5. El numerito
La cena de bienvenida era en El Ancla, y a mí eso me pareció, cuando lo leí en la invitación de cartulina color hueso que Loli nos había dejado encima de la única cama, una crueldad de las que no se planean,
de las que pasan porque el mundo es pequeño y los pueblos de la costa gaditana lo son todavía más.
—Cenamos en tu chiringuito —le dije a Bruno mientras me peleaba con la cremallera del vestido, esa que se atasca siempre a la altura de las paletillas, justo donde una no llega ni con buena voluntad ni con contorsionismo.
—No es mi chiringuito. —Estaba de espaldas, abotonándose una camisa azul que yo no le había visto nunca y que, la verdad sea dicha, le sentaba mejor de lo que a mí me convenía en ese momento—. Es de la tía Charo.
—Era tuyo.
—Era de mi padre.
Lo dijo sin dramatismo, colocándose el cuello frente al espejo manchado del armario, y yo decidí que no era el momento de meter el dedo. Le señalé la espalda con la barbilla.
—¿Me subes esto? No llego.
Vino, y sus dedos tardaron en encontrar la lengüeta de la cremallera más de lo que hacía falta, o a lo mejor es que a mí se me hizo largo, que con Bruno el tiempo lleva unos días midiéndose de otra manera.
Subió despacio. Noté el nudillo rozándome la columna, un roce que no venía en ninguna de las cuatro reglas que habíamos firmado, y me quedé muy quieta, como quien no quiere espantar a un gato que se ha acercado por su cuenta.
—Ya está —dijo.
—Ya está —repetí yo, que en momentos así soy de una elocuencia que asusta.
Salimos al fresco de las nueve. El pueblo olía a lo que huelen los pueblos de mar en agosto cuando cae el sol: a salitre que se pega en los brazos, a fritanga de algún bar que aún resiste,
a esa dama de noche que planta la gente en macetas junto a las puertas y que a esa hora se pone a soltar perfume como si le pagaran por ello.
Caleta Vieja tenía las calles empinadas y encaladas, tendederos cruzando de balcón a balcón —yo, que había venido huyendo de una discusión de tendedero, encontré poético y ofensivo que aquí también hubiera bragas al viento— y, al final de la cuesta,
el mar puesto ahí como un decorado que alguien hubiera pintado demasiado azul para que resultara creíble.
Bruno caminaba callado. Cuanto más nos acercábamos a El Ancla, más callado. Yo iba haciendo inventario de lo que sabíamos y lo que no.
—Repasa —dije—. Nos conocimos.
—Por el tendedero.
—Eso es verdad, no cuenta como repaso. Llevamos.
—Ocho meses.
—Siete. —Le di en el brazo—. Siete, Bruno, que lo dijimos. Desde enero.
—Desde enero. —Suspiró—. ¿Y por qué enero?
—Porque en enero yo estaba insoportable y necesito una explicación bonita para eso.
Se le escapó media sonrisa, la primera de la noche, y a mí se me ocurrió, absurdamente, que valía la pena mentirle a media provincia con tal de sacarle a ese hombre una sonrisa cada tanto. Es un pensamiento peligroso, ese. Lo aparqué donde aparco las cosas que no quiero mirar de frente.
El Ancla estaba encendido como no debía de haber estado encendido en años.
Guirnaldas de bombillitas de esas de verbena colgadas del cañizo, las mesas de madera juntadas en una sola larga vestida con mantel blanco, farolillos, un ramo de flores silvestres en cada tramo, y al fondo, la barra de siempre,
esa barra que Bruno se quedó mirando como quien reconoce una cara en un entierro.
Su padre había servido allí. Yo lo sabía y él sabía que yo lo sabía, y ninguno de los dos dijo nada porque ya venían hacia nosotros con los brazos abiertos.
—¡Pero bueno! —La tía Charo, delantal quitado por una vez, colorada de trajín y de contento—. Los tortolitos.
Lo dijo con retintín, con ese retintín suyo que sabía la verdad y la envolvía en papel de regalo para que nadie más la viera. Me agarró la cara con las dos manos, que olían a ajo y a laurel, y me dio dos besos sonoros.
—Guapa. Comes poco, se te nota, pero guapa. —Se volvió hacia Bruno y ahí bajó la voz, solo para nosotros dos—: Tú, a la barra luego, que hay una foto que quiero que veas. —Y en voz alta, para el respetable—: ¡Que pasen, que pasen, que esto se enfría!
Nando y Cristina estaban en el centro de la mesa.
Nando, mi Nando de tres años y una ruptura por WhatsApp que todavía me escuece si me detengo a pensarlo, y que sin embargo, visto ahí, con la camisa remangada y esa risa que se le va hacia arriba, ya no me producía nada más que una curiosidad tibia,
como cuando te reencuentras con un libro que subrayaste mucho a los diecisiete y ya no entiendes qué le veías.
Cristina se levantó a saludarme y me abrazó como si me conociera de toda la vida.
—Elena, qué ilusión, de verdad. Nando me ha hablado tantísimo de ti.
—Y lo dijo sin doblez, sin una arista, con una alegría tan limpia que dieron ganas de confesarle allí mismo que su cena de boda estaba siendo saboteada por una farsa.
No lo hice. Una tiene principios, pero también instinto de supervivencia.
Nos sentaron, para mi desgracia, cerca de la cabecera. Enfrente, Paqui.
Paqui es la madre de Nando y es, hay que decirlo, una fuerza de la naturaleza con permanente y pendientes de perla.
