El verano que fingimos (Bodas de verano 1) 1
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El verano que fingimos (Bodas de verano 1)

El verano que fingimos (Bodas de verano 1)

Por Luca Marn

© inepub.com

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El día que decidí mentirle a toda la costa gaditana empezó con una discusión por unas bragas.

No mías, para ser justos. Eran de flores, tamaño respetable, y ondeaban en el tendedero como la bandera de un país que acababa de conquistar mi mitad de la cuerda.

Salí a la galería con el café en la mano, todavía en pijama, y me recibió el calor pegajoso de julio, ese que en Madrid llega blanco y espeso a media mañana aunque el mar quede lejísimos.

Y ahí me las encontré, invadiendo el territorio que llevo defendiendo desde que firmé el contrato de alquiler.

—Bruno —dije hacia la ventana de enfrente, con esa dulzura que uso justo antes de perder los papeles—. Bruno, sé que estás despierto.

Silencio. El tipo de silencio culpable que hace un hombre cuando está agachado detrás de una encimera fingiendo no existir.

—He visto las zapatillas. Están en el felpudo. Tú no sales de casa sin esas zapatillas.

La cabeza asomó por fin. Pelo revuelto, dos días de barba, la cara de alguien a quien las nueve de la mañana le parece una hora indecente. Bruno Salas, mi vecino de rellano, mecánico de taller y experto mundial en invadir cuerdas de tender ajenas.

—Buenos días, vecina —dijo, y sonrió como si el sol lo hubiera puesto ahí para molestarme a mí en particular—. ¿Has dormido bien o has estado despierta ensayando el sermón?

—Tu ropa está en mi lado.

—El viento no entiende de lados, Elena.

—El viento no ha colgado un sujetador en mi pinza favorita.

Se rascó la nuca. Detrás de él, en su cocina, sonaba la radio a un volumen que a las nueve de la mañana debería estar prohibido por la Constitución.

Llevábamos así ocho meses. Desde que me mudé al tercero, Bruno y yo habíamos elaborado una relación entera a base de notas pasivo-agresivas, portazos con retintín y una guerra de guerrillas por los metros cuadrados del tendedero.

Nos hablábamos lo justo. Nos entendíamos menos.

Y aun así, cada mañana, ahí estábamos los dos, asomados a nuestras ventanas como dos vecinas de corral con menos años y peor carácter.

—Te propongo una cosa —dijo, apoyando los codos en el alféizar—. Te dejo las dos pinzas de la esquina si me subes el paquete que va a llegar hoy. Espero una lija que no me cabe por la ranura del buzón.

—No soy tu recadera.

—Eres la única que está en casa a todas horas.

—Trabajo desde casa, Bruno. Ilustro. Es un trabajo.

—Ya, ya. —Levantó las manos—. Dibujas ranas con sombrero. Lo respeto muchísimo.

Cerré la ventana. No de golpe, porque tengo mi dignidad, pero con la firmeza suficiente para que el cristal dijera lo que yo no pensaba rebajarme a decir.

Volví a la mesa, al café ya tibio, al tablero donde una familia de erizos esperaba que les terminara las púas para un cuento sobre compartir.

Compartir. Qué ironía tan barata a esas horas.

Al lado, a medio pintar, esperaba desde hacía días una lámina que no conseguía terminar: una cala de agua verde y quieta que se me resistía, como si el mar del dibujo supiera algo que yo todavía no.

Y entonces sonó el teléfono.

Número guardado. Nombre que no había borrado por pura pereza, me digo a mí misma cada vez que lo veo iluminarse: Nando. Tres años juntos, uno y medio separados, y un talento sobrenatural para aparecer en mi pantalla justo cuando estaba a punto de tener una mañana normal.

Debí no cogerlo. Lo cogí.

—Ele. —Solo él me llama Ele. Se me erizó algo por dentro, y no de buena manera—. Oye, que te llamo por lo de la boda.

La boda. Su boda. Con Cristina, que es encantadora, lo cual es lo peor de todo, porque una no puede ni odiarla a gusto. Se casaban en agosto en una cala de Cádiz, con el mar de fondo y una lista de invitados en la que, por un descuido cósmico o por pura crueldad educada, seguía figurando mi nombre.

Debí no cogerlo. Ya lo he dicho. No aprendo.

—Nando, te dije que iría —contesté, apretando el lápiz—. Voy a ir.

—Ya, pero Cristina preguntaba… por el tema de las mesas. Que si vas sola o vas con… alguien. Para el sitio, ¿sabes? Por organizarlo.

Ahí estaba. La pregunta de verdad, disfrazada de logística de banquete. ¿Vas sola, Elena? ¿Sigues sola, año y medio después, mientras yo me caso frente al mar? Podía oír la delicadeza con la que la formulaba, esa lástima suave que da más rabia que el desprecio.

Y yo, que llevaba meses jurándome que no iba a darle a nadie el gusto de compadecerme, abrí la boca.

—Con alguien —dije—. Voy con alguien.

Un silencio al otro lado. Sorprendido. Casi ofendido, diría yo, aunque eso me lo estaba inventando por gusto.

—Ah. Qué bien. Genial, Ele, de verdad. Me alegro un montón. —Lo dijo tres veces, lo cual en el idioma de Nando significa que no se alegraba nada—. ¿Y es…? O sea, ¿alguien serio?

—Muy serio —contesté, mirando por la ventana. Mirando, Dios me perdone, la galería de enfrente, donde en ese preciso instante Bruno tendía una camiseta con la elegancia de un hombre que no sabe que acaba de ser elegido para una misión imposible—. Llevamos juntos un tiempo. Ya lo conoceréis.

Colgué antes de que la mentira creciera hasta convertirse en algo que no pudiera alimentar. Me temblaba un poco la mano. En el tablero, los erizos me miraban con sus ojitos redondos, esperando sus púas y una moraleja sobre la honestidad que yo, evidentemente, no estaba en condiciones de ilustrar.

Tenía tres semanas. Una boda en la playa. Y ningún novio.

Volví a asomarme a la ventana muy despacio. Bruno seguía allí, peleándose ahora con una funda de almohada y con las pinzas, silbando la canción de la radio, ajeno por completo a la idea absurda y probablemente terrible que estaba tomando forma en mi cabeza como una tormenta de agosto.

Él notó que lo miraba. Levantó la vista. Sonrió, siempre esa sonrisa de quien no se toma nada en serio.

—¿Has cambiado de opinión sobre lo de la lija? —preguntó.

Respiré hondo. El café estaba frío. El verano, empezando. Y yo estaba a punto de hacer la mayor tontería de mi vida.

—Bruno —dije, con la voz más dulce que le había puesto en ocho meses—. ¿Tú qué haces el fin de semana del quince de agosto?

Se quedó quieto, la pinza a medio camino, mirándome con la desconfianza justa de quien ya me conoce lo suficiente.

—¿Por qué me da la sensación de que voy a arrepentirme de contestar?

—Porque eres más listo de lo que aparentas —dije—. Sube. Te invito a un café. Y te cuento cómo vas a salvarme la vida.