El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 18 — El Fiel de la balanza #3
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Capítulo 18 — El Fiel de la balanza #3

—Es caro, lo que pides —dijo el Fiel—. Mirar arriba desde aquí cuesta.

Pero te lo concedo, porque un hombre que baja sabiendo por quién baja, baja más lejos que uno que baja a ciegas, y a mí me interesa que llegues lejos.

—Hizo un gesto en la penumbra, despacio, y la grisura se abrió muy arriba, muy lejos, en lo alto de todo, y hubo una luz cálida, distinta a toda la luz de aquel sitio, la luz de un patio con lienzos tendidos y sol ganándole a la niebla, y en esa luz, de espaldas, tendiendo algo blanco en una cuerda, con las manos que él conocía y un bulto pequeño acomodado en el brazo, una figura.

No se volvió. No hizo falta que se volviera.

Aldric la habría reconocido entre todos los muertos de todas las guerras: la forma de los hombros, la terquedad tranquila de la espalda, la manera de estar de pie en el mundo como quien no piensa rendirse ni a la muerte.

Era ella. Era, exactamente, la mañana del banco, la del ovillo azul, la última mañana buena; el sol le daba en el pelo, y a su lado, en una cuerda, se secaban lienzos blancos, y en el brazo llevaba acomodado un bulto pequeño, envuelto, que se movía.

El niño. El que no llegó a nacer, allí, nacido al fin, en brazos de su madre, en una luz a la que Aldric no alcanzaba.

Los dos. Enteros. A salvo. Secándose. Y Aldric, en el borde de la abertura del infierno, sintió que el corazón que ya no tenía se le partía de una manera nueva, porque una cosa era saber que estaban al otro lado y otra verlos, verlos de verdad, tan cerca y tan imposiblemente lejos, separados de él por el peso de todo lo que había hecho.

Habría dado los siete descensos y siete más solo por cruzar aquella luz y tocarlos un segundo.

Y por un instante —uno solo, tan breve que Aldric no supo después si lo había visto de verdad o lo había necesitado tanto que lo inventó— le pareció que la figura, sin volverse del todo, ladeaba apenas la cabeza, como quien oye un ruido lejano, como quien nota, sin saber qué es, que alguien la mira; y que el bulto de su brazo se removía, como si también él, el que no había nacido, notara desde muy lejos la mirada del padre que bajaba a comprarles el reencuentro.

—Vera —dijo, y la penumbra se la tragó, y la luz se cerró, y volvió el gris, y el vacío después de aquella luz fue peor que no haberla visto, porque ahora sabía, con los ojos y no solo con la esperanza, exactamente qué había arriba, exactamente qué iba a recuperar si llegaba, y exactamente qué perdía cada día que tardara en llegar.

—Está —dijo el Fiel—. Ya lo has visto. Arriba.

Ligera. Esperando, aunque ella no sabe que espera; los ligeros no saben, es parte de su descanso, no cargan ni siquiera con la memoria de lo que perdieron.

Ella no te añora, Cuervo. No sufre por ti.

Descansa. El que sufre eres tú, y el que va a sufrir mucho más.

Depende de ti que ese descanso de ella, algún día, se convierta en reencuentro.

Solo de ti. Es lo más parecido a un poder que vas a tener aquí abajo, y es también la peor de las condenas: que todo dependa de ti, y de nadie más, siete veces.

Se apartó, y al apartarse, la penumbra bajo sus pies se abrió como se abre el agua negra cuando algo pesado cae en ella, y de la abertura subió un aliento caliente, dulzón, con un olor que Aldric conocía y no supo de qué, un olor a banquete y a podrido, a mesa servida y a carne olvidada, a hartura y a hambre a la vez, el primero de los siete olores del mundo que le esperaba.

Aldric se acercó al borde de la abertura.

Abajo, muy abajo, la luz roja palpitaba, y sobre ella, ahora lo veía, se recortaban largas mesas interminables, y sillas, y fuentes y platos y copas hasta donde alcanzaba la vista, un banquete sin fin servido en la penumbra roja; y entre los platos, algo se movía, algo lento y enorme y hambriento, algo que masticaba sin cesar sin llegar nunca a saciarse, con un ruido húmedo que subía por la abertura junto con el olor.

Y el olor, ahora lo reconocía, era el olor del hambre que él había causado; era el olor de un hombre flaco muriéndose bajo un arco por un pan que no le dio; era el olor de todos los que habían pasado hambre para que él comiera en tabernas con dinero robado.

Bajaba al reino del apetito que niega, y lo iba a gobernar, lo supo, la cara de un mendigo al que había dicho «que los santos te ayuden» sabiendo que los santos de aquel arco eran ciegos.

Se quitó, sin pensarlo, el nombre, como quien se quita una prenda buena para no mancharla en el trabajo sucio.

