El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 8. Grieta
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8. Grieta

Hay una hora, en agosto, en que la casa de Loli se quedaba tan quieta que se oía el mar como se oye un frigorífico: un ruido de fondo que solo notas cuando todo lo demás calla.

Eran las cinco y pico de la tarde, esa siesta forzosa de después de la playa, cuando el cuerpo pesa como si te hubieran rellenado de arena mojada y la persiana echada pinta la habitación de un color de melón pasado.

Yo había subido a por el cargador. Nada más.

Iba descalza porque en aquella casa todo el mundo iba descalzo, y el gres estaba fresco bajo los pies, y por eso, supongo, no hice ruido. Por eso oí a Bruno antes de verlo.

Estaba en la galería, de espaldas, con el móvil pegado a la oreja y el codo apoyado en el tendedero.

Precisamente en el tendedero, el maldito tendedero, que a mil kilómetros de nuestro rellano seguía siendo el sitio donde nos encontrábamos sin querer.

Tenía la voz baja, esa voz de cuando uno no quiere que le oigan, que es justo la que hace que le oigas mejor porque te obliga a afinar.

—Que sí, mamá. Que ya lo sé.

Me quedé en el marco de la puerta con el cargador en la mano, como una tonta, sin decidir si entrar o irme. Un segundo de más. Ese fue mi error, el de siempre: quedarme un segundo de más en los sitios donde no me habían llamado.

—No, no le voy a decir nada ahora. ¿Para qué? —una pausa. Reme hablaba y él escuchaba con la mandíbula apretada, se le marcaba desde donde yo estaba—. Mamá. Mamá, escúchame. Esto se acaba el domingo, ¿vale? El domingo se acaba y ya está. No hay que darle más vueltas.

El frigorífico del mar. El ventilador de arriba, que giraba mordiendo el aire con un chirrido cada tres vueltas. Mi propia respiración, que se me había puesto rara.

—Que no, que lo tengo controlado —siguió él, y se pasó la mano por la nuca, un gesto suyo de cuando mentía o de cuando decía una verdad que le costaba, y en ese momento yo no supe distinguir cuál—. El domingo cogemos el coche y se acabó. Como si no hubiera pasado nada.

Como si no hubiera pasado nada.

No oí más. O sí oí más, pero ya daba igual, porque mi cabeza había hecho lo que hace siempre mi cabeza, que es coger cuatro palabras sueltas y construirles una casa entera alrededor, con su tejado y su hipoteca.

Esto se acaba el domingo. Se acaba y ya está.

Como si no hubiera pasado nada. Y de repente todo cuadraba con una limpieza casi ofensiva, la limpieza con que cuadran las cosas cuando ya estabas medio esperándolas: Bruno no había vuelto por mí, claro que no, ¿cómo iba a volver por mí.

Bruno había vuelto por ellos. Por la madre, por el chiringuito, por el pueblo que había dejado de pisar desde el entierro de su padre.

Yo era la excusa. Yo era la coartada perfecta que le permitía aparecer en Caleta Vieja sin tener que admitir que quería aparecer.

La foto en el jersey, la barra a oscuras, todo lo que me había parecido intimidad de verdad era en realidad un hombre usando el fin de semana —usándome a mí de paso, de vehículo, de billete de vuelta— para reconciliarse con su familia sin quedar como el hijo que cede.

El domingo se acaba. El domingo me devuelve al rellano, a nuestra mitad de la cuerda, a discutir por unas bragas de flores, y él se quedará con lo que de verdad había venido a buscar, que no era yo.

Me retiré despacio, pisando con el canto del pie como cuando eras pequeña y no querías que tus padres supieran que seguías despierta. Bajé las escaleras. Me senté en el último escalón, en el fresco, con el cargador todavía en la mano y sin recordar ya para qué lo quería.

Lo peor no fue pensarlo. Lo peor fue lo poco que me sorprendió pensarlo.

Como si una parte de mí, la parte antigua, la que lleva desde lo de Nando montando guardia por si acaso, hubiera estado todo el rato esperando esta prueba para poder decirme: ¿ves?

Te lo dije. Nunca es lo que parece. Y esa parte tenía ahora una voz insoportablemente tranquila, casi cariñosa, la voz de quien te consuela mientras te clava el dedo en la herida.

—¿Elena? —Marta, al teléfono, cuando la llamé quince minutos después desde la azotea, entre las sábanas de Loli que olían a suavizante y a sal—. ¿Qué pasa, que se te oye media persona nada más?

—Nada. Que estoy cansada de la playa.

—Ya. Y yo soy la reina Letizia. Cuenta.

Y se lo conté. No todo, porque a Marta nunca se lo cuentas todo de golpe, se lo vas dando como quien echa migas a las palomas, para que se acerque.

Le conté lo del beso del día anterior, que no le había contado.

Le conté lo de la barra a oscuras. Le conté, con una voz que yo misma oía subir de tono sin poder frenarla, lo de la llamada.

—A ver, para el carro —dijo Marta—. ¿Tú te estás oyendo? Te has enamorado.

—No me he enamorado.

—Elena.

—No me he enamorado, Marta, que esto era un trato.

Que yo lo único que necesitaba era un novio de mentira para no plantarme sola en la boda de Nando y que la Reme y toda Caleta Vieja no me mirasen con esa carita de pobrecita.

Eso era todo. Un novio de mentira para no quedar mal.

