6. Detrás de la barra #2
Había venido con una lista en el móvil y cuatro reglas firmadas en un papel y la idea muy clara de que esto era un trabajo, un favor entre vecinos que se llevaban regular, un fin de semana de teatro para no presentarme sola a la boda de Nando.
No había venido a esto. No había venido a estar detrás de una barra a oscuras oyendo a un hombre al que apenas conocía contarme por qué el hielo le había roto por dentro.
Y sin embargo ahí estaba, y de la lista del móvil no me acordaba ni de la primera línea.
—No tienes que contarme esto —dije, y era lo más honesto que le había dicho desde que nos conocíamos—. No entra en el pacto.
—Ya lo sé.
—Yo he venido a hablar de la boda. De qué decimos mañana si tu prima pregunta cuánto…
—Elena.
—…tiempo llevamos, porque tu madre ya sabe que un año, pero a lo mejor a otro le hemos dicho…
—Elena. —Y esta vez lo dijo con una sonrisa, cansada pero de verdad, y descruzó los brazos—. Cállate un momento. Por favor. No pasa nada. No me estoy poniendo triste. Es que hacía tres años que no pisaba este sitio y tenía que pisarlo con alguien, y resulta que la persona que tenía a mano eras tú.
La persona que tenía a mano. Debería haberme molestado que me lo dijera así, como si yo hubiera sido el paraguas que coges porque es el que está en el paragüero.
Pero no me molestó, porque por la forma en que lo dijo entendí que no era eso.
Entendí que llevaba tres años sin poder entrar aquí y que la única manera de conseguir cruzar la puerta había sido inventarse una novia falsa y una boda de un ex que no era suyo y un pacto absurdo por unas bragas en un tendedero.
Toda esa maquinaria descomunal, todas esas mentiras, no habían sido para no venir solo a la boda. Habían sido para no venir solo a esto.
—Vale —dije—. Me callo.
Y me callé. Nos quedamos en silencio detrás de la barra, y el silencio, en vez de ponerse raro, se puso cómodo, que es la cosa más difícil que le puede pasar a un silencio.
Fuera, el mar hacía lo que hace siempre y a nadie le importa hasta que se calla todo lo demás: llegar y retirarse, llegar y retirarse, con esa paciencia de quien no tiene ninguna prisa por convencerte de nada.
Por la ventana entraba una franja de luz de luna que caía justo sobre la máquina del hielo, y no sé si Bruno lo vio, pero yo sí lo vi, y no dije nada.
—¿Quieres saber la cosa más idiota? —dijo al rato.
—Siempre.
—Que echo de menos discutir con él por tonterías.
Mi padre y yo no hablábamos de nada importante.
Nunca. Ni una vez en la vida nos sentamos a hablar de sentimientos, ni de lo que yo quería ser de mayor, ni de si él estaba orgulloso, nada de eso.
Discutíamos por el toldo. Por si había que cambiar el aceite de la freidora.
Por el equipo. Por dónde aparcaba yo la moto.
Y yo pensaba, cuando era joven y gilipollas, que eso era no tener relación con tu padre.
—Movió la cabeza—. Ahora daría lo que fuera por discutir con él una hora sobre dónde aparco la moto.
—Por eso discutes conmigo por el tendedero —dije. Se me escapó, y en cuanto lo dije me arrepentí, porque era una broma y aquel no era momento de bromas.
Pero Bruno se rio. Se rio de verdad, con ganas, una risa que le salió del pecho y rebotó en las paredes vacías del chiringuito, y fue como si alguien encendiera media luz sin tocar el interruptor.
—A lo mejor —dijo—. A lo mejor discuto contigo por el tendedero porque es la única persona con la que me apetece discutir por tonterías. Piénsalo. Es hasta bonito, si le quitas lo insoportable que eres.
—Insoportable lo serás tú, que cuelgas las sábanas ocupando toda la cuerda como si vivieras solo en el edificio.
—Es que casi vivo solo en el edificio, Elena. Somos cuatro gatos.
—Somos cuatro gatos y una de esos gatos necesita colgar sus cosas.
—Tus cosas caben en medio metro. Lo he medido.
—¿Has medido mi ropa tendida?
—He medido tu mitad de la cuerda porque tú invades constantemente la mía, y como voy a por todas te lo digo: la de las flores de esta mañana, esas grandes que parecían un mantel, esas no caben en tu mitad ni de coña.
Me puse roja hasta las orejas, gracias a Dios estábamos a oscuras.
—Esas ni siquiera son mías.
—Ya. Claro.
—¡Que no son mías! Son de mi hermana, que se dejó una bolsa de ropa cuando vino y las lavé para devolvérselas.
—Elena, no me tienes que dar explicaciones de tu ropa interior, de verdad, soy muy moderno.
—Eres un cretino es lo que eres.
Y nos estábamos riendo los dos, detrás de una barra a oscuras, en el sitio donde tres años antes él había cogido un cubo de hielo hecho por un muerto y se había roto, y de alguna manera esas dos cosas no se peleaban entre ellas.
Cabían las dos en la misma noche. Aprendí eso ahí, creo, aunque no lo pensé con esas palabras hasta mucho después: que la pena de verdad no es lo contrario de la risa, que muchas veces vienen agarradas de la mano,
como Bruno y yo debajo del mantel esa misma noche cuando la mano se le olvidó soltar la mía.
Se le fue apagando la risa poco a poco. Volvió a mirar la barra, la mancha clara del codo de su padre, y algo se le cerró en la cara. No de golpe. Como una persiana que baja despacio.
—Mi madre quiere venderlo.
Lo soltó sin avisar, igual que había soltado lo del entierro, y por un segundo no supe de qué me hablaba.
—¿Vender el qué?
—Esto. El Ancla. Todo. El local, la licencia, el trozo de playa concesionado, la nevera del hielo, todo.
—Hizo un gesto con la mano que abarcó el chiringuito entero, las mesas patas arriba, la oscuridad—.
Hay un grupo, una cadena de esas de chiringuitos de diseño, que ha hecho una oferta por varios sitios de la cala.
Quieren montar aquí uno de esos con hamacas balinesas y gin-tonics de doce euros y música electrónica en plan chill, ya sabes.
Y pagan bien. Pagan muy bien, la verdad.
Mi madre está mayor, la tía Charo lo lleva medio por pena y medio por cabezonería, y a mí, se supone, esto no me interesa porque hice mi vida en Madrid y no he vuelto en tres años.
Así que la cosa está clara. Se vende. Es lo lógico.
—¿Y tú qué opinas?
—Yo no opino. Yo no tengo derecho a opinar. Me fui.
—No te he preguntado si tienes derecho. Te he preguntado qué opinas.
Bruno se quedó callado. Se pasó la mano por la cara, esa cosa que hacen los hombres cuando no quieren que se les note lo que se les está notando, y cuando habló lo hizo mirando al suelo, a las baldosas de detrás de la barra, no a mí.
—No lo soporto —dijo—. Y es lo más incoherente del mundo, porque llevo tres años sin pisar esto, no lo quiero para trabajar, no me voy a venir a vivir a Caleta Vieja a freír pescado, mi vida está en Madrid, tengo un curro, tengo…