2. El trato
Bruno tardó exactamente el tiempo que se tarda en no querer venir.
Escuché la puerta de enfrente, sus pasos por el rellano, el crujido del tercer escalón que lleva quejándose desde antes de que yo llegara al edificio, y luego el silencio de alguien que se ha parado delante de mi puerta a decidir si de verdad le apetece meterse en lo que sea que le espere al otro
lado.
Abrí antes de que llamara.
—No he traído nada —dijo, como si le hubiera invitado a una cena y no a un café que le acababa de prometer hacía diez minutos.
—Es que no hacía falta que trajeras nada. Ese es el concepto del «te invito».
Pasó. Miró mi salón con esa curiosidad descarada de quien nunca ha estado en la casa del vecino con el que discute todos los días.
Y es raro, ¿no? Llevábamos ocho meses de guerra fría por metro cuadrado de tendedero y no había puesto un pie en mi territorio.
Lo conocía todo de él —la hora a la que ponía la lavadora, que cantaba fatal boleros los domingos, que recibía a una señora los martes que resultó ser su asistenta y no lo que la vecina del segundo insinuaba—, pero no había visto nunca cómo se movía dentro de una habitación.
Se movía como si midiera las salidas.
—Bonito —dijo, señalando el sofá con la barbilla—. Más ordenado de lo que esperaba de alguien que deja el tendedero como un campo de batalla.
—El tendedero lo dejas tú.
—Eso es una cuestión de perspectiva.
—Es una cuestión de cuerda. Mi mitad, tu mitad. Como Alemania.
—Alemania se reunificó, Elena.
Me di la vuelta hacia la cocina para que no me viera sonreír, porque una de las reglas no escritas de nuestra convivencia era no darle nunca la satisfacción de haber tenido gracia.
Puse la cafetera. Él se apoyó en el marco de la puerta, cruzado de brazos, ocupando el hueco entero con esa manera que tienen algunos hombres altos de estar siempre un poco en medio.
—Bueno —dijo—. Suéltalo. ¿Qué es eso de que voy a salvarte la vida? Porque tengo que decirte que como bombero soy un desastre. Le tengo miedo hasta al horno.
Serví dos tazas. Le pasé la suya sin preguntarle cómo lo tomaba, porque lo sabía: solo, sin azúcar, la única cosa amarga que se metía en el cuerpo por voluntad propia. Otra de esas cosas que sabes de un vecino sin haberlas preguntado nunca.
—Mi ex se casa —dije—. El quince de agosto.
Bruno esperó, la taza a medio camino de la boca, con la expresión de quien intuye que hay más y no le va a gustar.
—Vale —dijo despacio—. Lo siento, supongo. ¿Le tenías cariño?
—Le tenía tres años y un piso a medias que tuve que vender con pérdidas. Cariño es una palabra generosa.
—Entonces no lo siento.
—Gracias.
—¿Y el problema es…?
Ahí estaba la parte difícil. La que había ensayado mentalmente mientras subía él las escaleras y que ahora, dicha en voz alta en mi propia cocina, sonaba exactamente igual de estúpida que en mi cabeza.
A veces las ideas necesitan quedarse dentro, donde están calientes y tienen sentido.
En cuanto salen a la intemperie se les ve la costura.
—El problema es que le dije que iba con alguien.
Silencio. Un sorbo de café. Bruno tiene una manera de quedarse callado que es peor que cualquier cosa que pudiera decir, porque en ese silencio cabe toda la valoración de tu vida.
—¿Le dijiste.
—Se lo dije a Marta, que es la prima de él y amiga mía, que es una historia larga y desafortunada, y Marta se lo dijo a la novia, y la novia, que se ve que es de las que necesita cuadrar la lista de invitados como quien cuadra un balance,
me mandó un mensaje encantador preguntándome el nombre completo de mi acompañante para las tarjetas de la mesa.
—Y tú le diste un nombre.
—Le di un nombre.
—¿Mío?
—No seas ridículo. Le di el nombre de un hombre que no existe.
—Ah, mejor. Mucho más sólido.
Dejé la taza en la encimera con más fuerza de la necesaria.
—Se me ocurrió sobre la marcha, ¿vale? Estaba en el súper, entre los yogures y el pasillo de las conservas, y me llegó el mensaje, y en lugar de escribir «voy sola» como una persona adulta con la autoestima en su sitio, escribí «se llama…» y miré lo primero que vi, que era una lata de atún.
Bruno se quedó muy quieto.
—No.
—El atún era de la marca Miguel Ángel. Ahora tengo un novio ficticio que se llama Miguel Ángel y que, según le he ido contando a Marta a lo largo de tres semanas de mentiras acumuladas por inercia, es arquitecto, hace escalada y me trata como a una reina.
—Miguel Ángel. Arquitecto. Como el de la Capilla Sixtina.
—No lo hice a propósito.
—Elena, tu subconsciente te ha buscado un novio renacentista.
Y entonces se rió. Se rió de verdad, con ganas, echando la cabeza hacia atrás, y yo, que había preparado toda una defensa jurídica de mi dignidad, me quedé sin argumentos porque, dicho así, en voz alta, en mi cocina, con el café de por medio, era ridículo.
Era objetivamente ridículo. Me reí yo también, un poco a mi pesar, con esa risa de rendición que sale cuando ya no hay nada que salvar.
—El caso —dije cuando conseguí recomponerme— es que Miguel Ángel no puede ir a la boda porque no existe.
