El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 8. Grieta #2
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8. Grieta #2

Porque pensé: mira qué bien actúa. Mira qué bien lo hace cuando quiere.

Con la madre por teléfono, conmigo, con la señora de los geranios.

Y yo aquí, creyéndome de verdad lo que era atrezo.

Pasamos por delante de El Ancla, que a esa hora tenía las sillas del revés sobre las mesas y a la tía Charo dentro, haciendo cuentas con un lápiz detrás de la oreja.

Nos vio por el cristal. Levantó la mano.

Y luego, con esa manera suya de leerlo todo de una ojeada, la mano se le quedó a medias en el aire, y frunció el ceño, y nos miró a los dos, a la mano muerta, a la distancia rara que llevábamos, y bajó la mano despacio, sin saludar del todo,

como quien de pronto entiende que ha interrumpido algo aunque esté al otro lado de un cristal.

—Habrá que entrar a saludar —dije yo.

—Ahora no —dijo Bruno—. Tenemos lo de las sillas.

Y tiró de mí, de la mano muerta, calle abajo, hacia las sillas de Sole, y yo me dejé arrastrar mirando de reojo cómo la tía Charo nos seguía con la vista desde dentro de su chiringuito recién heredado, con el lápiz quieto detrás de la oreja,

como el único ser humano de toda Caleta Vieja que se estaba enterando de que la función se estaba viniendo abajo entre bastidores.

Lo de las sillas duró una hora larga, y fue el único rato bueno del día, porque Sole nos tuvo tan ocupados con su drama de que si sesenta doradas o cincuenta blancas y diez prestadas que casi se nos olvidó que estábamos enfadados.

Casi. Bruno cargó sillas. Yo conté sillas.

Nos rozamos apilándolas y los dos apartamos la mano a la vez, con el mismo susto, como dos imanes puestos del revés, y ese apartarse simultáneo, ese "perdona" que dijimos a coro y con la misma voz de extraños, me dejó claro que ya no éramos ni siquiera los del principio.

A los del principio, al menos, el roce les daba risa.

De vuelta, en la cuesta que subía a casa de Loli, con el sol ya alto y la camiseta pegada a la espalda y las chicharras dándolo todo en los pinos, fue cuando Bruno habló.

Se paró en seco a media cuesta, con las manos en los bolsillos, mirando el mar que se veía entre dos tejados, un triángulo de mar azul metálico que temblaba de calor.

—Oye —dijo—. Que quería decirte una cosa.

—Dime.

—Que gracias.

—¿Gracias de qué? —el corazón se me puso a hacer tonterías, porque una parte idiota de mí, la que nunca aprende, pensó por un segundo que iba a decir otra cosa, que iba a decir la cosa.

—Por esto. Por venir. Por meterte en el marrón de mi familia sin conocer a nadie.

—hablaba mirando el mar, no a mí—. Sé que para ti esto era...

bueno. Que tú necesitabas lo de la boda de Nando y ya está, que era un intercambio, un favor mutuo, y que yo te he complicado la vida con lo del chiringuito y con mi madre y con todo.

Así que gracias. De verdad. El domingo volvemos y te dejo en paz, que bastante has hecho.

Te dejo en paz.

Ahí estaba otra vez. El domingo. Y su voz, que era una voz cuidada, ensayada, la voz de quien ha estado dándole vueltas a cómo decir algo para que suene bien y no suene a lo que es.

Yo, si hubiera tenido dos dedos de frente, si no llevara toda la vida encogiéndome antes de que me peguen, habría oído lo que había debajo.

Habría oído que un hombre que solo te usa de coartada no se para en mitad de una cuesta a agradecértelo mirando el mar con la garganta apretada.

Pero yo ya tenía mi casa construida. Y la defendí.

—No me tienes que dar las gracias —dije, y me salió la voz más seca de lo que pretendía—. Era un trato. Cada uno saca lo suyo. Tú vuelves a tu pueblo, yo no quedo como la pringada delante de mi ex. Negocio redondo. El domingo, como si nada.

Como si nada. Le devolví su propia frase sin saber que era suya, y vi cómo algo se le apagaba en la cara, un interruptor, clic, y supe —esto sí lo supe— que acababa de hacerle daño, aunque no entendía con qué, aunque yo creía que la que iba con la herida era yo.

—Claro —dijo él—. Como si nada.

Y siguió subiendo la cuesta, y yo detrás, y las chicharras seguían, insoportables, frotándose las alas en los pinos con un ruido que era exactamente el ruido que yo tenía dentro de la cabeza.

Lo que yo no sabía —y no lo supe hasta mucho después, hasta que fue la tía Charo quien me juntó las dos mitades una tarde en la barra de El Ancla, con la paciencia con que se le explica algo a una criatura tonta— era lo que Bruno estaba oyendo cada vez que yo decía "trato" y "favor" y "como si

nada".