Durante tres años me midió con la cinta métrica invisible que llevan algunas madres cosida detrás de los ojos y siempre, siempre, me faltaron centímetros.
Que si trabajas mucho, hija. Que si no cocinas.
Que Nando necesita a alguien de aquí, del pueblo, que entienda.
Verla otra vez fue como volver a un examen que suspendí, solo que esta vez iba con chuleta y la chuleta se llamaba Bruno.
—Así que este es el nuevo —dijo Paqui, sin más preámbulo, apuntando a Bruno con un palito de pan.
—Bruno —dijo él, y le tendió la mano por encima de la ensaladilla—. Encantado.
—El de El Ancla —soltó Paqui, y aquí la mesa hizo un pequeño silencio, uno de esos silencios que en los pueblos valen por un capítulo entero de novela—. El hijo de Manolo. Tú eras el crío que corría por aquí con el cubo. Madre mía, cómo pasa el tiempo. Tu padre, en paz descanse.
—Gracias —dijo Bruno.
—Buen hombre, tu padre. Buen hombre. —Paqui se santiguó a medias, más por costumbre que por fe, y volvió a lo suyo con la rapidez de quien enseguida se aburre de los muertos—. ¿Y cómo es que acabaste tú con la Elena? Que la Elena es de secano, de tierra adentro, y tú de aquí. Explícame eso.
Bruno abrió la boca. Yo abrí la mía. Los dos la cerramos.
Esto no lo habíamos ensayado. Habíamos ensayado el enero, el tendedero, los siete meses, incluso una discusión ficticia sobre a quién le tocaba fregar que le daba verosimilitud a la cosa.
Pero no habíamos ensayado cómo dos personas de dos sitios distintos acaban queriéndose, quizá porque eso no se ensaya en la vida real tampoco.
—Coincidimos —dije yo, que soy rápida para lo malo.
—Coincidir coincide todo el mundo —replicó Paqui—. Yo coincido con el del estanco todas las mañanas y no me caso con él. ¿Cómo fue?
Y entonces Bruno hizo algo que no me esperaba. Se echó hacia atrás en la silla, cogió su copa de tinto de verano, y con una calma que yo no le conocía —la calma del que ha decidido dejar de defenderse y empieza a atacar por otro sitio— dijo:
—Fue por una bronca.
—¿Una bronca? —Paqui se inclinó. Le brillaban los ojos. A Paqui, como a medio pueblo, lo que le gustaba de verdad era el conflicto ajeno.
—Por el tendedero. —Bruno le dio un sorbo, tranquilo—. Ella tendía las sábanas mojadas justo encima de mi ropa seca y me la volvía a mojar. Se lo dije. Me contestó fatal. Se lo dije mejor. Me contestó peor. Y así estuvimos, no sé, ¿tres meses?
—Cuatro —dije yo, entrando al trapo sin querer, porque lo estaba contando tan bien que casi me lo creía—. Cuatro meses discutiendo por una cuerda.
—Cuatro. —Bruno me miró. Fue una milésima de segundo, pero me miró de una manera que no era de mentira, o que si lo era, estaba muy por encima de nuestro presupuesto—.
Y un día bajé a poner una queja formal, con mis argumentos preparados y todo, y ella me abrió la puerta llorando por otra cosa, por una cosa suya que no tenía nada que ver conmigo, y yo me quedé ahí, en el rellano, con mi discurso del tendedero en la mano, sin saber qué hacer.
Y en vez de la queja le pregunté si estaba bien.
Se hizo un silencio. Uno bueno, esta vez.
Paqui tenía el palito de pan a medio camino de la boca.
Cristina se había puesto la mano en el pecho.
Y yo —yo, que sabía perfectamente que aquello no había pasado, que en enero yo no había llorado en ningún rellano y que Bruno se lo estaba inventando sobre la marcha con el descaro de un actor de sobremesa— yo tenía un nudo en la garganta del tamaño de una boya.
Porque la mentira era falsa, pero el gesto no. El "¿estás bien?" no. Eso Bruno lo tenía dentro, se le notaba, y lo estaba sacando disfrazado de cuento para no tener que darlo de verdad.
—Ay —dijo Cristina, bajito.
—Anda ya —dijo Paqui, que no se ablanda ni con agua caliente, pero se le había suavizado la voz una octava—. Mira el chiquillo. Con lo callado que era de crío.
—Sigo siendo callado —dijo Bruno—. Ella habla por los dos.
—Eso lo he notado —dijo Paqui, y por primera vez en tres años me dedicó algo que en cualquier otra persona habría sido una sonrisa y en ella fue una tregua.
Debajo de la mesa, la mano de Bruno encontró la mía.
No fue un apretón de reglamento, de los que habíamos pactado para las fotos.
Fue una mano buscando otra mano en la oscuridad de debajo de un mantel, y quedándose.
Yo se la apreté. Me dije que era parte del numerito.
Me lo dije con la misma convicción con la que le había dicho a mi madre a los diez años que el gato del vecino se había comido solito el bizcocho.
—Bueno, ¿y para cuándo lo vuestro? —soltó Paqui, ya lanzada, porque las madres de este país tienen un radar que en cuanto detectan una pareja funcionando empiezan a organizarles la vida—. Que no os hagáis viejos. Que yo a Nando lo tuve joven y ahí lo tienes, sano como un roble.
—Paqui, por Dios, si acaban de llegar —terció Cristina, riéndose.
—Si llevan siete meses, mujer, que no es acabar de llegar. En siete meses una ya sabe. —Paqui me apuntó de nuevo con el dedo—. ¿O no lo sabes, Elena?