El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 4. Caleta Vieja
28%

4. Caleta Vieja

A Caleta Vieja se entra por una curva que Bruno tomó como si el coche tuviera algo personal contra mis vértebras.

Iba callado desde Vejer, con las dos manos en el volante y la mandíbula apretada, y yo me dediqué a mirarle el perfil porque el resto del paisaje me daba ganas de vomitar.

Luego la carretera dejó de retorcerse, se abrió un pinar, y entre los troncos apareció una lengua de mar tan azul que parecía pintada por alguien con demasiado presupuesto.

—Es ahí —dijo él. No señaló nada. Solo lo dijo, como quien confirma que sigue existiendo un sitio que llevaba años sin pisar.

Bajamos del coche en una placita con una fuente seca y un cartel de la Cruz Roja de 1987.

El calor no venía de arriba, venía de todas partes a la vez, subía del suelo, salía de las paredes encaladas, se colaba por el cuello de la camiseta.

Las cigarras estaban en plena faena, ese sonido de sierra eléctrica que en agosto uno acaba confundiendo con el silencio.

Olía a salitre, a pino recalentado y, de fondo, insistente, a pescado friéndose en aceite bueno.

El estómago se me despertó de golpe y me acordé de que no había comido nada desde un sándwich triste en la estación de Sevilla.

—Huele a boquerones —dije.

—Es la hora. —Bruno se echó la maleta al hombro. La maleta que yo sabía lo que llevaba dentro, aunque él no supiera que yo lo sabía—. Aquí a la una y media el pueblo entero fríe. Antes hasta se olía desde el agua.

Lo de «antes» lo soltó sin darse cuenta y luego apretó los labios, como si se hubiera pillado los dedos con su propia frase.

No dije nada. Empezaba a entender que con Bruno, en este pueblo, las palabras tenían el doble de peso, y que yo había venido a hacer teatro sin saber que el escenario era la casa de otro.

El apartamento lo había reservado yo. Insisto en esto porque es importante para lo que viene: lo reservé yo, desde el móvil, a las once de la noche, con Marta dándome conversación por videollamada y opinando de la iluminación de cada foto.

«Ese, el de las contraventanas azules, que sale más mono en Instagram.»

Y yo, tan tranquila, le di a confirmar sin leer la letra pequeña, que es exactamente el tipo de gesto por el que luego una acaba metida en un lío que se merece.

La dueña se llamaba Loli y nos esperaba en el portal con un manojo de llaves y una bata de flores que le hacía juego con las buganvillas.

Nos hizo subir dos pisos por una escalera que olía a lejía y a fritanga, abrió una puerta de madera hinchada por la humedad y nos plantó delante de un apartamento pequeño, limpio, con vistas a un trozo de mar del tamaño de un sello.

—El de la reserva de la señorita Elena —dijo Loli, orgullosa—. La suite de matrimonio, la mejor que tengo.

La suite de matrimonio tenía una cama. Una. Grande, eso sí, con un cabecero de forja y una colcha de ganchillo que seguramente había tejido la abuela de alguien, pero una sola, en mitad de la habitación, ocupándolo todo como un hecho consumado.

Se me secó la boca.

—Loli —dije, con esa sonrisa mía de emergencia—, yo creo que pedí dos camas.

—Pidió matrimonio, mi niña. —Me enseñó el móvil, donde efectivamente ponía «hab. matrimonio», con la seguridad de quien lleva la razón y encima el papel—. Y menos mal, porque la de las dos camas se me inundó el jueves con lo del calentador. Aquí estáis divinos. Sois pareja, ¿no?

Bruno y yo nos miramos. Fue medio segundo, pero en medio segundo caben muchas cosas: el pacto, las cuatro reglas, la foto que Marta no había querido borrar, y sobre todo la certeza mutua y silenciosa de que negarlo ahora, en el rellano de Loli, tirando por tierra nuestra propia coartada,

sería la estupidez más grande del verano.

—Sí —dijo Bruno.

—Somos —dije yo, casi a la vez, y el «somos» me salió con una vocecita que no reconocí.

Loli nos dejó las llaves, un tríptico de restaurantes recomendados y la advertencia de que el agua caliente iba «a ratos, según el humor».

Cuando cerró la puerta, el apartamento se quedó en silencio, un silencio de cigarras y de cama única, y yo me dediqué a mirar por la ventana el sello de mar como si fuera lo más interesante que hubiera visto nunca.

—Yo duermo en el sofá —dijo Bruno.

Me di la vuelta. En el salón había un sofá de dos plazas, escaso, de esos que están pensados para sentarse a ver las noticias, no para meter dentro a un hombre de metro ochenta y pico.

—No cabes.

—He dormido en sitios peores.

—Bruno, no cabes ni doblado.

—Elena. —Dejó la maleta en el suelo, con cuidado, más cuidado del que le pones a una maleta normal, y yo aparté la vista porque sabía lo que había dentro—. No pasa nada. Es una cama. Dormimos y ya está. Somos dos adultos.

—Somos dos adultos —repetí, como si repetirlo lo hiciera verdad. Era la frase que la gente dice justo antes de comportarse como dos adolescentes—. Regla número cinco: una raya de almohadas en medio.

—No teníamos regla número cinco.

—La acabo de inventar. El contrato es un documento vivo.

Le vi el amago de sonrisa, ese que se le queda a medio camino, como si le diera pereza terminarlo.

Se fue a la ventana, la abrió del todo, y entró un golpe de aire caliente con olor a mar y el escándalo entero de las cigarras.

