El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 9. La boda
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9. La boda

La mañana de la boda amaneció con ese cielo lavado que tiene Cádiz en agosto cuando quiere lucirse, un azul sin una sola nube, como si alguien hubiera pasado un trapo por él de madrugada.

Me desperté antes que el despertador, antes que Bruno, antes incluso que Loli, que en el apartamento de abajo ya trasteaba con la cafetera a las ocho menos cuarto porque, según ella, «el café de boda hay que empezarlo temprano para que no sepa a prisa».

Bruno dormía en el suelo. Se había empeñado la noche anterior, otra vez, con esa cabezonería suya de mártir educado, en dejarme la única cama que tenía el apartamento de Loli y montarse un catre con dos cojines y una manta de ganchillo que picaba solo de mirarla.

Antes de lo del teléfono, antes de que se nos enfriara todo de golpe, yo le habría dicho que no seas tonto, que cabemos los dos, que ya somos mayorcitos.

Ahora lo miré desde la cama, con un brazo cruzado sobre la cara para taparse la luz que entraba por la rendija de la persiana, y no le dije nada.

Me quedé quieta escuchándolo respirar, midiendo los centímetros de suelo que nos separaban como si fueran kilómetros, que en el fondo lo eran.

—Buenos días —dijo él sin destaparse la cara, y supe por la voz que llevaba despierto un rato, igual que yo, fingiendo dormir para no tener que decir buenos días.

—Buenos días.

Y ya está. Dos personas que la semana anterior discutían por un tendedero con más pasión de la que ponían otros en su matrimonio, reducidas a un buenos días de ascensor. Me levanté antes de que la cosa se pusiera peor.

El día se me fue en cosas de chicas, que es como llama la tía Charo a todo lo que implique secador y una plancha del pelo.

Marta me acorraló tres veces esa mañana para que le adelantara cómo iba a ser el vestido de la novia, «con pelos y señales, Elena, que yo de bodas ajenas vivo».

Reme apareció a media mañana con una bandeja de tortas de aceite «por si os entraba la debilidad» y se quedó veinte minutos de más en la puerta, mirando a Bruno como quien mira una foto antigua que no sabe si colgar o guardar en un cajón.

Madre e hijo se hablaban con esa cortesía de aeropuerto que se tenían desde que él llegó, y yo, que ahora entendía por qué, me callé.

Cada uno con su muro. Aquel apartamento parecía un pueblo de fronteras.

Sole, la wedding planner, mandó por el grupo de WhatsApp del pueblo un mensaje en mayúsculas: «CEREMONIA EN LA CALA A LAS OCHO. NI UN MINUTO MÁS TARDE QUE SE NOS VA LA LUZ Y EL FOTÓGRAFO ME MATA».

A las ocho menos cuarto bajábamos Bruno y yo por la cuesta de adoquines hacia la playa, él con una camisa de lino color hueso que le quedaba de una manera que era casi un abuso, yo con el vestido azul que me había comprado pensando en gustarle a Nando hacía un mes y que ahora, curiosamente,

me daba exactamente igual quién mirara.

Íbamos sin tocarnos. Ese era el detalle nuevo, el que dolía.

Durante días habíamos ido pegados, del brazo, de la mano, buscándonos el codo para las fotos y luego, sin fotos, sin darnos cuenta, sin excusa.

Ahora bajábamos separados por medio metro de aire caliente que ninguno se atrevía a cruzar, saludando a la gente del pueblo con una sonrisa cada uno, como dos actores que han terminado la función y no saben qué hacer con las manos.

La cala estaba preciosa, hay que reconocérselo a Sole.

Habían plantado sillas de madera clara en la arena, un pasillo de pétalos que la brisa de poniente se empeñaba en desordenar, un arco de flores silvestres y espigas mirando al mar.

El sol bajaba naranja, gordo, de esos que en Cádiz parece que van a chisporrotear al tocar el agua.

Olía a salitre, a las velas de citronela que habían puesto para las moscas, y muy de fondo, desde El Ancla, a fritanga, porque la tía Charo había insistido en preparar ella los aperitivos «que no voy a dejar que a mi sobrino lo casen con canapés de congelador».

Nos sentamos en la cuarta fila. Bruno me apartó la silla, un gesto automático de tantos días de teatro, y luego, al darse cuenta de que ya no hacía falta teatro para nadie que nos importara, retiró la mano deprisa, como si la silla quemara.

Me senté sola. Él se sentó a mi lado, mirando al frente, con la mandíbula tensa, esa manía suya de apretar los dientes cuando algo le duele y no piensa decirlo.

Y entonces salió Nando.

Lo vi aparecer al principio del pasillo, con su traje azul marino y una flor en la solapa, tan repeinado que daba risa, sudando ya un poco por los nervios, y esperé el pellizco.

Llevaba un mes esperando ese pellizco, la verdad.

Todo aquel plan disparatado, todo el pacto de la servilleta, la mentira que le había contado a media costa gaditana, había nacido de no querer presentarme sola delante de Nando.

De la idea insoportable de que él me viera llegar sin nadie a la boda en la que se casaba con otra.

Había construido una farsa entera sobre el supuesto de que verlo casarse me iba a partir por la mitad.

Y no me partió nada.

