2. El trato #2
—¿Y por qué no vas? —pregunté, y me arrepentí a la mitad, porque lo pregunté con la boca de quien negocia y no con la de quien pregunta de verdad—. Lo del chiringuito, digo. Si es tuyo. Si te reclaman ir.
Bruno me miró un rato largo. Estaba decidiendo cuánto contarme, y yo estaba conteniendo la respiración para no espantarlo.
—Mi padre murió hace dos años —dijo—. En agosto.
Y yo no he vuelto desde entonces. El chiringuito lo dejamos cerrado.
Mi madre no quiere venderlo y no puede llevarlo, y yo no quiero saber nada y no puedo ignorarlo, y entre unas cosas y otras el ayuntamiento se ha cansado de que nadie firme nada, y ahora hay una fecha, y la fecha es de aquí a un mes,
y yo llevo tres semanas con esa carta doblada en el bolsillo sin decidir qué hacer con mi vida.
Lo dijo del tirón, sin pausas, como quien se arranca una tirita. Y luego se calló, como sorprendido de haberlo dicho, y miró hacia la ventana, hacia el tendedero, hacia el territorio neutral donde nos entendíamos mejor.
No dije «lo siento». Ya se lo había dicho antes por el atún, en broma, y me pareció que gastarlo ahora en serio lo abarataba. Serví más café aunque no quedaba. Fue un gesto tonto, verter una cafetera vacía sobre una taza medio llena, pero necesitaba hacer algo con las manos.
—Entonces tienes que ir —dije.
—No tengo que hacer nada.
—Tienes una fecha y un requerimiento oficial.
Eso en el idioma de los ayuntamientos significa que tienes que hacer algo.
Y da la casualidad de que yo tengo una boda el mismo fin de semana, en el mismo pueblo, y una coartada perfecta para que aparezcas por allí sin tener que explicarle a nadie por qué has vuelto.
Bruno giró la cabeza despacio.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que si vas por tu cuenta, todo el pueblo va a saber que Bruno el del Ancla ha vuelto por lo del chiringuito, y va a haber miradas, y va a haber señoras que te cojan de la cara, y alguien te va a decir lo mucho que se parece tu perfil al de tu padre,
y vas a tener que estar dos días siendo el hijo que vuelve.
—Vi que tragaba saliva—. Pero si vas conmigo, eres el novio de la de la boda.
Eres un forastero que pasaba por allí. Nadie te mira a ti, me miran a mí, que soy la exnovia despechada que aparece con un arquitecto guapo para restregárselo al que la dejó.
Tú, de fondo. Tú puedes ir al chiringuito, hacer lo que tengas que hacer, firmar lo que tengas que firmar, y volver, y nadie te va a preguntar cómo estás.
Se quedó callado. Esta vez el silencio era otra cosa. Era un silencio que calculaba, sí, pero también un silencio que quería creerme.
—Sería una excusa —dijo, casi para sí.
—Sería una excusa perfecta. Para los dos. Yo no aparezco sola, tú no apareces como quien vuelve. Los dos fingimos que estamos ahí por una cosa cuando en realidad estamos ahí por otra. —Me encogí de hombros—. No sé tú, pero a mí eso me suena a que nos entendemos.
Bruno se separó del marco de la puerta. Se acercó a la encimera, cogió su taza vacía, la miró como si le sorprendiera que estuviera vacía, y la dejó otra vez.
Fuera, en la galería de enfrente, las bragas de flores seguían ondeando en mi mitad de la cuerda, y por una vez ninguno de los dos las mencionó.
—Una condición —dijo.
—Dime.
—Que quede claro que no lo hago por ti.
—Faltaría más.
—Lo hago porque me viene bien. Porque necesito ir de todas formas y tu boda me ahorra tener que dar explicaciones. Es un intercambio. Un trato. No es un favor.
—Un trato —repetí—. Me parece perfecto. De hecho, prefiero un trato. Los favores hay que agradecerlos y los tratos solo hay que cumplirlos.
Y por primera vez desde que había leído la palabra «cese» en aquella carta, Bruno sonrió otra vez.
No la sonrisa fácil de antes, la de quien no se toma nada en serio.
Una más pequeña, torcida, de las que se le escapan a la gente cuando reconoce en otra persona la misma clase de cobardía valiente que gasta uno.
—Vale —dijo—. Trato. Pero con reglas.
—Me encantan las reglas.
—Que no me sorprende.
Saqué un cuaderno del cajón de los cachivaches, uno de esos con espiral que llevo comprando en la papelería de la esquina desde que descubrí que hacer listas me da la ilusión de controlar mi vida.
Me senté a la mesa. Bruno se sentó enfrente, y fue rarísimo, tenerlo sentado a mi mesa después de ocho meses de hablarnos a gritos entre ventanas.
De cerca era otra persona. De cerca se le veían dos canas en la sien y una cicatriz pequeña en la ceja que desde la galería nunca se apreciaba.
—Regla número uno —dije, y escribí «REGLAS DEL PACTO» arriba, subrayado dos veces—. Habitación separada. Siempre. No me importa lo que digan las tarjetas de la boda ni si nos ponen en el mismo cuarto por defecto: tú duermes en un sitio y yo en otro.