Punto. No me montes tú ahora la película que me estoy montando yo sola, que ya tengo bastante.

Lo dije rápido y lo dije alto, más de lo que quería, con esa rabia que uno le pone a las frases justo cuando son mentira.

Porque era mentira. O era verdad de hace dos semanas, que a veces es lo mismo que una mentira dicha hoy.

Lo dije para taparle la boca a Marta y para taparme la boca a mí, para no tener que reconocer en voz alta, en una azotea de Cádiz con el sol cayendo del lado de Poniente, que me había pasado exactamente lo que juré que no me iba a volver a pasar.

Colgué a Marta con un "luego te llamo" y me quedé un rato mirando cómo el pueblo se iba poniendo naranja.

Y solo cuando bajé, cuando pasé por delante del cuartito donde guardaban los cubos de la fregona y las cañas de pescar de Loli, que nunca había visto, caí en la cuenta de que la puerta de la azotea daba a esa escalera.

Y de que la escalera tenía eco. Y de que, mientras yo despachaba a Marta con mi frase de "un novio de mentira para no quedar mal", Bruno subía por ella con una toalla al hombro para tender los bañadores.

No lo supe entonces. Lo supe después, cuando ya no había forma de arreglarlo con una explicación de dos líneas, que es como pasan siempre estas cosas: primero ocurre el daño y luego, con mucho retraso, te llega la factura de cómo ocurrió.

Lo que sí noté, esa misma noche, fue que algo se había roto sin ruido. Como se rompe una copa dentro de un trapo: no la oyes, pero cuando lo abres están los pedazos.

Cenamos en la casa, los cuatro —Loli nos había dejado un guiso de la abuela y una advertencia de que no le tocáramos la vitrocerámica que tenía sus mañas—, y Bruno estuvo raro.

Educado. Esa fue la palabra que me vino, y me dio un escalofrío, porque Bruno conmigo nunca había sido educado, Bruno conmigo era otra cosa, era pullas y era café frío y era el tendedero, y de golpe me estaba pasando la sal antes de que se la pidiera y me decía "gracias" cuando le acercaba el pan,

con una cortesía de dentista que me puso el estómago del revés.

—¿Estás bien? —le pregunté cuando recogíamos, con las manos metidas en el mismo fregadero, los dedos rozándose bajo el agua tibia y grasienta.

—Perfecto —dijo—. ¿Por?

—Por nada.

—Pues eso.

Y siguió frotando un plato que ya estaba limpio, con una concentración de cirujano, mirando el plato como si en el plato estuviera escrito lo que ninguno de los dos íbamos a decir. Yo cerré el grifo. El silencio, sin el agua, se quedó enorme.

Porque yo también estaba educada. Yo también le pasaba la sal.

Habíamos entrado, sin ponernos de acuerdo, en esa cortesía espantosa de las parejas que ya no lo son y todavía no lo saben decir, y lo peor de todo, lo verdaderamente cruel del asunto, era que nosotros ni siquiera éramos pareja.

Éramos dos actores a los que les habían dado la noche libre y no sabían qué hacer con las manos.

Esa noche dormimos en la única cama, como las noches anteriores, pero no como las noches anteriores.

Las noches anteriores habíamos negociado el centro con la boca pequeña, habíamos discutido en susurros de quién era la culpa de la sábana, nos habíamos despertado con un brazo donde no tocaba y habíamos fingido no darnos cuenta.

Esa noche cada uno se agarró a su borde del colchón como el que se agarra a una barandilla, y entre nuestras dos espaldas había una franja de sábana fría, un país entero de sábana fría, y yo me pasé no sé cuánto tiempo con los ojos abiertos en la oscuridad escuchando el mar, que seguía con lo suyo,

comiéndose la playa a lengüetazos, sin ninguna prisa, con esa paciencia de agua que sabe que al final siempre gana.

—Bruno —dije en algún momento, muy bajito, por si estaba dormido y por si no.

No contestó. Respiraba despacio, demasiado despacio, con la respiración vigilada del que también finge. Los dos fingiendo dormir, cada uno en su orilla, y en medio el plazo, el domingo, la frase, la casa entera que yo le había construido a cuatro palabras oídas por casualidad.

A la mañana siguiente fue peor, porque a la mañana siguiente hubo sol y hubo desayuno y hubo que salir a la calle a seguir siendo, delante de todo el mundo, Elena-y-Bruno, la parejita,

el año que llevábamos juntos que yo misma me había inventado en la cena de bienvenida y que ahora me pesaba como una maleta llena de piedras.

Bajamos al pueblo a hacer no sé qué recado de la boda, algo de las sillas de Sole que seguían siendo una tragedia nacional, y por la calle íbamos de la mano porque tocaba ir de la mano, pero era una mano muerta, la suya en la mía como un pez recién pescado,

y a mí se me hacía un nudo cada vez que nos cruzábamos con alguien que nos sonreía como se le sonríe a los enamorados.

—Qué majos, los tortolitos —nos dijo una señora desde un balcón, con la manguera en la mano, regando unos geranios que olían a tierra mojada y a domingo aunque fuera viernes.

Bruno le devolvió la sonrisa. Una sonrisa perfecta, de anuncio.

Y a mí, no sé por qué, esa sonrisa suya tan bien hecha para la galería me dolió más que si me hubiera soltado la mano en mitad de la calle.