El verano que fingimos (Bodas de verano 1) Epílogo
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Epílogo

Tres semanas después, Madrid volvía a oler a colegio nuevo y a otoño impaciente, y en el patio de luces del número 14 seguía habiendo una camiseta gris en el lado de la cuerda que ya nadie se molestaba en discutir de quién era.

Porque al final pasó lo que tenía que pasar, que fue lo más sencillo del mundo y lo que menos veíamos venir: dejamos de cruzar el rellano.

O más bien lo cruzamos tanto que dejó de ser un cruce.

Bruno tiene todavía su piso, con su cafetera buena y sus baldosas horrorosas, pero duerme en el mío, o yo en el suyo, o los dos donde caiga, y hemos llegado al acuerdo civilizado de que su casa es para el café de las mañanas y la mía para todo lo demás,

porque su cama es un potro de tortura y en eso no pienso ceder ni por amor.

El tendedero es de los dos. Cuelgo yo, cuelga él, se mezclan las camisetas con mis sábanas de tres metros y a nadie le importa dónde cae la raya, que resulta que la frontera por la que peleamos ocho meses no existía,

o existía solo para que un día él la cruzara con una camiseta gris y me la dejara ahí, en mi mitad, como quien deja un cepillo de dientes o un corazón.

Un domingo de esos, comiendo en casa de mi madre —que ha pasado en tiempo récord de preguntar «cuándo» a preguntar «cuándo lo de la boda», porque las madres nunca se quedan sin siguiente pregunta—, me sonó el móvil. Charo. Un audio de dos minutos, que la mujer los manda a pares.

«Elena, hija, que os llamo para deciros que ya está, que este año el Ancla ha cerrado la temporada con las cuentas más sanas que le he visto en la vida, y todo porque volvió el niño, que ya se lo he dicho a Reme, ese chiquillo tiene manos de oro para el motor pero para la caja también,

quién lo iba a decir. Y otra cosa. —Una pausa dramática, que la tía Charo hace pausas dramáticas hasta para pedir el pan—. Que mi sobrina Bea, la de Sevilla, la hija de mi hermana, se casa. En junio. Y ya estoy yo pensando dónde, porque en el Ancla no cabe pero cerca hay una finca preciosa,

y tú de bodas ya sabes un rato, hija, que menuda la que montamos con la tuya de mentira, así que cuento contigo para organizar, no te digo más. Un beso a los dos. Y a Bruno que se coma algo, que lo noté flaco.»

Bruno, a mi lado, robándome la mitad del filete como si estuviéramos otra vez en su cocina, levantó una ceja.

—¿Otra boda?

—Otra boda —dije—. Pero de verdad, esta vez. Sin fingir nada.

—Menos mal. Que lo de fingir se me daba fatal.

—Se te daba de maravilla.

—Se me daba bien contigo. Que es distinto.

Le tiré una servilleta a la cara y mi madre nos miró con esa cara de estar ya eligiendo el vestido de madrina, y yo pensé que la vida, cuando por fin te sale bien, tiene la desfachatez de salirte bien en una comida de domingo, entre un filete robado y un audio de la tía Charo, sin banda sonora,

sin atardecer, sin nada más que el ruido normal de la gente que se quiere y no tiene ya que demostrárselo a nadie.

Esa misma tarde quedé con Marta a tomar algo, que hacía semanas que solo la veía de refilón entre mi felicidad y su trabajo. Vino con la energía de siempre, se sentó, pidió un vermú y me puso al día de su vida en el orden habitual, que es sin orden ninguno.

—Ah, y a que no sabes —dijo, ya con el segundo vermú, cuando yo pensaba que la conversación se apagaba—. ¿Te acuerdas de Sole? La wedding planner del pueblo, la de las sillas.

—Cómo no me voy a acordar de Sole.

—Pues la ha liado buena. —Marta se rio, con esa risa suya de quien disfruta las desgracias ajenas siempre que sean pequeñas—.

Resulta que le llevaba las reservas de alojamiento a no sé cuántas bodas a la vez, y se le cruzaron los correos, y ha mandado a media boda a un hotelito de la Costa Brava, uno chiquitito, de esos con encanto, que estaba en obras la mitad del verano.

Total, que cuando llega la gente, resulta que solo quedaba una habitación libre en todo el hotel.

Una. Para dos personas que, por lo visto, no se pueden ni ver.

—No.

—Que sí. Que están las dos allí, la novia y él, digo la organizadora esta y un fotógrafo o un no sé qué, y no hay más sitio, y es agosto, y no hay una cama libre en cien kilómetros a la redonda.

—Marta le dio un trago al vermú, encantada—.

Vamos, un desastre. Menuda la que se va a montar en la Costa Brava este verano.

Y yo, que ya había aprendido lo que pasa cuando dos personas que no se soportan se quedan encerradas en un sitio pequeño con una sola cama de por medio, me quedé mirando mi vaso, con una sonrisa que Marta no supo leer.

—Sí —dije—. Menuda la que se va a montar.

Fuera empezaba a hacer ese fresco de septiembre que anuncia que el verano se ha ido pero que volverá, como vuelve siempre, con su costa y sus bodas y sus líos de sillas y sus camas de más y de menos.

Y pensé que a lo mejor en algún sitio, en algún hotelito con encanto y las obras a medias, había ya dos personas destinadas a odiarse durante doscientas páginas antes de darse cuenta de que no.

Pero esa, como diría la tía Charo, es otra historia. Y ya os la contará quien la viva.

Yo, de momento, tengo un sitio en la cuerda. Y no pienso soltarlo.