El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 3. Ensayo general #3
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3. Ensayo general #3

—¡Verde! —grité, y me reí sola, en mi cuarto, doblando un vestido, y desde el otro lado del rellano lo oí reírse a él también, bajito, esa risa suya de un solo lado.

Crucé a su casa a devolverle una cosa, un cargador que se había dejado en mi salón la tarde del ensayo, y esa fue la primera vez que entré yo en su territorio.

Su casa es como la mía pero al revés, el espejo exacto, y sin embargo todo estaba en su sitio de una manera que a mí me resulta imposible.

Pocas cosas, pero puestas con intención.

Una estantería con más herramientas que libros.

Una foto de un perro que ya no debía de vivir.

Olía a él, a ese champú, y a café, y a algo más, a madera o a salitre, no supe.

La maleta estaba abierta encima de la cama, a medio hacer, con dos camisas de lino —una verde, me fijé, me fijé y me callé— dobladas con más cuidado del que un hombre así aparenta tener. Dejé el cargador en la mesilla y ya me iba cuando lo vi hacerlo.

Bruno vino del pasillo con algo en la mano.

Un marco. Pequeño, de esos de sobremesa, con el cristal un poco velado por los años.

Lo llevaba boca abajo contra el muslo, medio escondido, con ese gesto de quien no quiere que le pregunten, y lo metió en la maleta deprisa, entre las camisas, envuelto en un jersey para que no se golpeara.

Un jersey. En agosto. En la costa. Para proteger un marco.

Alcancé a verlo un instante, antes de que lo tapara.

No mucho. Un hombre. Un hombre en la puerta de un sitio, con delantal, secándose las manos en él, riéndose a la cámara con el gesto de quien lleva riéndose así toda la vida.

Y detrás de él, en la pared, un letrero pintado a mano, de esos que hace un rótulo de pueblo, con un nombre y un dibujo torpe de un ancla.

El Ancla.

No dije nada. Él tampoco. Cerró la cremallera de ese lado de la maleta con cuidado, la palmeó una vez como para asegurarse, y me miró con la cara de quien acaba de darse cuenta de que lo has visto y espera con toda su alma que no vayas a comentarlo.

Y yo, que soy incapaz de callarme casi nunca, que llevo meses ganándole todas las discusiones del tendedero a base de no cerrar la boca, me callé.

—Cargador en la mesilla —dije—. Que no se te olvide mañana.

—Gracias —dijo él.

—A las nueve abajo. Ni un minuto más, que con el atasco de agosto...

—A las nueve.

Me fui. En el rellano, con la puerta a medio cerrar, me detuve un segundo sin saber muy bien por qué.

Al otro lado se oyó el ruido de la cremallera abriéndose otra vez, y una pausa, y el silencio de un hombre mirando algo a solas, y luego la cremallera cerrándose de nuevo, esta vez despacio, sin prisa, como se cierra una cosa que uno no está seguro de querer llevar y aun así lleva.

Volví a mi casa. Terminé mi maleta sin ganas.

Metí el vestido de la boda, el bueno, el que me hacía parecer alguien que tiene la vida resuelta, y las sandalias que me matan pero que me quedan bien, y el neceser, y una rebeca por si refrescaba de noche, que en la costa refresca aunque en agosto nadie se lo crea.

Y me senté en el borde de la cama, con la maleta hecha y la casa en silencio, pensando en aquel marco.

Yo había firmado esto pensando que le hacía yo un favor a él y él a mí.

Un pacto entre dos personas que apenas se conocen, con cuatro reglas y una boda de por medio.

Un trato. Una comedia. Iba a Caleta Vieja a salvar la cara delante de mi ex, y punto.

Bruno venía de coartada, para volver a su pueblo sin tener que decir en voz alta que quería volver.

Pero un hombre que envuelve la foto de su padre en un jersey de invierno para que no se le golpee en la maleta no viaja de coartada.

Ese hombre viaja cargando algo. Y yo, sin comerlo ni beberlo, sin que estuviera en ninguna de las cuatro reglas, iba a estar a su lado cuando abriera esa maleta al llegar.

Iba a estar delante cuando volviera a ver el pueblo, y la cala, y el sitio cerrado donde antes había un padre con delantal secándose las manos y riéndose a la cámara.

Fuera, en la galería, se había quedado la ropa tendida de los dos, la mía y la suya, mezclada en la cuerda sin que ninguno hubiera vuelto a repartir el territorio desde aquella noche de las bragas de flores.

Me asomé antes de acostarme. Estaba todo quieto, sin viento, con esa calma pegajosa de la noche de julio, y las prendas colgaban juntas, las de mi mitad y las de la suya, sin discutir por primera vez en ocho meses.

Apagué la luz de la galería.

Mañana, Cádiz. Mañana, la boda del ex, la tía Charo, mi madre preguntando cuándo, el fotógrafo, las cuarenta señoras con el móvil.

Mañana, tener que agarrarnos delante de todos y que se lo creyeran, cosa que —después de aquella foto que Marta no había querido borrar— empezaba a preocuparme por motivos que no tenían nada que ver con que se lo creyeran los demás.

Y mañana, en algún momento, Bruno iba a abrir esa maleta.

Me dormí pensando en el color verde. En un mar que yo no conocía y él sí. Y en que había firmado, tan tranquila, un contrato en el que solo aparecía escrito lo mío, y en ningún renglón, en ninguna de las cuatro reglas, decía nada de lo que iba a costarle a él.