Que él había subido a la azotea el día anterior con los bañadores al hombro y me había pillado por la escalera del eco diciéndole a Marta, en el tono más convencido del mundo, que yo lo único que necesitaba era un novio de mentira para no quedar mal.

Y que él, que llevaba desde el entierro de su padre sin dejar entrar a nadie, que me había enseñado la barra a oscuras y la foto en el jersey y el sitio donde su padre apoyaba el codo, se había quedado en aquella escalera con los bañadores mojados goteándole en el brazo,

entendiendo —con la misma limpieza ofensiva con que yo entendí lo suyo— que él nunca había sido para mí más que un recurso.

Un vecino útil. Un tipo con coche y con buena planta al que se le pide un favor para una boda y se le devuelve al rellano cuando ya no hace falta.

Los dos, cada uno en su escalera, oyendo media verdad y rellenando la otra media con lo peor que teníamos guardado.

Porque esa es la trampa, y lo sé ahora, aunque entonces no: yo no mentí a Marta.

Bruno no mintió a su madre. Todo lo que dijimos era verdad, verdad literal, verdad de contrato firmado con cuatro reglas en una servilleta.

"Necesitaba un novio de mentira para no quedar mal" era exactamente lo que había necesitado hacía dos semanas.

"Esto se acaba el domingo" era exactamente lo que ponía en el pacto.

No había una sola palabra falsa en ninguna de las dos frases.

Lo falso era el trozo que faltaba. Lo falso era todo lo que había pasado entre la servilleta y esa cuesta, todo lo que ninguno de los dos habíamos apuntado en ninguna parte porque no cabía en una regla,

todo lo que había ido creciendo por debajo mientras nosotros seguíamos recitando el guion viejo como loros.

Yo defendía el trato para no confesar que ya no me valía.

Él anunciaba el final para no suplicar que no llegara.

Y cada uno, al oír al otro repetir la letra pequeña, se creyó lo que más miedo le daba: que para el otro no había nunca habido letra grande.

Llegamos a casa de Loli sin hablar. Bruno se metió en la ducha.

Yo salí a la galería, al tendedero, a lo de siempre, y me apoyé en la barandilla caliente y me quedé mirando los bañadores que él había tendido el día anterior, ya secos, tiesos de sal, meciéndose un poco con la brisa de Poniente que empezaba a entrar y a aliviar el bochorno.

El suyo y el mío, colgados juntos en la misma cuerda, sin que esta vez ninguno de los dos hubiera invadido la mitad del otro.

Cada uno en su sitio. Muy ordenados. Muy educados.

Y pensé, con una ironía que no me hizo ninguna gracia, que en dos semanas habíamos hecho el viaje al revés que todo el mundo: habíamos empezado peleándonos por una cuerda de tender y estábamos terminando por respetarla escrupulosamente, cada bañador en su lado, sin rozarse, y que aquello,

aquel respeto de golpe, era la cosa más triste que había visto en mucho tiempo.

Abajo, en el pueblo, empezaban a montar algo para la verbena de la víspera de la boda: se oía el chirrido de un tráiler, alguien probando un altavoz con ese "sí, sí, probando, uno, dos" que suena igual en toda la costa de España, un martilleo.

La vida preparándose para una fiesta a la que yo iba a tener que ir del brazo de un hombre que ya me había dicho, sin que yo supiera oírlo, que me quería, mientras yo le decía, sin que él supiera oírlo, que también.

Faltaba un día. En un día cabía la verbena, la boda, y todo lo que no estábamos diciendo, que a esas alturas ya era tanto que no sé cómo cabíamos nosotros en la misma casa.

El agua del mar subió, allá abajo, tapó las rocas, se retiró.

Se llevó otro poco de arena de algún sitio.

Y yo me quedé en la galería mirando dos bañadores secarse al viento, cada uno en su mitad de la cuerda, pensando que a lo mejor lo del tendedero nunca había ido de las bragas de flores.

Que a lo mejor, desde el primer día, lo del tendedero había ido de esto: de dos personas discutiendo por un palmo de cuerda porque era la única manera que sabían de estar cerca sin tener que decirlo.

Y ahora ya ni eso.

Oí el agua de la ducha cerrarse. Oí a Bruno moverse por el cuarto.

Y no me giré. Me quedé de espaldas, mirando el mar, agarrada a la barandilla caliente como quien se agarra a una barandilla, dándole tiempo a que se vistiera, dándonos tiempo a los dos a volver a ponernos la cara de "perfecto, ¿por?"

antes de tener que bajar juntos, otra vez, a fingir delante de todo el pueblo que éramos exactamente lo que, sin saberlo, sin decírnoslo, contra todo el sentido común y contra las cuatro reglas de la servilleta, ya habíamos empezado a ser de verdad.

Faltaba un día. Y yo, otra vez, no me daba tiempo a ponerme a salvo. Solo que esta vez no era del sábado de lo que había que salvarse. Era de haber aprendido, demasiado tarde y del peor modo, que se puede perder una cosa precisamente por defenderla como si no la quisieras.