6. Detrás de la barra #3
tengo lo que sea que tengo. No hay ni un solo motivo razonable para que me importe lo que pase con este chiringuito.
Y sin embargo pienso en una cadena poniendo hamacas balinesas en el sitio donde mi padre apoyaba el codo y me dan ganas de romper algo.
Así que no digo nada. Porque no tengo argumentos.
Solo tengo esto. —Se golpeó el pecho con dos dedos, flojo—. Y con esto no se gana una discusión.
Quise decirle un montón de cosas. Quise decirle que lo que llevaba en el pecho valía más que cualquier argumento, que hay decisiones que no se toman con la calculadora, que a lo mejor por eso se había traído la llave de Madrid sin saber por qué,
porque una parte de él ya sabía que venía a esto y no a la boda.
Quise decirle que lo entendía, que yo también tenía sitios así, cerrados, a los que no había vuelto.
Pero no dije ninguna de esas cosas, porque intuí que si le echaba encima todas mis palabras iba a cerrar la persiana del todo, y lo que necesitaba no era que alguien le resolviera nada.
Así que hice lo otro. Rodeé el metro cuadrado que nos separaba detrás de la barra, me puse a su lado, apoyada de espaldas en la nevera del hielo igual que él, hombro con hombro, y no dije nada.
Le pasé la mano por delante, cogí la suya, la que segundos antes había apoyado en el sitio del codo de su padre, y se la apreté una vez. Fuerte. Y la solté.
O iba a soltarla. Pero él la retuvo. Cerró los dedos alrededor de los míos antes de que me diera tiempo, sin mirarme, con la vista todavía perdida en las mesas del revés, y nos quedamos así, los dos apoyados en una nevera que zumbaba bajito en la oscuridad,
cogidos de la mano por segunda vez esa noche y por primera vez sin que nadie nos viera, sin foto, sin Reme, sin pacto, sin ninguna regla de las cuatro que habíamos firmado cubriendo aquello.
—Se te da fatal callarte —dijo al rato, sin soltarme.
—Lo sé. Es un esfuerzo titánico. Deberías estar agradecido.
—Lo estoy. —Y giró un poco la cabeza para mirarme, y en esa franja de luna que entraba por la ventana le vi la cara mejor de lo que había querido, y me di cuenta de que estaba muy cerca, más cerca de lo que hacía falta para hablar en un sitio vacío donde solo estábamos nosotros—.
Estoy muy agradecido, Elena. Y no por lo de la boda.
Se me olvidó respirar como Dios manda. La lista del móvil, la boda del sábado, la versión oficial de cuánto llevábamos juntos, Reme, la barrera de almohadas del apartamento de Loli, todo se apagó, y por un segundo, un segundo largo, larguísimo,
pensé que iba a pasar algo que ya no íbamos a poder desmentir a la mañana siguiente diciendo que era parte del paripé.
Y entonces la máquina del hielo, que llevaba toda la noche zumbando, soltó de golpe una carga de cubitos con un estruendo de mil demonios contra la bandeja metálica, como si el fantasma del padre de Bruno hubiera decidido que ya estaba bien de tanta intensidad.
Los dos pegamos un bote. Yo solté un grito nada elegante.
Bruno se echó a reír, se apartó, se pasó otra vez la mano por la cara, y el momento se rompió y se recompuso en otra cosa, en algo más ligero, que quizá era lo que los dos necesitábamos para no salir corriendo.
—La máquina sigue funcionando —dije, tonta, por decir algo, con el corazón todavía a doscientas.
—La máquina no ha parado en cuarenta años. —Bruno la miró con una ternura rarísima, la de quien mira a un perro viejo—. Es lo único de aquí que no se ha rendido.
Recogió los zapatos del suelo, donde los había dejado.
Yo busqué los míos a tientas. Salimos por la puerta de atrás, la del entierro, la de la bombilla amarilla y los bichos, y Bruno echó la llave antigua con ese chasquido que ahora ya no despertaba nada, solo cerraba.
Se guardó la llave en el bolsillo. No la tiró, no la dejó bajo una maceta para Charo.
Se la volvió a guardar, y yo lo vi, y otra vez no dije nada, pero lo apunté en el sitio donde se apuntan las cosas que importan.
Volvimos por la playa hacia el apartamento de Loli, descalzos, con los zapatos en la mano, y no hablamos de la boda ni una sola vez.
Hablamos de tonterías, del ruido que hacía la máquina, de si las hamacas balinesas eran o no una horterada universal, de que Marta iba a preguntarme al día siguiente con esa cara suya y yo no iba a saber qué contarle.
La arena seguía guardando el calor del día un dedo por debajo de la superficie.
Las bombillas de verbena que Sole había estado peleando toda la noche brillaban ahora, encendidas al fin, colgadas torcidas entre dos palmeras, reflejándose en el agua negra como si alguien hubiera derramado un puñado de luz sobre el mar.
Y yo, que había ido a esa cala de Cádiz a fingir un amor durante un fin de semana para no dar pena delante de mi ex, caminaba descalza junto a un hombre que me había enseñado a oscuras el sitio donde se le había roto la vida, y pensaba,
con un pánico tranquilo que no se parecía a ningún pánico que hubiera sentido antes, que iba a tener un problema muy serio.
Porque la boda era el sábado. Y a mí ya no me daba tiempo a dejar de sentir esto antes del sábado. Ni queriendo.