El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 4. Caleta Vieja #3
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4. Caleta Vieja #3

Bruno reaccionó. Cruzó el salón, me pasó un brazo por la cintura y me atrajo hacia él, y lo hizo con una soltura que no le había visto ni en los ensayos, la mano abierta en mi costado, cálida a través de la camiseta.

Fue por la tía, lo sé. Fue teatro, lo sé.

Pero mi cuerpo no había leído el contrato y respondió por su cuenta, un pequeño cortocircuito que empezó donde estaba su mano y me subió hasta un sitio que no me convenía nada.

—Nos conocimos por el tendedero, sí —dijo Bruno, contra mi pelo—. Ella me tiró la colada al geranio.

—Fuiste tú el que invadió mi cuerda —dije, y me salió automático, la pelea de siempre, y nos reímos los dos a la vez, y por un segundo no fue teatro, fue solo nosotros discutiendo por el tendedero como llevábamos meses haciendo.

Y ahí vi el cambio en la cara de Charo.

Fue mínimo. Otra persona no lo habría pillado.

Pero yo estaba pendiente de ella como se está pendiente del examinador, y vi cómo entornaba los ojos un grado más, cómo la retranca se le convertía en cálculo, cómo esa risa nuestra tan de verdad —justo esa, la única cosa real que habíamos hecho en todo el numerito— le encajaba mal con algo.

No con que fuéramos mentira. Con que fuéramos las dos cosas a la vez.

Con que nos peleáramos como una pareja de mentira y nos riéramos como una de verdad.

Abrió la boca. Yo pensé: ahora lo suelta. Ahora, delante de Reme, en el salón, con los tapetes de ganchillo, esta mujer nos desmonta el paripé antes de que empiece la boda.

Pero no lo soltó.

Cerró la boca, volvió a abanicarse, y dijo, con una dulzura que daba más miedo que cualquier reproche:

—Pues me alegro mucho por vosotros. Mucho. —Y luego, mirando solo a Bruno, con un cariño repentino y afiladísimo—: Ya era hora de que volvieras a casa, niño. Con la excusa que sea.

«Con la excusa que sea.»

Se me heló la nuca. Miré a Bruno, que no se había dado cuenta, que estaba distraído porque su madre acababa de sacar una bandeja de tortillitas de camarón y el olor lo había mandado de vuelta a la infancia.

Pero yo sí me di cuenta. Tía Charo lo sabía.

O si no lo sabía del todo, lo olía, con ese radar de exestanquera de pueblo que registra cada matrícula de fuera y cada anillo que falta en un dedo.

Lo sabía. Y por algún motivo suyo, algún motivo que tenía que ver con que su sobrino hubiera vuelto por fin al pueblo después de tres años, había decidido guardárselo.

Nos sentamos a comer tortillitas de camarón que crujían como hojas secas y sabían a mar concentrado.

Reme habló por los codos, de la boda, de la Paqui, de que el tiempo iba a aguantar.

Bruno se relajó por primera vez en todo el día, ahí, en el sofá de escay de su madre, con la boca llena.

Y yo, entre bocado y bocado, notaba la mirada de Charo yendo y viniendo, tomándonos las medidas, guardando en esa libreta invisible cada vez que Bruno y yo nos tocábamos por obligación y cada vez que nos reíamos sin querer.

Cuando nos despedimos ya era de noche y el pueblo olía a jazmín y a cena.

En la placita, las cigarras habían dado paso a los grillos, más discretos, y el mar se oía negro y cercano.

Bruno caminaba callado, con las manos en los bolsillos, y en algún punto de la calle de las contraventanas azules, sin que viniera a cuento, dijo:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por lo de antes. Con mi madre. Lo has hecho bien.

Quise decirle que no había hecho nada, que había sido él quien me había pasado el brazo por la cintura, que la única verdad de toda la tarde había sido reírnos por el tendedero.

Quise decirle que su tía nos había calado y que a mí me daba un miedo raro, no el miedo de que nos pillaran, sino otro, uno que tenía que ver con la palabra «excusa» y con lo poco excusa que empezaba a parecerme todo aquello.

No dije nada de eso.

—Somos dos adultos —dije, que era mi frase para no decir nada—. Se nos da bien.

Subimos a la suite de Loli, a la cama única con el cabecero de forja, y montamos la raya de almohadas en el centro con la solemnidad de dos países firmando un tratado de fronteras.

Él se acostó de su lado. Yo del mío. Por la ventana abierta entraba el mar y un jazmín de alguien y el rumor lejanísimo de una tele.

Al otro lado de la barrera de almohadas, Bruno respiraba despacio, y en algún momento, cuando lo creí dormido, oí que decía, muy bajo, más para el techo que para mí:

—Mañana veo a mucha gente que hace tres años que no veo.

—Ya.

—Y todos me van a preguntar por El Ancla.

Me quedé mirando la sombra del cabecero en la pared. Pensé en la maleta apoyada en la esquina, y en lo que llevaba dentro envuelto en un jersey, y en que yo había venido a fingir una historia de amor y me estaba metiendo, sin comerlo ni beberlo, en la única historia de verdad que Bruno tenía.

—Pues les dices que El Ancla sigue de pie —dije—. Que es más de lo que mucha gente puede decir de sus cosas.

No contestó. Pero al rato, en la oscuridad, la barrera de almohadas se movió un poco, no mucho, lo justo para saber que él tampoco estaba durmiendo.

Y así, con el mar entrando por la ventana y una tía Charo en algún sitio del pueblo guardándose lo que sabía, empezó nuestra primera noche en Caleta Vieja, que era el pueblo de él, y donde yo, tan lista, había reservado sin querer una sola cama para los dos.