El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 6. Detrás de la barra
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6. Detrás de la barra

La cena se había deshecho poco a poco, como se deshacen las cenas de familia grande, por capas.

Primero se fueron los niños de Sole, arrastrados en volandas y a medio protestar.

Después los mayores, que se levantan temprano porque el cuerpo ya no les deja otra cosa.

Reme aguantó hasta que el café se le quedó frío en la taza y entonces se dejó acompañar hasta el coche por Nando, que conducía con el cuidado de quien lleva un jarrón de porcelana en el asiento del copiloto.

Y al final quedamos los flecos: Marta, que había venido a apoyarme aunque nadie se lo pidiera, un par de primos que discutían de fútbol como si les fuera algo en ello, y nosotros dos, Bruno y yo,

sentados en la punta de la mesa larga con la farsa todavía puesta como una chaqueta que no sabíamos cuándo iba a estar bien quitarse.

—Voy a estirar las piernas —dijo Bruno, y lo dijo mirándome, que era su manera de invitarme sin invitarme delante de nadie.

Yo tenía un plan para esa noche. Tenía, de hecho, una lista.

La había escrito en el móvil mientras fingía revisar el grupo de la boda, y en la lista ponía cosas razonables: repasar la versión oficial de cuánto tiempo llevábamos juntos, decidir qué decíamos si alguien preguntaba por qué no vivíamos aún en el mismo piso,

acordar una hora de retirada para el banquete del sábado por si la cosa se ponía cuesta arriba.

Estrategia. Había venido a Caleta Vieja a mentir con orden, y una mentira con orden es lo único que te salva de que se te caiga encima.

—Vale —dije, y me levanté olvidándome de la lista entera.

Salimos por la parte de atrás de El Ancla, la que da directa a la arena, y en cuanto la puerta de la terraza se cerró detrás de nosotros el ruido de los primos y de la vajilla se quedó dentro, amortiguado, como si hubiéramos cambiado de habitación en una casa muy grande.

La noche olía a lo que huelen las noches de agosto en la costa cuando ha apretado el calor todo el día y de repente refresca: a sal, a algo frito que ya nadie está friendo, a las jaras que crecen detrás de las dunas y que de día no huelen a nada y de noche se ponen impertinentes.

La luna estaba en esa fase en la que ilumina lo justo para que veas por dónde pisas pero no lo suficiente para que te fíes.

Bruno caminaba por la arena con los zapatos en la mano.

Se los había quitado en el primer paso, con una naturalidad de animal que vuelve a su sitio, y yo tardé tres metros más en imitarlo porque me estaba haciendo la digna y la digna se cae de morros en una duna.

La arena, a esas horas, estaba fría por arriba y guardaba el calor del día un dedo más abajo, así que hundías el pie y era como meterlo en agua tibia.

Me acordé de que eso lo hacíamos de pequeños en Málaga, buscar el calor de la arena escarbando con el talón, y no dije nada porque no venía a cuento y porque de repente me daba pudor tener recuerdos delante de él.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Aquí al lado.

El aquí al lado resultó ser El Ancla otra vez, pero por delante.

Habíamos dado la vuelta al edificio entero por la playa para llegar a la fachada que mira al mar, la de verdad, la que en las fotos antiguas tenía un toldo de rayas y ahora tenía una lona gris atada con bridas.

La tía Charo había cerrado la parte de dentro después del café, se había llevado a los últimos y había apagado casi todo.

Casi. Quedaba una bombilla amarilla sobre la puerta trasera, de esas que atraen a todos los bichos de la provincia, y por lo demás el chiringuito estaba a oscuras, con las sillas ya recogidas sobre las mesas patas arriba, como un bosque puesto del revés.

Bruno se detuvo delante de la fachada del mar. Se quedó mirándola un rato largo, con los zapatos colgando de dos dedos, y yo tuve la sensatez, por una vez en mi vida, de no llenar el silencio.

—Aquí había un toldo —dijo por fin—. De rayas verdes y blancas.

Cuando el viento venía de levante hacía un ruido que no veas, como si alguien estuviera sacudiendo una alfombra todo el rato.

Mi padre lo odiaba. Decía que un día iba a coger unas tijeras y lo iba a dejar sin flecos para que se callara. Nunca lo hizo.

—¿Y qué pasó con el toldo?

—Lo quitaron. La tía Charo puso esa lona, que es más práctica. —Se encogió de hombros—. Es más práctica y es más fea, y las dos cosas son verdad a la vez.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una llave. No una llave cualquiera: una de esas antiguas, grande, con el paletón lleno de dientes, la clase de llave que ya no fabrica nadie y que abre puertas que tampoco fabrica nadie. La miró en la palma de la mano como si le sorprendiera tenerla.

—La tía Charo me dio una copia hace años —explicó, adelantándose a mi cara—. Por si acaso, dijo. Yo creo que la hizo para no dejar de tener una excusa para llamarme. —Sonrió de medio lado—. Nunca la usé.

—¿Y la traes en el bolsillo?

—La cogí antes de salir de Madrid. —Se quedó pensando en lo que acababa de decir, como si él tampoco se lo hubiera confesado a sí mismo hasta ese momento—. No sé por qué.

