enemigo y que de repente me pareció música: el chirrido de la polea del tendedero. Bruno. Bruno tendiendo a las ocho de la mañana, con esa desfachatez de hombre que se levanta temprano porque quiere y no porque lo obliguen.

Salí a la galería con el café, en pijama, como el primer día.

Como todos los días, en realidad, porque esa galería y yo tenemos una historia larga y mal avenida.

Y ahí estaba él, en calzoncillos y camiseta, con el pelo de recién levantado y una cesta de ropa apoyada en la cadera, tirando de la cuerda con esa concentración de quien hace algo importante y no quiere que se le note.

—Buenos días —dije, y me salió una voz de tonta que ni yo me reconocí.

—Buenos días —contestó él, sin mirarme, muy digno.

Y siguió tendiendo. Una camiseta gris, de las suyas, de las que le he visto puestas los tres últimos días y que empezaba a considerar territorio de estudio.

La colgó con dos pinzas, despacio, como si en vez de una camiseta estuviera colgando un cuadro y tuviera que quedar derecho.

Y no la colgó en su mitad. La colgó en la mía.

En mi lado de la cuerda, cruzando la frontera invisible por la que llevo peleándome con él desde diciembre, esa raya que no está pintada en ningún sitio pero que los dos sabíamos exactamente dónde caía, al milímetro, como saben las fronteras los países que llevan siglos discutiéndolas.

Me quedé con la taza a medio camino de la boca.

—Bruno.

—¿Qué.

—Eso está en mi lado.

—Ya lo sé —dijo. Y por fin me miró. Tenía una cara de sinvergüenza feliz que no le había visto ni en Caleta Vieja—.

Llevo meses aguantando que me invadas la mitad de la cuerda con tus sábanas de tres metros y tus toallas y esas bragas de flores que resulta que no eran tuyas pero como si lo fueran.

He decidido que ya que vamos a discutir por el tendedero el resto de nuestra vida, prefiero empezar yo invadiéndote a ti. Para variar.

—El resto de nuestra vida —repetí.

—Es una manera de hablar.

—No, no lo es.

—No —admitió—. No lo es.

Y nos quedamos así, cada uno en su galería, con el patio de luces en medio y una camiseta gris ondeando entre los dos como una bandera de rendición firmada por ambos bandos.

Abajo, la señora del segundo regaba los geranios y fingía no escuchar, que en esa comunidad fingir no escuchar es una disciplina olímpica.

—¿Sabes lo que significa que te cuelgue una camiseta en tu lado? —dijo Bruno.

—Que eres un maleducado.

—Que te estoy pidiendo que me la dejes ahí.

Que la tengas tú. Que cuando la descuelgues la dobles o la tires al cesto o hagas con ella lo que te dé la gana, pero que esté en tu lado.

—Se rascó la nuca, y ahí, por primera vez desde que había vuelto la desfachatez a su cara, se le vio el titubeo de debajo—.

Que quiero un sitio en tu cuerda, Elena.

Uno fijo. No prestado para un fin de semana.

Dejé la taza en la barandilla porque me temblaba, y no quería que se me notara que me temblaba, aunque a esas alturas ya daba igual, ya nos habíamos visto los dos temblar en una barra a oscuras y en un rellano con la excusa de un plomo.

—Podrías haberlo dicho con palabras, como las personas normales —dije.

—Lo he dicho con una camiseta. Soy mecánico, no poeta.

—Ha sido bastante poeta para ser mecánico.

—No se lo digas a nadie.

Me reí. Se me escapó la risa esa que no controlo, la de garganta, la que Marta llama «la risa Bruno» desde hace semanas aunque yo se lo niegue.

Y él sonrió al oírla, esa sonrisa suya que empieza torcida y termina entera, y por un momento fuimos solo dos vecinos ridículos en pijama negociando una cuerda a las ocho de la mañana, que es, creo yo, la forma más honesta que tiene el amor de presentarse cuando no viene disfrazado de boda ajena.

—Ven —dijo entonces.

—¿Adónde.

—A mi casa. A desayunar. Tengo café de verdad, no ese que haces tú que parece agua sucia.

