El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 5. El numerito #3
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5. El numerito #3

un contratiempo. Pero hay plan B. Siempre hay plan B.

—Miró alrededor, contando cabezas, contando problemas, y sus ojos se posaron en El Ancla, en las sillas de madera desparejadas del chiringuito, en la barra, en todo—.

¿De quién es este sitio? Necesito hablar con quien lleve este sitio.

—Mío —dijo la tía Charo, saliendo de detrás de la barra con un trapo al hombro—. ¿Qué se te ofrece, criatura?

Y ahí, mientras Sole y la tía Charo se enredaban en una negociación relámpago sobre cuántas sillas de madera cabían en una camioneta y si el cañizo aguantaría unas luces más,

mientras Paqui comentaba la jugada con Mari Carmen a gritos de una punta a otra de la mesa y Nando intentaba calmar a Cristina y Cristina intentaba calmar a Nando, la tensión que me atenazaba desde el "¿cómo es que acabaste con la Elena?"

se disolvió como se disuelve un azucarillo.

Nadie nos miraba ya. Éramos, por fin, dos invitados más en una cena que se estaba yendo alegremente a pique por culpa de setenta sillas doradas de vacaciones en Chiclana.

Solté el aire que llevaba reteniendo desde hacía media hora.

—Nos hemos salvado —dije, por lo bajo.

—Nos ha salvado esa mujer —dijo Bruno, mirando a Sole con algo parecido a la gratitud—. Le debo la vida. Le debo mi año inventado.

—Nuestro año.

—Nuestro año. —Movió la cabeza—. Elena, tenemos que hablar de nuestro año. En algún momento de esta boda tú y yo tenemos que sentarnos y decidir qué hemos hecho juntos estos doce meses que no hemos pasado juntos. Porque como nos pregunten por separado, se acabó.

—Nos ponemos de acuerdo esta noche —dije—. En la cama.

Lo dije sin pensar. Lo de la cama. La única cama.

Y a los dos se nos vino a la vez a la cabeza la barrera de almohadas y el roce del nudillo por la cremallera y lo poco que ninguno de los dos había dormido la noche anterior, y se me subieron los colores como a una quinceañera, a mí, a estas alturas de la vida.

—A ponernos de acuerdo —matizó Bruno, muy serio, pero con la comisura de la boca traicionándolo—. En la cama. A hablar. Del año.

—Eso he dicho.

—Eso has dicho.

Y entonces pasó lo que me dejó descolocada el resto de la noche, y buena parte de la boda, y si me apuran buena parte de este verano.

Paqui, que no descansa, volvió a la carga desde el otro lado de la mesa, ahora ya con Mari Carmen de refuerzo:

—Elena, hija, que dice la madre de Cristina que qué bonito, un año, que si os habéis planteado hacerlo aquí también, la boda, que Caleta Vieja para bodas es una preciosidad y sale más barato que la capital.

Y yo me quedé sin palabras, cosa rara en mí, porque una cosa era inventarme un calendario y otra que me casaran en público en un pueblo que no era el mío con un hombre que no era mi novio.

Abrí la boca. No salió nada. La abrí más.

Nada. Y noté a media mesa esperando mi respuesta, y a Paqui con su cinta métrica invisible lista para apuntar el resultado, y el año inventado tambaleándose sobre sus patas de mentira.

Fue Bruno quien me salvó.

No con una frase. Bruno no es de frases, ya lo he dicho, habla por los dos y el que habla soy yo.

Lo que hizo fue otra cosa. Se giró hacia mí, me apartó con dos dedos un mechón que se me había pegado a la mejilla por el calor —despacio, con un cuidado que no cabe en ningún contrato, que no se le puede pedir a nadie que finja—,

y me miró como se mira a alguien a quien conoces de verdad hace un año, o hace diez, o de siempre.

Y le dijo a Paqui, sin dejar de mirarme a mí:

—Todavía no se lo he pedido bien. Cuando se lo pida, será ella la primera en saberlo. No un pueblo entero.

La mesa hizo "oooh". Cristina volvió a ponerse la mano en el pecho. Mari Carmen agitó el abanico. Paqui, por increíble que parezca, se calló.

Y yo me quedé con el mechón recolocado detrás de la oreja y la mejilla ardiendo donde me habían rozado sus dedos, mirando a aquel hombre al que llevaba meses gritándole por una cuerda de tender, aquel hombre que guardaba la foto de su padre envuelta en un jersey,

aquel hombre que se acababa de inventar que algún día iba a pedirme algo que nunca me iba a pedir, y pensé, con una claridad que me dio miedo:

*Ay, Elena. Ay. Esto se te está yendo de las manos por sitios que no venían en el pacto.*

Porque el numerito estaba saliendo redondo.

Demasiado redondo. La familia de Nando comía de nuestra mano, la de Cristina nos casaba ya en Caleta Vieja, Paqui había bajado la guardia por primera vez en tres años y allí, bajo el mantel, la mano de Bruno seguía sin soltar la mía mucho después de que hiciera falta para la foto.

Y lo peor, lo que de verdad me quitó el sueño esa noche cuando volvimos al apartamento de Loli y a la única cama y a la barrera de almohadas que a esas alturas ya nos daba a los dos una risa nerviosa, no fue haber mentido a media costa gaditana.

Lo peor fue darme cuenta, mientras Sole seguía peleándose con sus sillas doradas en la oscuridad de El Ancla y las bombillitas de verbena se reflejaban en el mar, de que hacía rato que yo había dejado de actuar.

Y sospechaba, aunque no me atrevía ni a pensarlo del todo, que Bruno también.