Se quedó ahí, apoyado en el marco, mirando el pueblo con una cara que no le había visto en meses de discutir por el tendedero.

Una cara de estar en casa y de que la casa le doliera un poco.

—¿Cuánto hacía que no venías? —pregunté, y en cuanto lo dije supe que me había metido donde no me llamaban.

—Tres años. —No se giró—. Desde el entierro.

Ahí me callé del todo. Fuera, en la placita, alguien llamaba a un niño a comer con esa cadencia de madre andaluza que hace tres sílabas de un nombre de dos. Y yo, con la mochila todavía puesta, pensé que había firmado un pacto sobre una boda y que sin querer me había colado en un duelo.

---

Comimos en un chiringuito de la playa grande, no en el suyo, porque el suyo llevaba cerrado desde aquello y ni se me ocurrió proponerlo.

Bruno pidió por los dos sin mirar la carta, como quien recita, y acertó en todo: chocos fritos, una ensalada de pimientos asados que sabía a domingo, y una jarra de tinto de verano que sudaba sobre el mantel de papel.

El sol pegaba en la lona a rayas y debajo se estaba fresco, con los pies en la arena y el mar a veinte metros haciendo su ruido de siempre.

—Explícame otra vez el árbol genealógico —dije, con un choco a medio camino de la boca—. Que mañana no quiero meter la pata delante de cuarenta señoras.

—Mi madre, Reme. El ex tuyo, Nando, es hijo de Paqui, que fue amiga de mi madre de toda la vida hasta que se pelearon por una tómbola de la iglesia en 2011.

—Espera. ¿Tu madre y la madre de mi ex son enemigas?

—Eran amigas. Ahora son dos señoras que se saludan en misa con la boca y se matan con los ojos.

—Untó pan en el aceite de los pimientos—.

Por eso puedo aparecer en la boda sin que sea raro.

Voy invitado por el lado de Nando, medio pueblo lo está.

Aquí a las bodas va todo el mundo, hayas hablado con el novio o no.

—¿Y tu tía?

Ahí paró. Masticó despacio, tragó, se limpió con la servilleta de papel que se deshacía.

—Mi tía Charo es la hermana de mi padre. Y ahora lleva El Ancla.

Solté el tenedor.

—¿Cómo que lleva El Ancla? El Ancla es vuestro. Tú me dijiste que estaba cerrado.

—Está cerrado como negocio de mi familia.

Cuando mi padre murió, mi madre no podía con todo, y yo estaba en Madrid, y mi tía...

mi tía se ofreció a llevarlo ella. Le pagamos un alquiler simbólico.

Ella pone el trabajo. —Se encogió de hombros con una violencia mal disimulada—.

Así no se pierde. Así sigue habiendo un Ancla, aunque no sea del todo el nuestro.

Me quedé recolocando las piezas. Todo este tiempo yo había imaginado un chiringuito con las persianas echadas y las sillas apiladas juntando polvo, un monumento a un padre muerto, y resulta que El Ancla seguía vivo, seguía sirviendo cañas y raciones, solo que con otra persona detrás de la barra.

Un Ancla que era suyo y no lo era. Entendí de golpe por qué el viaje le pesaba tanto: no volvía a un sitio cerrado. Volvía a ver a otro dueño en su casa.

—Bruno.

—No empieces.

—No iba a empezar nada.

—Ibas a poner la cara de pena. La conozco. Es la misma que pusiste cuando se me cayó el tendedero con la colada mojada.

—Esa no era cara de pena, era cara de que se te habían caído mis sábanas en tu geranio.

Y ahí, por fin, se rió. Una risa de verdad, corta, que le arrugó los ojos y le quitó cinco años de encima.

Un chico del pueblo comiendo chocos con arena en los pies.

Me quedé con esa imagen más de lo que el pacto contemplaba, y pensé en la foto de Marta, y me bebí medio vaso de tinto de golpe para tener algo que hacer con las manos.

---

A Cristina la conocimos esa misma tarde, y no estaba en el guion.

Habíamos bajado al pueblo a comprar agua y algo para desayunar, y en la puerta del único supermercado —un Coviran con el toldo descolorido y una nevera de helados zumbando en la acera— había una chica peleándose con una caja de cava que se le desmontaba entre los brazos.

Rubia, quemada por el sol de agosto, con un vestido de flores y esa cara de estar a punto de casarse y no haber dormido en tres días.

—¡Ay, por Dios, que se me cae! —Y se le cayó. La caja reventó contra el suelo y una botella rodó hasta mis pies sin romperse, de milagro.

Me agaché a cogerla. Ella se agachó a la vez, chocamos las frentes, nos reímos las dos con esa risa boba de dos desconocidas que se dan un cabezazo, y cuando levanté la vista me la encontré mirándome con una simpatía tan inmediata y tan sin doblez que me desarmó.

—Perdona, perdona, qué desastre. Es que llevo desde las siete con los preparativos y voy... —Se apartó el pelo de la cara—. Voy fatal, la verdad. Soy Cristina.

—Elena.

—Elena. —Lo dijo despacio, y algo se le encendió detrás de los ojos, no de malo, sino de esa gente que ata cabos rápido—. Elena. ¿La Elena de...?

Y entonces salió Bruno del súper con dos botellas de agua, y Cristina lo vio, y abrió mucho la boca.

—¡Anda! ¡Pero si es Bruno! Bruno, el de El Ancla.