7. Casi nos pillan
La playa de Caleta Vieja a las once de la mañana era un campo de batalla de sombrillas.
Habíamos bajado en caravana desde el pueblo, cargados como mulas, con las neveras rozando el suelo y Marta insistiendo en que ella sabía el sitio bueno, el de la sombra de la roca,
aunque llevaba doce años sin pisar aquella cala y el sitio bueno resultó estar ocupado desde el amanecer por una familia de Jerez con toldo, mesa plegable y una radio puesta.
—Pues nos ponemos aquí —dijo Marta, plantando la sombrilla tres metros más allá, en pleno sol, con la dignidad de quien no piensa admitir que se ha equivocado.
Yo extendí la toalla y me senté antes de que nadie me diera otra orden.
Bruno se dejó caer a mi lado con esa manera suya de sentarse, como si el cuerpo le pesara de golpe, y por un segundo el hombro de él quedó contra el mío.
No lo apartó. Yo tampoco. Y esa era, más o menos, la clase de detalle que llevaba desde la noche anterior descolocándome: que el contacto ya no me pedía permiso, que había dejado de ser una cosa que ensayábamos para las fotos y se había convertido en una cosa que pasaba, sin más,
mientras yo miraba el mar.
El mar, por cierto, estaba de un azul que ofendía. Un azul de postal, de anuncio de compresas, un azul que en agosto se da por descontado y que solo aprecias de verdad cuando llevas once meses en un piso interior discutiendo con tu vecino por un tendedero.
—Toma —dijo Bruno, y me pasó una lata de cerveza que había sacado de la nevera de Loli, todavía sudando frío—. Que te veo filosófica.
—Estoy admirando el paisaje.
—Estás pensando. Se te nota porque frunces esto —y me tocó, con la yema del dedo, el espacio entre las cejas, apenas un roce, y luego retiró la mano como si se hubiera dado cuenta a mitad de camino de que aquello no venía en el manual.
Ninguno dijo nada. Abrí la lata para tener algo que hacer con las manos.
El grupo se fue armando a lo largo de la mañana igual que se arma un guiso, echando cosas poco a poco.
Primero llegó Nando con Cristina, los dos con esa piel de gimnasio de invierno que se pela en agosto, y Cristina me saludó con un abrazo tan sincero que me dieron ganas de pedirle perdón por adelantado por todas las cosas malas que había intentado pensar de ella y no había conseguido.
Luego apareció la prima de Nando con los niños, dos criaturas que corrían hacia la orilla como si el agua fuera a agotarse.
Después, un par de amigos del novio cuyos nombres no retuve, uno de ellos con un flotador de flamenco hinchable que trajo en el coche por motivos que no supo explicar.
Y a media mañana, cuando ya el sol pegaba de arriba y la arena quemaba al pisarla descalzo, bajó la tía Charo desde El Ancla con una bandeja de rebozados envuelta en papel de aluminio, gritando desde lejos que quién le echaba una mano con esto antes de que se enfriara.
—Voy yo —dije, más por escapar de Marta, que había empezado a organizar un torneo de palas con la vehemencia de una entrenadora olímpica, que por otra cosa.
—No, tú te quedas —me cortó Charo, ya llegando—. Ya subo yo con lo mío. Tú a lo tuyo. —Y me miró de una manera que en aquel momento no supe leer y que luego, a lo largo del día, iría entendiendo despacio, como se entienden ciertas frases: con retraso.
El torneo de palas fue una masacre.
No por lo reñido, sino por lo desastroso.
Marta emparejó a la gente con un sistema que solo ella comprendía y que terminó poniéndome a mí con Bruno contra Nando y uno de los amigos del novio, el del flamenco.
La pelota de goma iba de un lado a otro con más suerte que técnica, y a la tercera jugada quedó claro que Bruno jugaba a las palas como quien defiende algo personal: se lanzaba a por bolas imposibles, aterrizaba en la arena,
se levantaba escupiendo salitre y volvía a ponerse en guardia con una concentración de finalista.
—No hace falta que te partas la crisma —le dije, entre risas, cuando se estampó por cuarta vez.
—Es que ese —y señaló a Nando con la pala— tenía el récord de la cala. De crío. Se pasó tres veranos recordándomelo.
—¿Y por eso te tiras de cabeza a la arena?
—Por eso me tiro de cabeza a la arena.
Gané yo el punto siguiente, de pura chiripa, con un raquetazo que salió torcido y que a Nando le pilló a contrapié.
Bruno soltó un rugido de victoria absolutamente desproporcionado, me levantó del suelo de un abrazo y me dio media vuelta en el aire antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Yo aterricé con los pies en la arena caliente y las manos todavía apoyadas en sus hombros y él todavía sujetándome por la cintura, y durante un instante que duró exactamente lo que dura un instante nadie a nuestro alrededor existió, ni el flamenco hinchable, ni Marta pitando faltas inventadas,
ni el mar.
—Bien fingido —murmuró él, muy bajo, para que solo lo oyera yo.
—¿El qué?
—El abrazo. Casi cuela hasta a mí.
—Ya. —Me solté con más torpeza de la que habría querido—. Se me da bien.
Fuimos a comer a El Ancla porque a la una el sol ya no era una opción, era una condena.