—Mi café está perfectamente.

—Tu café es una tragedia, Elena. Llevo meses oliéndolo desde aquí y compadeciéndote.

Fui. Claro que fui. Crucé el rellano en pijama, que a esas alturas el rellano ya era nuestro más que de nadie, con sus dos felpudos y su ventanuco y su historia de plomos y silencios, y él me abrió antes de que llamara porque me había oído venir,

que ya nos oíamos venir el uno al otro como se oyen las cosas de casa.

Desayunamos en su cocina, que es como la mía pero al revés, con las mismas baldosas horrorosas de los años setenta y una cafetera italiana que efectivamente hacía un café que el mío no le llegaba ni a la suela.

Y fue entonces, con la tostada a medias y el pelo cayéndole otra vez sobre la frente, cuando me lo pidió de verdad. Sin camiseta de por medio. Sin pacto.

—Quiero que volvamos a Caleta Vieja —dijo.

Me paré con la tostada en el aire.

—¿A la boda de otro?

—A ninguna boda. —Movió la taza en círculos sobre la mesa, un gesto que le había cogido en tres días y que ya me sabía de memoria—.

El domingo es el cierre de temporada del Ancla.

El último día antes de que la tía Charo cierre hasta el verano que viene.

Y este año hay algo que celebrar, porque mi madre...

—Se paró. Tragó—. Mi madre ha dicho que no vende.

Solté la tostada del todo.

—Bruno.

—La llamé anoche. Después de que se fuera Charo.

—Sonrió a la mesa, no a mí, con esa timidez que le sale cuando habla de su madre—.

No fue una conversación bonita, ¿eh? Nos dijimos de todo.

Ella lloró, yo casi. Pero al final me dijo que si al Ancla le queda alguien que lo quiera tanto como para volver después de tres años sin pisarlo, entonces igual el sitio todavía sirve para algo.

Que se lo queda Charo de gerente y que yo bajo los veranos a echar una mano con lo que haga falta.

Que no lo vende. Que se queda en la familia.

Se le rompió un poco la voz en «familia», y yo hice lo que había aprendido a hacer esos días, que era no decir nada y ponerle la mano encima de la suya sobre la mesa,

encima de esa mano de dedos manchados que la primera semana de conocerlo me parecía la mano de un bruto y que ahora me parecía lo más bonito de aquella cocina.

—Y quiero que estés ahí —dijo—. El domingo. Cuando bajemos la persiana por última vez esta temporada. No como mi novia de mentira. No para que nadie se lo crea. Solo... tú. Ahí. Conmigo. En mi casa.

—Va a estar tu madre.

—Va a estar mi madre.

—Que me odia.

—Mi madre no te odia. Mi madre está aterrada de que le quites al único hijo que le queda cerca, que es distinto. —Me miró—. Y de eso no la voy a librar, la verdad, porque pienso dejarme quitar con muchísimo gusto.

Miré por la ventana de su cocina, que da al mismo patio de luces que la mía, a la misma camiseta gris ondeando en mi lado de la cuerda.

Y pensé en Caleta Vieja, en la cala al atardecer, en la barra donde su padre apoyaba el codo, en la tía Charo diciendo «ya era hora de que volvieras a casa, con la excusa que sea».

Y pensé que igual la excusa por fin había dejado de ser una excusa.

—Vale —dije.

—¿Vale?

—Vale. Pero conduzco yo.

—Ni de broma conduces tú.

—Bruno, con lo que tardaste en bajar por aquella cuesta el otro día pensé que ibas andando.

—Iba pensando.

—Ibas huyendo.

—Iba pensando en huir —corrigió, y sonrió, y me robó la mitad de mi tostada, que era la suya de todos modos porque estábamos en su casa, y así, sin ceremonia, sin anillo, sin camiseta, con una tostada de por medio, quedamos en volver.

*

Volvimos el sábado. Y esta vez no hubo apartamento de Loli ni cama única ni maletas hechas con la foto de un padre escondida entre un jersey; esta vez Bruno metió su bolsa y la mía en el mismo maletero sin discutir de quién era cada cosa, que es otra frontera que se cae, la del equipaje,

y bajamos por la autovía con la ventanilla abierta y él conduciendo, porque al final conducía él, faltaría más, y yo con los pies en el salpicadero y una lista de canciones que le pareció horrible y que cantó entera de todos modos.

