7. Casi nos pillan #2
Y sé distinguir. —Se giró y me miró de frente—.
Lo tuyo con el Bruno es teatro. Lo sé desde que os vi bajar del coche discutiendo por quién había cerrado mal la puerta.
Los novios de verdad no discuten por eso.
Los novios de verdad ya han hecho las paces con las puertas.
Se me secó la boca. Pensé en negarlo, medí durante medio segundo la posibilidad de montar una defensa, y luego miré la cara de aquella mujer y comprendí que habría sido como mentirle al médico.
—¿Lo sabe alguien más? —conseguí decir.
—Que yo sepa, no. Tu amiga la del pito, esa lo sabe, pero porque es tuya, se le ve.
Los demás no. Reme… —chasqueó la lengua—.
Reme está tan ocupada con lo suyo que no ve tres en un burro.
Y Nando, hija, Nando está pensando en su boda, que los novios el día antes solo piensan en ellos, es ley de vida.
Solté el aire que llevaba conteniendo sin darme cuenta.
—No vamos a hacer daño a nadie —dije, y me salió más de súplica que de afirmación—. Te lo juro, Charo. Elena solo quería no venir sola a la boda del ex y yo… nosotros… —me lié con los pronombres, con el nosotros que ya no sabía si era de mentira—. No hay mala intención.
—Ya lo sé. —Se acercó, me quitó la lata de las manos, la abrió ella con un golpe seco porque yo no había sido capaz, y me la devolvió—.
Y por eso me da igual. Óyeme bien, que esto es lo único que te voy a decir y luego no vuelvo a sacar el tema en la vida: a mí lo que hagáis me trae sin cuidado, mientras nadie sufra.
¿Me entiendes? Mientras al final de todo este lío nadie salga de aquí con el corazón hecho un cristo.
Fingid lo que queráis. Pero ándate con ojo, reina, porque a veces el teatro se le mete a una dentro sin avisar, y cuando quieres darte cuenta ya no sabes qué frase era del papel y cuál era tuya.
Me quedé mirándola. Ella sostuvo la mirada un segundo más, con una ternura que no encajaba con lo bruto de su voz, y luego, como si hubiera dicho demasiado y le diera vergüenza, se sacudió el delantal y cambió de cara.
—Bueno. Que se me quema el aceite. —Y ya se iba cuando se giró en el último momento y añadió, más bajo—: Se parece a su padre en lo de callarse las cosas importantes. No dejes que se calle esta.
Y desapareció detrás de la barra dejándome ahí, sentada en una caja de refrescos, con la lata sudándome en la mano y la cabeza dándome vueltas más rápido que el ventilador del techo.
No tuve tiempo de digerirlo. Porque justo entonces, mientras yo intentaba recomponer la cara de persona que no acaba de recibir una lección de vida entre cajas de Fanta, apareció Bruno por el hueco de la barra buscando no sé qué, un abridor, hielo, la excusa se me olvidó enseguida, y detrás de él,
a menos de diez metros, venían Nando y Cristina y la prima de los niños, los tres charlando, los tres acercándose a esa esquina en la que yo estaba sentada a solas con la cara de acabar de confesar un crimen.
—Están viniendo —dije, tonta, como si él no los estuviera oyendo.
Bruno miró por encima del hombro. Los vio.
Vio a Nando, sobre todo, a Nando con su sonrisa de novio feliz preguntando en voz alta que dónde se habían metido los tortolitos, y yo vi pasar por la cara de Bruno, en una fracción de segundo, ese cálculo rápido que hacemos todos cuando algo nos va a pillar y buscamos a la desesperada una tapadera.
Y encontró una.
—Perdona —dijo. Y no sé si me lo dijo a mí o se lo dijo a sí mismo.
Me puso una mano en la mejilla —la palma áspera, tibia, con arena todavía pegada—, se inclinó y me besó.
Fue, en teoría, para disimular. Fue, en teoría, parte del numerito.
Éramos una pareja pillada en un rincón, en la sombra, robándose un momento a solas antes de que los interrumpieran, y no hay nada más creíble que eso, nada que desactive mejor una sospecha que la imagen de dos que no pueden esperarse.
En teoría era la jugada perfecta. En teoría.
Lo que pasa es que no lo sentí en teoría.
Lo sentí en la boca del estómago, primero, como cuando el coche coge un badén demasiado rápido.
Lo sentí en las manos, que se me fueron solas al pecho de él, a la camiseta con sal, no para apartarlo sino para sujetarme de algo.
Lo sentí en que él, que había empezado el beso con la prisa del que ejecuta un plan, se demoró medio segundo de más, un medio segundo que no venía en ningún guion, un medio segundo en el que dejó de ser un movimiento defensivo y pasó a ser otra cosa que ninguno de los dos había autorizado.
Su mano en mi mejilla se abrió un poco más, los dedos rozándome la oreja, el pulgar quieto en el pómulo.