Y yo no puedo aparecer sola después de tres semanas contando que mi novio arquitecto me lleva en volandas por la vida.
Así que necesito un Miguel Ángel de carne y hueso durante un fin de semana. Uno que sepa fingir que me aguanta.
Bruno dejó de reírse poco a poco. Vi el momento exacto en que entendió que le estaba pidiendo algo de verdad, que no era una anécdota que le contaba para amenizarle el café. Se le borró la sonrisa como se borra la marca de la marea, sin prisa pero del todo.
—No —dijo.
—Todavía no te he preguntado nada.
—Me estás preguntando si quiero fingir que soy tu novio en una boda. Y la respuesta es no. Con cariño, pero no.
—¿Por qué no?
—Porque las bodas son un campo minado, porque no te conozco de nada salvo por el tendedero, porque yo qué sé cómo se coge de la mano una arquitecta que no es arquitecta…
—Yo no soy arquitecta. Miguel Ángel es arquitecto. Yo soy yo.
—Peor todavía. Tengo que fingir que soy Miguel Ángel siendo Bruno. Es teatro dentro del teatro. Ni Shakespeare.
—Te pagaría —dije, aunque no había pensado hasta ese segundo si tenía con qué—. O te haría algo. Comidas. Un mes de comidas. Cocino bien.
—No lo dudo, hueles la casa a guiso los domingos y me dan ganas de llorar. Pero no.
Y ahí se me acabó la munición. Me apoyé en la encimera y solté el aire despacio, mirando el café, pensando que a lo mejor tendría que llamar a mi hermana y pedirle que se cortara el pelo, se pusiera un traje y fingiera ser Miguel Ángel,
que al menos la familia guarda los secretos por vergüenza propia.
Bruno se terminó su café. Dejó la taza. Se palpó el bolsillo trasero del pantalón con ese gesto automático de quien comprueba que lleva las llaves, y al hacerlo se le cayó al suelo un papel doblado en cuatro.
Se agachó a cogerlo con una rapidez que no le había visto en ocho meses.
Bruno hace todo con calma. Bruno tarda en tender, tarda en bajar la basura, tarda en contestar cuando le hablas por la ventana como si el tiempo fuera algo que a él le sobra.
Pero por ese papel se movió como si le fuera la vida, y por eso, exactamente por eso, yo fui más rápida.
Lo pisé.
—Elena.
—¿Qué es?
—Nada. Quita el pie.
—Es un sobre. Estaba en un sobre. Lo he visto.
—Es correo. La gente recibe correo. Quita el pie, va en serio.
Pero yo ya me había agachado, y él también, y durante un segundo absurdo los dos estuvimos en cuclillas en mi cocina peleándonos por un papel como dos niños por un cromo.
Gané yo porque él, en el último momento, aflojó.
No sé si porque es un caballero o porque calculó que forcejear conmigo en el suelo era más humillante que dejarme leer.
Me quedé el papel. Me levanté. Él se quedó abajo un segundo más, con la cabeza gacha, y luego se incorporó despacio, y ya no tenía la cara de quien se ríe de las cosas.
Lo desdoblé.
Era una carta. Membrete de un ayuntamiento —el de Caleta Vieja, decía arriba, con un escudo de esos con un ancla y unas olas que parecían llamar desde muy lejos a un mar que allí, en mi cocina de secano, no había manera de oler—,
un lenguaje de esos administrativos que consiguen que hasta una buena noticia parezca una multa.
Leí por encima, buscando el sentido entre tanto «en relación con» y «según lo dispuesto».
Y lo encontré. Concesión administrativa.
Local de dominio público marítimo-terrestre.
Chiringuito «El Ancla». Requerimiento para regularizar la titularidad o proceder al cese de actividad.
Un plazo. Una fecha. Y un nombre, el de Bruno, apellidos incluidos, como titular o heredero de la concesión, requerido a presentarse.
Levanté la vista.
—Caleta Vieja —dije.
—Devuélvemela.
—La boda es en Caleta Vieja, Bruno.
Se hizo un silencio distinto. No el suyo, el de valorar. Uno más quieto, más adentro. Alargó la mano y esta vez le devolví el papel, porque de golpe me pareció que tenerlo era como haberle abierto un cajón sin permiso.
—Lo sé —dijo—. Sé dónde es la boda. Me lo has dicho hace un rato.
—No, no te lo he dicho. He dicho «una cala de Cádiz». No he dicho el nombre.
Volvió a doblar la carta en cuatro con un cuidado innecesario, alineando bien los dobleces, dándose tiempo. Se la guardó. Se apoyó otra vez en el marco de la puerta, pero ya no ocupaba el hueco como antes; ahora parecía más pequeño dentro de él, como si el sitio le viniera grande.
—El Ancla es de mi familia —dijo por fin—. Era. Es. No lo sé, esa es más o menos la cuestión de la carta.
—No sabía que eras de allí.
—No hay motivo para que lo supieras. No se me nota. Llevo diez años quitándomelo de encima.
Yo sabía muchas cosas de Bruno por la pared.
Sabía sus horarios, sus boleros, su café amargo, la asistenta de los martes.
Sabía que no traía novias a casa y que llamaba a su madre los domingos porque lo oía por la ventana hablar más alto y más blando de lo que hablaba con nadie.
Pero no sabía esto. Esto no cruzaba la pared.
Esto era de las cosas que la gente se guarda en el sitio donde no llega el ruido de los vecinos.