Caleta Vieja en septiembre no es Caleta Vieja en agosto.

Se lo dije. El pueblo estaba a media asta, con la mitad de los toldos ya recogidos, las sombrillas de los chiringuitos vecinos apiladas como esqueletos, esa melancolía dulce de los sitios de veraneo cuando el veraneo se va y el pueblo se queda respirando por fin.

Pero el Ancla estaba encendido. De lejos, subiendo por el paseo, se veía la luz amarilla de la terraza y se oía el ruido de las sillas y una radio vieja poniendo una copla que la tía Charo canturreaba desafinando a propósito.

—Ya están aquí los novios —gritó Charo desde la barra, con un trapo al hombro, en cuanto nos vio—. Y esta vez de verdad, que se les ve en la cara. Reme, saca el vino bueno, que no vienen a hacer teatro.

Reme salió de la cocina secándose las manos en el delantal.

Se paró. Nos miró. A Bruno, a mí, a las dos bolsas que él llevaba en la misma mano.

Y yo me preparé para lo que fuera, porque a Reme la había visto acorralarme en una mesa y sacarme un «llevamos un año juntos» a base de preguntas, y le tenía un respeto que rozaba el pánico.

Pero Reme no dijo nada de eso. Reme se acercó, me cogió de las dos manos con las suyas todavía tibias de fregar, y me dijo muy bajito, para que no lo oyera la mitad del pueblo que fingía no escuchar:

—Cuídamelo. Que es un cabezón como su padre y no sabe pedir las cosas hasta que ya casi es tarde.

—Ya me he dado cuenta —dije.

—Lo de la camiseta en el tendedero me lo ha contado Charo —añadió, soltando por fin una sonrisa—. Menudo par. No sabéis hacer las cosas como las personas normales, ninguno de los dos.

—Eso mismo le he dicho yo.

—Anda, pasa. Que hay que colgar el cartel.

Había un cartel. Lo había pintado la tía Charo esa misma mañana en una tabla vieja, con esa letra suya de trazo gordo: «CERRADO POR FIN DE TEMPORADA. NOS VEMOS EN JUNIO. GRACIAS, MANOLO».

Manolo era el padre de Bruno. Y cuando Bruno lo leyó, ahí de pie en la terraza con la tabla en las manos, se quedó muy quieto, y yo vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo hacía ese esfuerzo de tragar que hacen los hombres que no lloran delante de la gente, y le puse la mano en la espalda,

entre los omóplatos, sin decir nada, porque ya habíamos aprendido que hay muros que se caen mejor en silencio.

—Lo colgamos entre los dos —dije.

Y lo colgamos entre los dos, encima de la puerta, donde su padre lo había colgado cada septiembre durante treinta años, y la tía Charo aplaudió, y Reme lloró un poco fingiendo que era por la cebolla aunque no había cebolla, y Cristina y Nando,

que estaban de paso por el pueblo antes de la luna de miel, brindaron desde una mesa con Sole al lado, que seguía sin resolver del todo lo de las sillas de la boda pero que ya se lo tomaba con más humor.

Bajamos la persiana del Ancla al atardecer, con la cala poniéndose rosa detrás y las gaviotas armando su escándalo de siempre.

Bruno tiró de la correa y la persiana bajó con ese ruido de metal viejo que debía de conocer de memoria desde niño, y cuando tocó el suelo se quedó mirándola un segundo, con la mano todavía en la correa.

—El año que viene la vuelvo a subir yo —dijo. No a mí. A la persiana. A su padre, supongo—. En junio.

—En junio —repetí.

Se giró. Me buscó con la mano, esa mano de dedos manchados, y yo se la cogí, y no había nadie mirando para quien actuar, y aun así nos besamos ahí, delante de la persiana bajada, con arena en los zapatos otra vez y el pueblo entero fingiendo no ver,

que es lo único que ese pueblo sabe hacer mejor que cotillear.