Durante veinte años, el Cuervo solo supo robar y matar.

En la ciudad-puerto de Gante Vieja, entre la niebla y los gremios del hampa, es el mejor asesino de su amo.

No tiene nombre, ni pasado que valga, ni nada que perder…

hasta que una mujer que cuida a los moribundos lo mira, por primera vez, como a una persona y no como a un cuchillo.

Vera le enseña a vivir. Le da un nombre —Aldric— y la promesa de un hijo. Pero del gremio no se sale por la puerta, y su amo cobra las traiciones donde más duele.

Roto y viudo, Aldric toma la cruz y marcha a morir a la guerra santa, convencido de que solo muriendo perdonado podrá reunirse con ella al otro lado.

Muere en combate. Pero al otro lado no hay puertas abiertas: hay una balanza, un alma que pesa demasiado, y una figura pálida que le ofrece el único trato posible.

Descender a un infierno hecho a la medida exacta de su vida.

Dar muerte, uno a uno, a los Siete Pecados que llevan el rostro de sus víctimas.

Cada muerte aligerará su alma. Cada muerte le arrancará un pedazo de sí mismo.

Y al final del descenso, si llega, lo esperan un nombre que recuperar y dos almas que no saben que lo aguardan.

El precio del cielo se paga abajo.

El Peso del Cuervo abre El Verdugo de los Siete, una saga de fantasía oscura sobre la culpa, la redención y lo que un hombre está dispuesto a perder para volver a merecer su propio nombre.

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