Sabía a cerveza y a sol. Yo cerré los ojos, y ese fue mi error, porque al cerrar los ojos ya no había público delante de quien fingir, ya no había Nando ni Cristina ni excusa, solo estábamos él y yo en la sombra fresca oliendo a lejía y a mar, y el beso ya no defendía nada.
El beso se había quedado solo, sin coartada, siendo únicamente lo que era.
Se oyó la voz de Nando muy cerca:
—¡Ea, dejadlo ya, que hay niños!
Y risas. Y nos separamos.
Nos separamos con esa brusquedad de los actores a los que cae el telón de golpe.
Bruno dio medio paso atrás. Yo bajé las manos del pecho de él como si me hubiera dado cuenta tarde de que las tenía ahí.
Se me había quedado la respiración corta y el corazón me iba a una velocidad que no tenía nada que ver con el sol, y me giré hacia Nando y le solté algo, una broma, no recuerdo cuál, una tontería para tapar, y Nando se rió y Cristina dijo «qué mal,
os hemos cortado el rollo» con toda la buena fe del mundo, sin saber que lo que habían cortado era exactamente lo contrario de un rollo, era el momento en que dos personas descubren algo que no querían descubrir delante de tres testigos y un chiringuito.
Bruno cogió el hielo o el abridor o lo que fuera que había venido a buscar.
Se le habían puesto rojas las orejas. A un hombre de metro noventa que juega a las palas como si le fuera la vida no se le ponen rojas las orejas por un beso de mentira.
Yo lo vi, y él vio que yo lo veía, y ahí fue donde el asunto se torció del todo, porque en lugar de decir algo —cualquier cosa, «buen trabajo», «casi nos pillan», «qué bien lo hemos hecho», cualquiera de las frases con las que llevábamos dos días desactivando lo que nos pasaba—, no dijo nada.
Nada.
Cogió su hielo y salió de detrás de la barra hacia la mesa, y yo salí un minuto después por el otro lado, y nos reincorporamos al grupo cada uno por su cuenta, como dos que no acaban de estar juntos en una sombra, y durante toda la tarde no volvimos a hablar de ello.
Ni una vez. Ni una broma. Ni un «oye, lo de antes».
Habíamos comentado todo lo demás hasta desgastarlo: el ensayo del abrazo lo comentamos, las reglas del pacto las comentamos, cada roce lo habíamos convertido en chiste para quitarle hierro.
Esto no. Esto se quedó ahí, sin comentar, y por eso pesaba como pesan las cosas que uno no nombra: el doble.
La tarde cayó despacio, como caen las tardes de agosto en la costa, con esa pereza dorada en la que el sol tarda una eternidad en decidirse a bajar.
Volvimos al agua. Los niños montaron una guerra en el flamenco hinchable.
Marta ganó su torneo de palas contra rivales que ya no recordaban que existía un torneo.
La tía Charo cerró el chiringuito hasta la noche y subió al pueblo con su bandeja vacía.
Y en algún momento, hacia las siete, me senté sola en la orilla con los pies en el agua, dejando que las olas pequeñas me subieran hasta los tobillos y se retiraran dejándome los pies fríos, esa sensación de que el suelo se te va sin irte tú.
Bruno se sentó a mi lado. No dijo nada. Se sentó, sin más, con los antebrazos sobre las rodillas, mirando el mismo horizonte que yo, y la ola que subió nos mojó los pies a los dos a la vez y él tampoco lo comentó.
Estuvimos así un rato largo. Yo pensaba en lo que me había dicho Charo, en eso de que a veces el teatro se te mete dentro y ya no distingues la frase del papel de la tuya, y me pregunté cuál de las dos había sido el beso, y no supe contestarme, y sospeché que él tampoco sabría,
y que precisamente por eso ninguno preguntaba.
—El sábado —dije al final, sin venir a cuento, solo por poner algo entre nosotros y el silencio.
—El sábado —repitió él.
Y no hizo falta explicar qué pasaba el sábado.
El sábado era la boda. El sábado era el final del pacto, el punto en el que cada uno recogía sus cosas y volvía a su piso y a su tendedero y a su vida de fingir que la tenía resuelta.
El sábado era la fecha que habíamos escrito nosotros mismos en el contrato, la línea de meta, y de pronto, con los pies mojados y el sol poniéndose y la marca de un beso que ninguno pensaba mencionar todavía tibia en la boca,
el sábado había dejado de parecer una liberación para empezar a parecer otra cosa. Una amenaza, casi. Un plazo.
—Faltan dos días —dijo Bruno, y en dos días cabía todo lo que no estábamos diciendo.
Una ola subió, nos mojó, se retiró. Se llevó un poco más de arena de debajo de mis talones.
Y yo me quedé mirando cómo el mar, sin ninguna prisa, iba deshaciendo el sitio donde yo tenía apoyados los pies, con esa paciencia suya de agua que sabe que al final siempre gana, y pensé que a mí me estaba pasando exactamente lo mismo por dentro, y que no me daba tiempo, otra vez,
no me daba tiempo a ponerme a salvo antes del sábado.
Ni queriendo.