—Regla número uno aceptada con entusiasmo —dijo—. Ronco.
—Lo sé. Te oigo por la pared.
—No me oyes por la pared.
—Te oigo perfectamente. Roncas como un motor diésel arrancando en invierno.
Se llevó una mano al pecho, ofendidísimo, y yo escribí la regla dos para no reírme.
—Regla número dos. Nada de apodos cursis sin previo aviso. Ni «cariño», ni «mi amor», ni «mi vida», ni «cielo». Si en algún momento hace falta uno delante de la gente, lo pactamos antes con la mirada. No quiero que me llames «gordita» de repente y tener que fingir que me hace ilusión.
—Yo jamás te llamaría «gordita».
—Sé razonable, Bruno. La gente en las bodas se llama cosas horribles.
—«Churri» —dijo él, muy serio—. Podría llamarte «churri».
—Te tiro el café encima.
—Anótalo. Regla dos: prohibido «churri». Es importante que conste.
Lo anoté. Entre paréntesis, «(prohibido churri)», y él lo leyó del revés y asintió con la gravedad de quien firma un tratado de paz.
—Regla número tres. —Aquí bajé un poco la voz sin darme cuenta—.
Nada de preguntas sobre la vida del otro.
Ni yo te pregunto por tu padre, ni por el chiringuito, ni por lo que sea que llevas diez años quitándote de encima.
Ni tú me preguntas por mi ex, ni por qué le dije a Marta que era feliz cuando no lo era, ni por el piso que vendí con pérdidas.
Cada uno tiene su cala cerrada. No se entra.
Bruno se quedó mirando el cuaderno. Luego a mí. Se le puso una cara distinta, más suave, y por un momento pensé que iba a decir algo que estropeara el tono, algo demasiado sincero para un martes por la mañana con dos cafés fríos de por medio.
—Esa me gusta —dijo solamente—. Esa la firmo con sangre.
—Con boli basta.
—¿Alguna más?
Lo pensé. Miré la lista. Tres reglas me parecían pocas para el tamaño de la mentira en la que me estaba metiendo, pero también me di cuenta de que cuantas más reglas escribiéramos, más nos estábamos prometiendo cosas,
y que a lo mejor la gracia de un trato así estaba en dejar espacio para lo que no cabía en una lista.
—Una última —dije—. Regla número cuatro. Cuando esto acabe, cuando volvamos, cuando cada uno haya conseguido lo que iba a conseguir… no hay que hablar de ello nunca más. Volvemos a ser los vecinos que se pelean por el tendedero. Como si no hubiera pasado. ¿De acuerdo?
Y ahí Bruno tardó en contestar. Fue el único momento de toda la mañana en que tardó de verdad, no por hacerse el interesante, sino porque estaba pensándolo.
Cogió el boli, que yo había dejado sobre la mesa, y le dio vueltas entre los dedos, y miró un momento hacia la ventana, hacia el tendedero, hacia la mitad de la cuerda que llevábamos ocho meses disputándonos como si en ello nos fuera algo.
—De acuerdo —dijo—. Regla cuatro. Como si no hubiera pasado.
Firmó. Firmó de verdad, con su nombre entero al pie de la lista, con una floritura en la última letra, y luego me pasó el boli para que firmara yo, y lo hicimos, los dos, en un cuaderno de espiral de la papelería de la esquina, un contrato que no valía nada ante ningún juez y que sin embargo,
no sé por qué, me pareció el documento más serio que había firmado en mucho tiempo.
—Bueno —dijo, levantándose—. Pues ya está. Somos novios.
—Falsos.
—Falsos. Miguel Ángel y Elena.
—No me llames Miguel Ángel.
—Es tu novio, técnicamente yo soy tú. —Se estiró, miró la hora en el reloj de la cocina—. ¿A qué hora salimos el quince?
—Temprano. Son seis horas hasta Cádiz y no quiero llegar con la lengua fuera.
—Seis horas. Contigo. En un coche.
—Puedes bajarte en cualquier área de servicio y volverte andando.
—Lo tendré en cuenta.
Se fue hacia la puerta. La abrió. Y antes de salir, se giró, con esa media sonrisa torcida que le había descubierto esa mañana, la que no era de burla sino de otra cosa.
—Elena.
—¿Qué?
—Gracias. Por lo de la excusa. Por no preguntar.
—Es la regla tres. No preguntar es gratis.
—Ya. Pero gracias igual.
Y cerró la puerta, y oí sus pasos por el rellano, y el crujido del tercer escalón, y luego la puerta de enfrente, y luego el silencio de siempre, el de dos casas separadas por una pared fina.
Me quedé sentada a la mesa con el cuaderno abierto delante, mirando las dos firmas al pie de las cuatro reglas, y con el café definitivamente frío, y con la extraña sensación de que acababa de cerrar un trato que iba a costarme mucho más de lo que había pensado pagar.
Fuera, en la galería, se levantó un poco de aire de esos de primeros de verano, tibio y salado aunque el mar quedara lejísimos, y las bragas de flores de Bruno se soltaron de la pinza y cayeron rectas sobre mi mitad de la cuerda, y se quedaron ahí, colgando en mi territorio,
como si supieran algo que yo todavía no.
Las dejé.
Por una vez, las dejé.