Lo miré subir hacia el arco, colocarse, tirarse del puño de la camisa, y sentí…

ternura. Una ternura tibia y lejana, la que se le tiene a una foto del viaje de fin de curso.

Me acordé de cosas buenas, porque las hubo, de que se reía con la boca muy abierta y de que se le daba fatal aparcar y de aquel invierno en que me trajo sopa cuando tuve la gripe.

Y me acordé también de cómo terminó, sin rencor ya, sin la herida abierta, como quien recuerda una casa en la que vivió y en la que ya no vive.

No sentía celos. No sentía pena. No sentía absolutamente nada de lo que había venido preparada a sentir.

Sentí, eso sí, un frío en el costado izquierdo.

Y el frío no tenía nada que ver con Nando.

El frío era Bruno, sentado a treinta centímetros, mirando también hacia el arco, tan lejos de mí como si estuviera en otra provincia.

El pellizco que me había pasado la vida temiendo no vino por el novio.

Vino por el hombre que tenía al lado y al que, un mes atrás, ni siquiera sabía mirar sin ganas de discutir.

Empezó a sonar la música, una guitarra de verdad, un chico del pueblo que tocaba sentado en un taburete, y apareció Cristina del brazo de su padre.

Y aquí Marta habría querido el parte completo, así que doy fe: iba guapísima, de un blanco roto que le sentaba a la piel morena, sin velo, descalza sobre la arena porque los tacones los llevaba en la mano su hermana, y sonreía de una manera que me desarmó igual que me había desarmado el primer día.

Cristina era, para desgracia de cualquier novela que necesitara una mala, encantadora.

No había ninguna otra malvada en esta historia.

Solo había una chica preciosa casándose con un buen chico un poco memo, y yo llorando en la cuarta fila.

Porque lloré. No lo voy a negar. Se me saltaron las lágrimas en cuanto se dijeron el «sí» con la voz temblona, y todo el mundo alrededor pensó, seguro, «mira la ex, cómo lo lleva».

Y no era eso. Lloraba porque acababa de entender, con una claridad que dolía físicamente, que yo también me habría casado descalza en esa arena con la persona equivocada de mi lista y la correcta a treinta centímetros,

y que la correcta se iba a marchar sin que yo supiera cómo decirle que se quedara.

Bruno no me miró llorar. O sí, de reojo, porque le vi el gesto de ir a buscarme la mano, ese arranque de las yemas de los dedos hacia mi rodilla, el gesto de los últimos días, el gesto automático de «estoy aquí».

Y le vi frenarlo. Le vi acordarse, a media zancada, de que ya no teníamos permiso para eso, de que él se creía un favor y yo me creía una coartada y los dos nos habíamos puesto la coraza a la vez.

Cerró la mano sobre su propia rodilla. Me pasó un pañuelo de papel sin decir nada, mirando al frente.

Se lo cogí sin decir nada, mirando al frente.

Un pañuelo. A eso habíamos llegado, a socorrernos como dos desconocidos amables en un autobús.

Cuando Nando besó a Cristina y la cala entera estalló en aplausos y la tía Charo gritó un «¡vivan los novios!»

que se oyó hasta en San Fernando, Bruno se levantó a aplaudir con todos y yo me levanté a aplaudir con todos, y por un instante, con el ruido y los pétalos volando y el sol tocando ya el agua, nuestros hombros se rozaron.

Solo eso. Un roce de hombros de dos personas que aplauden de pie.

Y los dos nos quedamos muy quietos medio segundo de más, como si nos hubiéramos quemado, y luego nos separamos otra vez, cada uno un centímetro hacia su lado, pidiéndonos perdón sin mirarnos por una cosa que ninguno de los dos quería dejar de hacer.

El banquete lo habían montado en la explanada de arriba, junto a El Ancla, con guirnaldas de bombillas que se encendieron cuando cayó la noche y unas mesas largas vestidas de blanco donde la tía Charo desfilaba con fuentes como un general repartiendo condecoraciones.

Habían puesto a Bruno y a mí juntos, claro.

Para todo el mundo éramos la pareja de un año, los novios de mentira que ya nadie recordaba que eran de mentira.

La ironía de acabar sentados codo con codo justo la noche en que menos sabíamos estar juntos.

Comimos. Hablamos. Fuimos, delante de la gente, insoportablemente perfectos.

«¿Le pones un poco más de vino a Elena?»

, «¿Quieres pan, Bruno?», «Está riquísimo el pescado, ¿verdad, cariño?»

. El «cariño» me salió por costumbre y lo vi encajarlo como un golpe, la mandíbula otra vez, la mirada al plato.

Nos pasábamos la sal, nos servíamos agua, nos reíamos de los chistes malos del padrino con un cuarto de segundo de retraso el uno respecto al otro, como una película mal doblada.

Cualquiera que nos mirara de lejos habría visto una pareja estupenda.

De cerca se veían dos personas construyendo un muro con servilletas dobladas y frases de cortesía para no tener que mirarse a los ojos y confesar la verdad.

Y lo peor era el hueco. El hueco de todo lo que ya no hacíamos.

No me buscaba la rodilla por debajo de la mesa.

No me apoyaba la mano en la espalda al levantarme.

No se inclinaba a decirme cosas al oído para hacerme reír en mitad del discurso, como había hecho tres días atrás en la cena, cuando todavía no sabíamos lo que sabíamos.