4. Caleta Vieja #2
Madre mía, cuánto tiempo. —Se acercó a darle dos besos con una naturalidad de pueblo que no admitía dudas—.
Nando me va a matar de la alegría cuando le diga que has venido.
¿Y venís juntos? —Nos miró a uno y a otro, ató el último cabo, y le cambió la cara a una ternura que a mí me sentó como un jarro de agua tibia—.
Ay. Que venís juntos. Elena, entonces tú eres... tú eres la que...
—La ex de Nando —dije, porque alguien tenía que decirlo, y mejor yo con una sonrisa que ella con apuro.
—La ex de Nando —repitió, y en lugar de tensarse, se le ablandó todo—.
Qué fuerte. Oye, pues me alegro un montón de que vengas.
De verdad. Nando me habló de ti, ¿eh?, y siempre bien, que conste, siempre muy bien.
Y ahora vienes con Bruno, que es como de la familia de todos aquí, y...
—Se le humedecieron los ojos, la muy loca, de pura emoción prenupcial—.
Ay, es que estoy sensible, no me hagáis caso.
Que os vengáis los dos a la boda me hace una ilusión que no os podéis imaginar.
Yo tenía preparado un arsenal para este fin de semana.
Tenía respuestas ingeniosas para la novia guapa, para la novia repelente, para la novia que me mirara por encima del hombro, para la novia que fingiera no saber quién era yo.
Lo que no tenía preparado era esto: una chica encantadora, torpe con el cava, que me abrazaba en la puerta del Coviran como si acabara de encontrar a una prima, y que hacía imposible cualquier drama porque no había drama que hacer con ella.
Me descolocó de una forma que no supe gestionar.
Porque durante meses, en mi cabeza, la boda de Nando había sido una humillación pública a la que yo iba armada.
Y ahora la novia me caía bien. Me caía genuinamente bien.
Y una no sabe qué hacer con el orgullo herido cuando la persona que se supone que debía herirlo te está ofreciendo llevarte el agua al apartamento en su coche.
—No hace falta, de verdad —dije—. Vivimos aquí al lado.
—En casa de Loli —añadió Bruno—. La de las contraventanas azules.
—¡Uy, la suite! —Cristina se rió—. Esa la reservé yo para mi cuñada y al final se les inundó. Qué bien que la hayáis pillado vosotros, que es la más bonita. La cama esa antigua es una preciosidad.
Bruno y yo no nos miramos. Fue un ejercicio de voluntad no mirarnos.
—Preciosa —dije—. La cama. Sí.
---
El plan era pasar desapercibidos hasta la boda. El plan duró exactamente hasta las siete y media de la tarde, cuando Bruno propuso «acercarnos a saludar a mi madre para quitárnoslo de encima» con el entusiasmo de quien propone acercarse a que le saquen una muela.
La madre, Reme, vivía en una casa de dos plantas en la calle de arriba, con macetas de geranios en la fachada y un felpudo que ponía «BIENVENIDOS» debajo de una capa de arena que llevaba tres veranos acumulándose.
Nos abrió con un delantal puesto y un trapo de cocina al hombro, y cuando vio a Bruno se le paró la cara en un gesto que no supe leer —¿alegría?
, ¿reproche?, ¿las dos cosas revueltas?— y se quedó un segundo agarrada al marco.
—Hijo.
—Mamá.
No se abrazaron enseguida. Se miraron. Había tres años metidos en esa mirada, un entierro, un chiringuito cedido a la cuñada, todo lo que no se habían dicho por teléfono.
Luego Reme dio un paso y lo abrazó fuerte, corto, con esa manera que tienen las madres de abrazar como si te estuvieran regañando, y por encima del hombro de su hijo me miró a mí.
—¿Y esta muchacha tan guapa?
—Es Elena, mamá. Mi... —Bruno tragó saliva—. Mi novia.
Lo del «mi novia» sonó distinto aquí. En Cádiz, delante de su madre, en la puerta de la casa donde había crecido, la mentira pesaba el triple.
Yo sonreí y le tendí la mano, y Reme me la ignoró por completo y me dio dos besos y me metió para dentro tirándome del brazo, hablando ya de si habíamos comido, de que estaba muy delgada, de que en Madrid no se come bien,
de que menos mal que Bruno se había echado por fin una novia porque ella ya pensaba que se le quedaba para vestir santos.
Y entonces, desde el fondo del salón, desde un sofá de escay marrón con tapetes de ganchillo, habló una voz.
—Vaya, vaya. Con que novia.
Tía Charo.
La reconocí sin que nadie me la presentara.
Era la hermana del padre de Bruno, así que tenía algo de él en la mandíbula y en la forma de entornar los ojos, pero donde Bruno era todo silencio ella era todo antena.
Una mujer de sesenta y tantos, seca, morena de sol y de barra de bar, con un abanico en una mano y un ojo clínico que me repasó de arriba abajo en el tiempo que se tarda en pesar una gamba.
Detrás de la barra de El Ancla, pensé, esta mujer ha visto pasar treinta veranos de parejas de verdad y parejas de mentira, de bodas que salieron bien y de las otras.
Esta mujer distingue una pareja real de un paripé a cincuenta metros y con niebla.
—Hola, tía —dijo Bruno.
—Hola, tía —repitió ella, imitándolo, con retranca—. Tres años sin pisar el pueblo y apareces con una novia de Madrid del brazo, el día antes de la boda de Nando el de la Paqui. —Cerró el abanico de golpe, un chasquido seco que sonó a sentencia—. Qué oportuno.
—Charo —le advirtió Reme, desde la cocina.
—Que no digo nada. Si me alegro. —Volvió a abrir el abanico, muy digna, y me clavó los ojos—. ¿Cómo dices que te llamas, guapa?
—Elena.
—Elena. —Igual que Cristina, saboreó el nombre, pero por motivos radicalmente distintos—. ¿Y lleváis mucho, tú y mi sobrino?
Aquí estaba la primera prueba de fuego. La había ensayado con Marta en mi salón, agarrándonos y riéndonos, y me había parecido facilísimo. Delante de esta mujer se me evaporó el guion.
—Unos meses —dije—. Somos vecinos, en realidad. Nos conocimos por el tendedero.
—Por el tendedero. —Charo asintió despacio, muy despacio, como quien va apuntando en una libreta invisible—.
Qué bonito. El amor de rellano. —Me miró las manos, luego le miró las manos a Bruno, luego miró el palmo de aire que había entre los dos, porque nosotros, tan torpes, nos habíamos quedado de pie en el salón sin tocarnos, cada uno pegado a un mueble,
como dos testigos de Jehová esperando a que les inviten a sentarse—. Muy bonito.