El chiringuito de la tía Charo, con su tejado de cañizo y sus mesas de plástico que cojeaban todas del mismo lado, era exactamente el tipo de sitio que en las fotos de Instagram sale precioso y en persona huele a fritanga, a crema solar y a lejía del suelo recién fregado,
y que precisamente por eso es de verdad.
Nos sentamos catorce personas en una mesa pensada para ocho, con las sillas robadas de otras mesas —la crisis de las sillas de Sole, comprendí, tenía raíces históricas—, y comimos tortillitas de camarones y pescaíto y ensaladilla con esa hambre bruta que da el mar,
esa que no se parece a ninguna otra hambre.
Bruno se quedó callado cuando entramos. Poca gente lo notó, supongo.
Yo sí. Le vi pasar la mano por el canto de la barra al cruzar, un gesto de un segundo, la palma abierta rozando la madera igual que la noche anterior, a oscuras, cuando me había enseñado dónde apoyaba el codo su padre.
La tía Charo, que iba y venía con las bandejas hecha un torbellino, también lo notó.
Se detuvo un momento detrás de él, le puso una mano en la nuca, se la apretó, y siguió andando sin decir nada.
Y yo pensé que hay familias que se lo dicen todo a gritos y familias que se lo dicen todo así, con una mano en la nuca al pasar, y que la de Bruno era de las segundas aunque su madre pareciera de las primeras.
De su madre, por cierto, ni rastro en la playa. Reme no era mujer de arena. «Yo el mar lo veo mejor desde la ventana», había sentenciado el día anterior, y en esa frase cabía, ahora empezaba a sospecharlo, algo más que pereza.
Después de comer vino la modorra. La gente se desparramó por la sombra del cañizo, alguno se quedó dormido con la boca abierta, los niños volvieron al agua con la energía renovada e injusta de los niños, y en algún momento Cristina, que resultó ser de las que no paran quietas,
propuso una foto de grupo.
—Antes de que os quedéis todos fritos. ¡Va, que quiero una de todos! Sole, ¿tú tienes buen pulso?
Sole, la wedding planner, que llevaba dos días al borde del colapso por culpa de un catering que no confirmaba y unas luces de verbena que se caían solas, cogió el móvil con la cara de quien acepta una tarea más solo porque discutir sería más cansado.
Nos fue colocando. Y aquí es donde el día decidió complicarse, porque colocar a catorce personas en un encuadre implica, inevitablemente, apretar.
—Los altos detrás. Bruno, tú detrás. Elena, tú delante de Bruno. Más juntos. Más. Que no sois primos.
Alguien se rió. Yo noté cómo Bruno se colocaba a mi espalda, cómo su pecho quedaba contra mis omóplatos, y luego cómo sus brazos me rodeaban por delante, cruzándome sobre la clavícula,
porque Sole se lo había pedido con un gesto y él había obedecido con una naturalidad que me puso los pelos de punta.
Olía a sal y a sol y a algo debajo que era solo él, y su barbilla quedó apoyada un momento en mi coronilla, y su respiración me llegaba a la nuca, y yo tuve que sonreír a la cámara de Sole con toda la mentira que fui capaz de reunir mientras por dentro se me caía el chiringuito encima.
—Qué monos —dijo Cristina.
—Guapísimos —dijo Marta, que sabía la verdad y disfrutaba de ella como una cerda en un charco.
—Otra por si acaso —dijo Sole—. Estabais bien. No os mováis.
No nos movimos. Sacó tres más. Y en cada una de las tres, Bruno me apretó un poco menos flojo, o yo me apoyé un poco más hacia atrás, no sabría decir de quién partió, y para cuando Sole dio el visto bueno y la gente se disolvió otra vez hacia la sombra,
yo tenía la marca de sus brazos en la piel como se te queda la marca de la costura de la toalla cuando te levantas de la siesta.
—Ha quedado bien —dijo Bruno, soltándome. Su voz sonaba rara. Rasposa.
—Sí —dije yo—. Muy creíble.
Empezábamos a usar esa palabra demasiado. Creíble. Como quien se agarra a un pasamanos.
Fui a buscar agua a la nevera que Charo tenía detrás de la barra, más que nada para respirar sola un minuto, y la tía Charo me siguió con una excusa de las suyas —«a ver si vas a coger la del sol, mujer,
coge la de la nevera de abajo»— y así fue como me encontré con ella en el hueco entre la barra y la pared, ese trocito de sombra fresca que huele a cerveza derramada y a cajas de cartón, lejos de todos, con una lata de agua en la mano y la tía Charo mirándome con media sonrisa.
—Anda, siéntate un segundo, que te vas a derretir.
Me senté en una caja de refrescos vuelta del revés. Ella se apoyó en la nevera, se secó las manos en el delantal, y se quedó un momento mirando hacia fuera, hacia la mesa donde su sobrino recogía platos con Cristina, hacia el mar que a esa hora estaba tan blanco de luz que dolía.
—Yo a ti te conocí ayer —dijo por fin—. Y llevo desde ayer mirándote.
—Charo…
—Déjame acabar, reina. —Lo dijo sin dureza, con esa autoridad de las mujeres que han servido cañas cuarenta años y ya no le tienen miedo a ninguna conversación—.
Yo he visto pasar por esa barra a mucha gente enamorada.
Y a mucha gente que fingía estarlo, que también, no te creas, que aquí se han sentado más paripés que en una notaría.