El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 3. Ensayo general
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3. Ensayo general

Marta llegó el jueves a las siete de la tarde con una bolsa del chino, dos cervezas y la cara de quien viene a divertirse a costa de otro.

—A ver. Cuéntamelo otra vez desde el principio, pero despacio, que me lo quiero saborear.

La había llamado el martes en un momento de flaqueza, cuando todavía tenía el cuaderno de las cuatro reglas encima de la mesa y no me había atrevido a apartarlo, como si moverlo lo hiciera más real o menos real, ya no sabía.

Se lo conté por teléfono en versión resumida, la de titulares, y ella soltó un grito que debieron de oír hasta en la panadería de abajo.

Desde entonces me había mandado catorce audios y dos memes.

Ahora venía en persona a rematar la faena.

Se sentó en mi sofá con las piernas cruzadas, abrió una cerveza contra el canto de la mesa como hacía su padre y esperó. Marta espera muy bien. Es su gran talento social. Se calla y te mira, y una acaba contándole cosas que no pensaba contarle ni a un notario.

—No hay tanto que saborear —dije—. Le pedí a Bruno que finja ser mi novio en la boda de Nando. Dijo que sí. Firmamos unas reglas. Ya está.

—«Ya está» —repitió, poniendo comillas en el aire con los dedos pegajosos de rollito—. Elena, cariño. Llevas ocho meses hablándome de ese hombre.

—Quejándome de ese hombre.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—En verano es lo mismo.

Dejé la frase pasar porque discutir con Marta en esa dirección es como discutir con el oleaje: puedes, pero acabas mojada y sin haber convencido a nadie.

Le acerqué el bol de las aceitunas para tener las manos ocupadas y me senté enfrente, en la silla que cojea, esa que reservo para las visitas de las que quiero librarme pronto.

Con Marta no funciona. Marta se pone cómoda en cualquier sitio, hasta en una silla que cojea.

—El problema no es que haya dicho que sí —dije—. El problema es que ahora tenemos que parecer una pareja. Delante de gente que me conoce desde los quince años. Delante de mi madre.

—¿Va tu madre?

—Va todo el mundo, Marta. Es la boda del pueblo del año. Va mi madre, va mi tía, va la peluquera que me cortaba el flequillo torcido, va la señora del estanco. Va Nando, evidentemente, que es el que se casa.

—Con la tal Cristina.

—Con la tal Cristina.

Marta hizo un ruidito con la lengua, ni bueno ni malo, el ruidito que hace cuando archiva un dato para usarlo más tarde.

—Vale. Entonces necesitáis un guion.

—Necesitamos un guion.

—Y por eso estoy yo aquí.

No, pensé. Estabas aquí porque te has autoinvitado y porque no te lo perderías por nada del mundo.

Pero no lo dije, porque en el fondo agradecía que estuviera.

La casa llevaba dos días demasiado silenciosa, con esa pared fina de por medio y Bruno al otro lado haciendo la vida de Bruno, que consiste sobre todo en ruidos que no logro identificar: arrastrar algo, dejar de arrastrarlo, un grifo, una risa breve al teléfono que se corta enseguida.

Vivo pegada a un desconocido del que ahora tengo que fingir que lo sé todo.

Llamé a su puerta a las ocho, cuando Marta ya iba por la segunda cerveza y por la teoría de que Bruno y yo teníamos «una tensión de manual».

Abrió con una camiseta gris y el pelo mojado, como si acabara de ducharse, y por un segundo no supe qué cara poner, porque en la galería, discutiendo por el tendedero, Bruno es una silueta a contraluz y un tono de voz.

De cerca, en el rellano, con la luz amarilla de la escalera, es un hombre que huele a champú y que me mira con las cejas un poco levantadas, esperando.

—Tenemos que ensayar —le solté.

—Buenas noches a ti también.

—Está Marta. Es mi mejor amiga. Nos va a ayudar.

—¿Necesitamos ayuda?

—Bruno. Ni siquiera sabemos desde cuándo salimos.

Se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos, y aquello, lo de cruzarse de brazos, ya lo tenía yo fichado como su gesto de cuando va a llevarme la contraria.

—Desde hace tres meses —dijo—. Nos conocimos porque tú robabas cuerda de tendedero y yo te lo afeé. Discutimos. Una cosa llevó a la otra. Fin.

—Eso no se lo cree nadie.

—Es exactamente lo que ha pasado. Menos lo de una cosa llevó a la otra.

—Por eso no se lo cree nadie —dije—. Es demasiado verdad. La verdad nunca parece verdad. Anda, entra.

Entró. Vi el segundo exacto en que dudó en el umbral, la mano todavía en su propio pomo, mirando mi salón como se mira una piscina antes de saber si el agua está fría.

Nunca había estado en mi casa. Ocho meses de pared compartida y era la primera vez que cruzaba a mi lado.

Se me hizo raro. A él también, se le notó, aunque lo disimuló mirando mis estanterías con esa atención exagerada que ponemos cuando no sabemos dónde meternos.

—Tú eres el vecino —dijo Marta desde el sofá, sin levantarse, examinándolo de arriba abajo con el descaro de quien lleva dos cervezas—. El del tendedero.

—Y tú la que va a ayudarnos.

—Yo soy la que va a disfrutar. Ayudar es un efecto secundario. —Le tendió la mano sin moverse un centímetro, obligándolo a acercarse él—. Marta.

—Bruno.

—Ya sé cómo te llamas. Llevo meses oyendo tu nombre en tono de amenaza.

—Marta —dije.

—¿Qué? Es un cumplido. Casi.

