5. El numerito #2
Y ahí, queridos, es donde la cosa se me fue de las manos.
Porque yo, que llevaba toda la cena aguantando el examen, que había visto a Bruno inventarse un rellano entero para salvarnos, que tenía todavía su mano bajo el mantel, quise —por una vez, una sola— aprobar.
Quise que Paqui, después de tres años poniéndome mala nota, me viera querida.
Y me salió del alma, o de donde salen las mentiras que una necesita creerse:
—Un año —dije.
Bruno giró la cabeza tan rápido que casi oigo el crujido.
—¿Cómo un año? —Paqui frunció el ceño—. Habíais dicho siete meses.
—Siete de novios oficiales —improvisé, y noté a Bruno clavándome el pulgar en la palma en una especie de morse desesperado que venía a decir *qué haces, Elena, qué estás haciendo*—.
Pero nos conocemos hace un año. Del tendedero.
Yo cuento desde el tendedero. Él cuenta desde...
lo otro. Somos así. Cada uno lleva su calendario.
—Qué monos —dijo Cristina, embelesada, la criatura, capaz de ver monería donde yo estaba viendo un accidente de tráfico a cámara lenta.
—Un año —repitió Paqui, satisfecha, guardando el dato como quien guarda un cromo—. Eso está mejor. Un año ya es serio. Se lo diré a los padres de Cristina, que preguntaban.
—¿Los padres de Cristina preguntaban por nosotros? —dije yo, con un hilillo de voz.
—Aquí pregunta todo el mundo por todo el mundo, hija. Esto es un pueblo, no la capital. —Paqui se giró hacia la otra punta de la mesa y, antes de que yo pudiera abortar la maniobra, gritó—: ¡Mari Carmen! ¡Que los de aquí llevan un año! ¡El del chiringuito y la de Nando!
Y una señora con un vestido de flores y un abanico levantó el abanico en señal de aprobación, y a su lado un señor con bigote asintió despacio, y así, en cuestión de treinta segundos, sin comerlo ni beberlo,
Bruno y yo pasamos de llevar siete meses a llevar un año delante de la familia entera de la novia, un año que ahora tendríamos que sostener durante tres días de boda, con sus comidas, sus fotos, sus tías preguntonas y sus brindis.
Bruno se acercó a mi oído. Por fuera era un gesto de enamorado. Por dentro:
—Un año —me susurró, entre dientes, sonriendo para la galería—. ¿En serio? ¿Un año?
—Se me ha ido —susurré yo, sonriendo también, porque estábamos rodeados—. Perdón. Es que me miraba con esa cara.
—¿Qué cara?
—La de "esta no es suficiente". Llevo tres años viéndola. No he podido.
Bruno cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no había enfado. Había otra cosa, algo parecido a la resignación de quien ya ha decidido que va a saltar contigo del trampolín aunque hayas contado mal las brazadas.
—Vale —dijo—. Un año. Pues entonces necesito saber cosas de este año que no ha existido. En algún momento me tienes que contar dónde se supone que pasamos las Navidades.
—En tu pueblo —dije, sin pensarlo, y me di cuenta demasiado tarde de dónde estaba—. Aquí. Digo. Hipotéticamente.
Bruno se quedó mirando la barra de El Ancla, la barra de su padre, las bombillitas de verbena reflejadas en la madera vieja, y no dijo nada, pero yo, que empezaba a leerle la cara como se lee el cielo antes de una tormenta de agosto,
supe que le había dado sin querer donde más dolía y donde más gustaba a la vez.
Que la idea de haber pasado unas Navidades en Caleta Vieja, aunque fuera mentira, aunque fuera un renglón de un calendario que nos estábamos inventando bajo un mantel, le había parecido, por un segundo, no del todo horrible.
Y en esas estábamos, mano con mano, mintiendo hacia dentro y hacia fuera, cuando se abrió la cancela de El Ancla de una patada y entró el caos.
El caos se llamaba Sole y era la wedding planner.
Yo a Sole no la conocía todavía, pero la reconocí igual, porque hay gente que entra en un sitio y trae consigo su propia banda sonora de desastre.
Venía con un fajo de papeles bajo un brazo, un móvil pegado a la oreja con el hombro, unas gafas subidas a la coronilla y otras colgando del cuello, y una cara de haber discutido con el universo y haber perdido por goleada.
—¡No, no, NO! —le decía al teléfono—. Setenta sillas Chiavari, doradas, DO-RA-DAS, os lo mandé por escrito, tengo el correo, ¡tengo el correo abierto ahora mismo!
—Se apartó el móvil de la boca sin dejar de andar entre las mesas—.
Perdón, perdón, sigan, sigan cenando, no me hagan caso.
—Y otra vez al teléfono—: ¿Que las doradas están en Chiclana?
¿Y qué hacen mis sillas en Chiclana, se han ido de vacaciones? ¡La boda es pasado mañana!
Toda la mesa se había vuelto hacia ella. Paqui, encantada de la vida, porque acababa de aparecer un conflicto ajeno más grande y jugoso que el mío. Nando se había levantado. Cristina había perdido un poco el color.
—Sole, ¿qué pasa? —preguntó la novia.
—Nada, cariño, nada, tú tranquila, esto lo arreglo yo.
—Sole tapó el móvil con la mano y puso la sonrisa profesional, esa sonrisa que se les queda a los que se dedican a que los demás sean felices en la fecha señalada aunque a ellos se les esté cayendo el mundo encima—.
Es un temilla de logística. Las sillas ceremoniales han tenido un...