Abrió. La cerradura se resistió un segundo, hizo ese chasquido de metal viejo que despierta las cosas dormidas, y la puerta cedió hacia dentro con un quejido.

El olor que salió de El Ancla en la oscuridad no era el olor de la cena de antes, el de la cocina abierta y la gente y el pescado.

Era otro más de fondo, el que estaba ahí debajo: madera vieja, sal metida en las paredes desde hace cuarenta años, un rastro de café y de lejía, y por debajo de todo algo dulce y rancio que debía de ser la madera del mostrador empapada de todos los veranos que había visto pasar.

—No enciendas la luz —dije, sin saber muy bien por qué lo decía.

—No pensaba.

Entramos a oscuras. Los ojos se me fueron acostumbrando y las formas empezaron a separarse de la negrura: las mesas patas arriba, la nevera de los helados con su zumbido bajito, que era el único que no había parado nunca, y al fondo la barra.

Bruno fue directo hacia ella, sorteando las mesas de memoria, sin tocar ninguna, y yo lo seguí tropezando con dos y jurando por lo bajo.

Levantó la trampilla del mostrador, esa tabla con bisagra que se abre para dejarte pasar al otro lado, y me sostuvo la mirada.

—¿Vienes?

—¿Se puede?

—Es mío. —Lo dijo y enseguida se corrigió, como si la frase le hubiera salido más grande de lo que le cabía en la boca—. Bueno. Era. Es de la familia. Da igual. Ven.

Pasé al otro lado de la barra. Nunca había estado detrás de una barra de bar en mi vida, ni siquiera en las de mis amigos que trabajaban de camareros en verano, y me sorprendió lo distinto que se ve el mundo desde ahí.

Desde detrás de la barra el local entero se abre delante de ti como un escenario, y tú eres la única que está de pie mirando las butacas vacías.

Entendí de golpe por qué la gente que trabaja en sitios así le coge cariño a ese metro cuadrado.

Es un sitio desde el que ves llegar a todo el mundo.

Bruno pasó la mano por la superficie de la barra, despacio, de un extremo a otro. Había una zona, hacia el centro, donde la madera estaba más gastada, más clara, casi pulida.

—Aquí se apoyaba mi padre —dijo—. Todo el rato.

Con el codo. Cuarenta veranos apoyando el codo en el mismo sitio y le sacó brillo a la madera.

Mira. —Me cogió la mano, sin pedir permiso, y me la puso sobre la mancha clara.

La madera estaba lisa, tibia, suave como una piedra de río—.

Cuando yo era pequeño pensaba que ese brillo lo había puesto él a propósito.

Que era su marca, como cuando los perros mean en las esquinas.

No entendía que era de gastarla. Me parecía que mi padre había decidido que ese trozo de barra fuera suyo y ya está.

No retiré la mano. Él tampoco retiró la suya, que seguía encima de la mía, y durante un momento nos quedamos así, los dos tocando el sitio donde un hombre había apoyado el codo cuarenta veranos, y me di cuenta de que ese era el primer gesto de la noche que no era para ninguna foto.

No había nadie mirándonos. No había ninguna Reme a la que convencer, ninguna Charo con la ceja levantada, ningún primo.

Éramos él y yo y una barra a oscuras, y me estaba cogiendo la mano por la única razón por la que uno le coge la mano a otro cuando no hay público: porque quería.

—Bruno —empecé, y no supe seguir.

—La última vez que estuve aquí dentro fue el día del entierro.

Lo dijo así, sin subir la voz, sin ese temblor que ponemos los demás cuando anunciamos que vamos a decir algo grave.

Lo dijo como quien te informa de la hora que es.

Retiró la mano despacio, no de la mía, sino de la barra, y se apoyó de espaldas contra la nevera de los helados, con los brazos cruzados, mirando el local vacío.

—Después del cementerio la gente vino aquí.

Es lo que se hace, ¿no? Se muere alguien y todo el mundo acaba comiendo.

Charo hizo café para media provincia y sacó las cervezas que quedaban y la gente estuvo hablando de mi padre en voz baja hasta que se les olvidó bajar la voz y para las ocho de la tarde esto parecía una verbena.

Que es lo que él habría querido, seguramente.

Pero yo no podía. Yo estaba justo aquí —dio un golpecito con el talón en el suelo, detrás de la barra, en el sitio exacto donde estábamos—, porque no sabía estar en ningún otro sitio, y mi madre me pidió que sacara hielo, y fui a la máquina, y abrí la máquina,

y estaba llena de hielo que había hecho mi padre esa misma semana.

Se paró. No porque se le quebrara la voz. Se paró como se para uno cuando llega a la parte de la historia que todavía no ha terminado de entender.

—Un cubo de hielo que había hecho un muerto —dijo, y hasta se le escapó algo parecido a una risa, seca, sin ninguna gracia dentro—.

Y yo ahí, con la pala del hielo en la mano, pensando: esto lo congeló él.

Esta agua la metió él en la máquina. Y me pareció la cosa más absurda del mundo que el hielo durase más que la persona que lo había hecho.

Solté la pala, salí por esa puerta de atrás, me fui andando a Madrid casi.

Bueno, cogí un autobús en la carretera. Pero en mi cabeza me fui andando. Y no había vuelto hasta hoy.

Yo había venido a Caleta Vieja a mentir.