Bruno se sentó en el otro extremo del sofá, lo más lejos de Marta que la física permitía, y yo arrastré la silla coja para ponerme en el vértice, entre los dos, con el cuaderno de las reglas otra vez en las rodillas porque me daba algo que sujetar.

Nos quedamos así un momento, los tres, como en una reunión de comunidad a la que nadie tenía muchas ganas de venir.

—Bueno —dije—. La historia. Necesitamos una historia coherente. Porque en cuanto lleguemos, mi tía Charo te va a hacer un interrogatorio que ya lo quisiera la Guardia Civil.

—Empieza por lo fácil —dijo Marta, poniéndose seria de golpe, en modo directora de escena—. ¿Cómo os conocisteis? Y no me digáis que por el tendedero, porque en una boda eso queda de cutre.

—Es la verdad —dijo Bruno.

—Nadie ha venido aquí a por la verdad, guapo.

Me hizo gracia ver cómo Bruno encajaba a Marta.

No se defendía mucho, pero tampoco se dejaba avasallar; contestaba justo, con una media sonrisa que le salía de un lado, y volvía a callarse.

Yo estaba acostumbrada a discutir con él a gritos de una galería a otra, y verlo ahí sentado, contenido, midiendo, me descolocaba un poco.

Era como conocer a alguien por su reflejo en el agua durante meses y de pronto verle la cara.

—Vale —dije—. Inventemos algo bonito. Nos conocimos... en el rellano, eso lo dejamos, porque si mi madre pregunta y decimos otra cosa nos pillan. Somos vecinos. Pero le damos... barniz.

—Barniz —repitió Bruno.

—Que en vez de que nos odiáramos por el tendedero, digamos que empezamos hablando por el tendedero. Que tú me dejabas notas.

—Yo no dejo notas.

—Fingimos que dejabas notas.

—¿Qué clase de notas?

—Notas simpáticas. «Perdona por invadirte la cuerda». Cosas así.

—Yo nunca me disculparía por eso, porque la cuerda es mía por reglamento de comunidad —dijo—. La mitad de la izquierda es del segundo. Lo pone en el acta de 2019.

—Bruno.

—Es un dato objetivo.

Marta se estaba riendo con la cerveza a medio camino de la boca, encantada, viviendo su mejor tarde de julio. Levantó una mano para pedir la palabra como en el colegio.

—Perdonad. Me está gustando mucho esto de que discutáis por el acta de la comunidad mientras fingís estar enamorados. Seguid. No, en serio. Es oro.

—No estamos discutiendo —dijimos Bruno y yo a la vez.

Nos miramos. Marta se tapó la cara con las dos manos y emitió un sonido largo, agudo, de fangirl en un concierto. La ignoré con toda la dignidad de la que fui capaz, que no fue mucha, porque noté que me subía el calor a las orejas y las orejas son mi punto débil, siempre me delatan.

—A ver —dije, muy digna, muy profesional—. La versión oficial. Nos conocimos como vecinos hace ocho meses. Al principio nos llevábamos regular. Con los meses, la cosa cambió. Hace tres empezamos a... lo que sea. Salir. Es sencillo, es casi verdad y no tiene agujeros.

—«Lo que sea» —dijo Bruno—. Muy romántico. Vas a emocionar a la tía Charo.

—Tú a la tía Charo la vas a emocionar respirando, no te preocupes. Le gustan los hombres callados. Dice que los que hablan poco es que piensan mucho.

—Se va a llevar una decepción conmigo, entonces.

Lo dijo sin mirarme, mirándose las manos, y me reí antes de darme cuenta de que me estaba riendo.

Una risa corta, tonta, de las que se te escapan.

Bruno levantó la vista al oírla y algo le cambió en la cara, un ablandamiento mínimo, como cuando el sol de la tarde le da al agua y de pronto ves el fondo.

Duró nada. Marta, por supuesto, lo pescó al vuelo, porque Marta pesca todo, y volvió a taparse la cara, y esta vez ni intenté ignorarla.

—Vale, ya —dije—. Al lío. Datos concretos. ¿Tu color favorito?

—¿En serio me vas a preguntar el color favorito?

—Charo pregunta esas cosas. Y luego las cruza. Es como un algoritmo, pero con permanente.

—Verde —dijo Bruno.

—Verde no vale, verde lo dice todo el mundo.

—Me has preguntado mi color favorito y te he dicho mi color favorito. Si querías otro, no preguntes.

—Es que verde es muy soso.

—Pues me gusta el verde. El verde del agua cuando no está ni azul ni gris, ese día que está entre las dos cosas y se pone como... —se paró. Cerró la mano en el aire, buscando la palabra, y la abrió sin encontrarla—. Da igual. Verde.

Marta y yo nos quedamos calladas un segundo, y fue un segundo distinto de los otros.

Porque aquello no había sonado a guion. Había sonado a un hombre acordándose de un mar concreto, en un sitio concreto, y no era el mar de aquí, que aquí no hay mar, aquí hay una galería con vistas a otra galería y un tendedero en disputa. Era otro mar. Uno que él conocía bien.

—Vale —dije, más bajito—. Verde.

Lo apunté en el cuaderno. No sé por qué lo apunté. No era un dato para la boda. Fue como recoger algo que se le había caído sin querer.

Marta se levantó a por la tercera cerveza y aprovechó el viaje a la cocina para dejarnos solos treinta segundos, que es exactamente el tiempo que necesita Marta para armar un lío. Desde el pasillo, con la cabeza asomada por la puerta de la nevera, dijo:

—Lo de las fotos lo tenéis que practicar, ¿eh?