El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 3. Ensayo general #2
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3. Ensayo general #2

—¿Qué fotos?

—Las de la boda, Elena. Va a haber fotos. Va a haber un fotógrafo profesional y va a haber cuarenta señoras con el móvil. Y la gente enamorada se toca. Se agarra. No van los dos tiesos como en el DNI.

—Nos agarramos y ya está —dije—. No tiene tanta ciencia.

—Enséñame.

—¿Cómo que te enseñe?

—Agarraos. Para una foto. Venga, que yo os la hago con el móvil y vemos si coláis o si parecéis dos que se acaban de conocer en la sala de espera del dentista.

Bruno me miró. Yo miré a Bruno. Ninguno de los dos se movió, y ese no moverse ya era, en sí mismo, la respuesta a la pregunta de Marta, porque una pareja de verdad no se lo piensa tanto. Una pareja de verdad se toca sin agenda.

—Está bien —dije, porque callarme me pareció peor—. Ponte.

Nos levantamos los dos a la vez, chocamos un poco los hombros al enderezarnos en ese espacio pequeño entre el sofá y la mesa, y nos reímos otra vez esa risa incómoda de quien no sabe dónde poner el cuerpo.

Bruno es más alto de lo que parece desde la galería.

Desde la galería es una cabeza y unos hombros al otro lado del patio.

De pie, a mi lado, en mi salón, con la lámpara dándole de refilón, era todo un hombre ocupando un espacio que yo tenía muy medido y muy mío.

—¿Cómo lo hago? —preguntó, y por primera vez en toda la tarde sonó inseguro de verdad, no de broma.

—Pues... —dije—. Me pasas el brazo. Por detrás. Por la cintura o por el hombro, lo que te salga.

Me pasó el brazo por el hombro, rígido, con la mano en el aire sin llegar a apoyarla, como quien sostiene algo que teme romper.

—Así no —dijo Marta desde detrás del móvil—. Así parece que le estás tomando la tensión. Apoya la mano, hombre.

Bruno apoyó la mano. Fue solo eso: una mano, en la parte de arriba de mi brazo, un poco fría todavía de la cerveza.

Y yo, que había pasado ocho meses discutiendo con este hombre y tres días firmando pactos, noté cómo se me erizaba la piel por debajo de la manga de una forma que no le pude explicar a nadie, y menos a mí misma.

No fue nada. Fue una mano. La gente se toca todo el día.

Y sin embargo me quedé muy quieta, con la respiración a medio hacer, y él también se quedó muy quieto, y Marta, que iba a decir algo gracioso, no lo dijo.

—Ahora tú —dijo Marta, en voz más baja, como quien no quiere despertar a alguien—. Ponle tú una mano a él. Elena. En el pecho o donde sea. Que se vea natural.

Le puse la mano en el pecho. Sentí, por debajo de la camiseta gris, el latido, más rápido de lo que un hombre tan tranquilo tenía derecho a tener.

Levanté la vista. Él ya me estaba mirando.

Y hubo un segundo —uno, lo juro, pero de esos que se estiran— en que ninguno de los dos dijo nada y no hizo falta que Marta nos dirigiera, porque el silencio se dirigió solo, y fue un silencio que se pareció peligrosamente poco a un ensayo.

—Ya está —dijo Bruno, apartándose primero, aclarándose la garganta—. Ya la tienes.

—La tengo —dijo Marta, mirando el móvil con una sonrisa que no me gustó nada—. Vaya si la tengo.

Me enseñó la foto. Éramos dos personas agarradas, mirándose, con la luz amarilla de mi salón por detrás. Cualquiera diría que llevábamos años. Cualquiera diría muchas cosas.

—Coláis —dijo Marta, y guardó el móvil en el bolsillo antes de que ninguno de los dos pudiéramos pedirle que la borrara—. Coláis de sobra. El problema no va a ser que no os crean. El problema va a ser otro.

—¿Cuál —dije, aunque no quería saberlo.

—Ya lo descubrirás —dijo ella, y se fue a la cocina a por más aceitunas, tan feliz, dejándome con la mano todavía tibia y con la clara sensación de que mi mejor amiga sabía algo de mí que yo aún no me había dicho.

Bruno se fue poco después. Dijo que tenía que madrugar, aunque yo sé que Bruno no madruga, que lo oigo por la pared moverse a las tantas y levantarse tarde.

Pero le dejé la mentira, igual que él me deja a mí las mías, que empiezo a pensar que es la base de todo esto, dejarnos las mentiras el uno al otro sin señalarlas.

Marta se quedó a recoger, que en su idioma quiere decir quedarse a interrogarme.

—No me digas nada —le advertí, apilando los platos.

—No he dicho nada.

—Tienes la cara de ir a decir algo.

—Tengo la cara de siempre.

—Marta.

Suspiró. Se apoyó en la encimera, con el trapo en la mano, y por una vez habló en serio, sin comillas en el aire ni ruiditos de lengua.

—Elena. Te conozco desde primero de carrera.

Te vi con Nando tres años y nunca, ni una vez, te puse una mano en el brazo delante de otra persona sin que se te erizara media España.

Eso de antes no es teatro. O no es solo teatro.

Y no pasa nada. Solo... —dejó el trapo—.

Solo ten cuidado con firmar reglas para un juego en el que ya vas perdiendo.

—No voy perdiendo nada.

—Vale.

—Es un favor. Entre vecinos. Con reglas.

—Vale, cariño.

—Deja de decir «vale» así.

—Vale —dijo, y me dio un beso en la sien, y se fue, dejándome sola con los platos, la pared fina y el eco de una mano en el brazo que se negaba a apagarse.

La víspera del viaje hicimos las maletas. Cada uno la suya, cada uno en su casa, pero con la puerta del rellano abierta de par en par, gritándonos cosas de una casa a otra como llevábamos meses haciendo, solo que esta vez las cosas eran distintas.

—¿Llevo corbata? —gritó Bruno desde su habitación.

—¡Es una boda de playa! —grité yo desde la mía—. Nadie lleva corbata en una boda de playa, se te llena de arena y de complejos.

—Yo tengo una corbata.

—Pues déjala en casa. Lino. Camisa de lino. Si tienes.

—Tengo lino.

—Pues lino.

Un silencio. El ruido de un cajón.

—¿De qué color? —volvió a gritar.