Fue un gesto interior, sin manos, pero lo sintió tan físico como quitarse una capa: notó cómo el nombre se le desprendía de encima y quedaba atrás, arriba, en la luz, con ella.

Ya no era Aldric. Aldric era el que Vera esperaba; Aldric era el que subiría, si subía; Aldric era el nombre limpio, el regalo de ella, la vida que aún no había vivido, y no debía bajar a un sitio como aquel a ensuciarse otra vez de sangre y de muerte, porque un nombre que baja al infierno vuelve, si vuelve, tan sucio que ya no sirve para el reencuentro.

El que bajaba tenía que ser el otro, el de las manos, el que sabía matar mejor que nadie, el niño de los soportales con la calma rara, el único capaz de hacer aquel trabajo imposible sin romperse del todo, porque ya estaba roto de antes.

Bajaba el Cuervo. Aldric quedaba en prenda, arriba, con ella, como se deja en prenda lo más valioso mientras se salda una deuda; y solo cuando la deuda estuviera pagada, cuando la aguja se enderezara, podría el Cuervo subir a recoger su prenda, devolverle el nombre a su dueño, y ponérselo delante, por fin, a la única persona del mundo, viva o muerta, que se lo había dado.

—Volveré a buscarte el nombre —dijo en voz baja, a la luz cálida que ya no estaba, a la mujer que ya no veía, al bulto pequeño en su brazo—.

Y cuando lo tenga otra vez, cuando vuelva a ser Aldric, iré a por vosotros.

Los dos. Aguanta ahí. No sueltes. —Y, con la vieja frase de ella en la boca, la que le sostendría en cada uno de los siete infiernos que le esperaban, la que Vera le había regalado sin saber para qué guerra la estaba armando—: Aguanta el mordisco. Ya voy.

Y el Cuervo —que había sido un ladrón sin nombre, y un asesino con mote, y un marido con nombre, y un cruzado con cruz, y un muerto con deuda— dio un paso al frente, sobre la abertura, hacia el olor a banquete y a podrido, hacia la primera de las siete caras que le debía la vida, hacia el fondo de un infierno hecho a la medida exacta de todo lo que había hecho y de todo lo que había amado.

No miró atrás, como no había mirado atrás al cruzar las murallas de Gante Vieja; porque atrás no había nada que mirar, y delante estaba el único camino que quedaba hacia lo único que quería, aunque ese camino bajara en vez de subir, aunque para llegar arriba tuviera, primero, que descender hasta el fondo de sí mismo.

Y cayó. Cayó hacia la luz roja y las mesas interminables y el masticar sin fin, cayó como había caído aquella noche de fiebre en el barro de un callejón, solo que esta vez no habría unas manos de mujer que lo levantaran; esta vez tendría que levantarse solo, o no levantarse.

La abertura se cerró sobre él sin ruido, y el gris de la sala volvió a ser liso y entero, como si nunca se hubiera abierto, como si nunca hubiera bajado nadie.

Y detrás de él, arriba, en la sala sin puertas, el Fiel de la balanza se quedó solo, mirando el plato de la condena, y con una mano pálida, muy despacio, con una sonrisa que ya no se parecía a la del Chacal ni a la de Lien ni a la de nadie, tocó la aguja, apenas, con la yema de un dedo, comprobando su peso, como un tendero comprueba el suyo antes de empezar la jornada.

Y luego, con la otra mano, tocó el plato de arriba, el casi vacío, el del saco de grano y la manta y la piedra gris, y lo miró más rato del que había mirado nada, con una expresión que no había mostrado delante del Cuervo, una expresión que no era de tendero ni de juez, sino casi, casi, de apostante; como si en aquel plato pequeño y liviano hubiera algo que ni el propio Fiel de la balanza terminara de saber cuánto iba a pesar al final, cuando todo estuviera dicho y hecho y bajado y pagado.

Como si, contra toda su experiencia y toda su paciencia y toda su certeza de que los deudores siempre acaban pagando más de lo que creían deber, hubiera, esta vez, en este deudor, una cuenta cuyo resultado ni siquiera él, que lo recordaba todo, se atrevía del todo a dar por cerrada.

Y es que había algo que el Fiel no le había dicho al Cuervo, algo que se guardaba, no por crueldad, sino porque no se dice lo que aún no se sabe: que en todos los siglos que llevaba pesando almas y mandándolas a descender, ninguna había bajado nunca por amor.

Bajaban por miedo. Bajaban por soberbia, creyéndose capaces.

Bajaban por no aceptar el jamás. Y todas, todas, se quedaban abajo, se convertían en parte del paisaje, en otro pecado más con otra cara, porque el que baja por miedo o por orgullo termina pareciéndose a lo que baja a matar.

Pero este bajaba por otra cosa. Este bajaba para volver a poner un nombre sobre el vientre de una mujer.

Y el Fiel, que lo recordaba todo pero no lo sabía todo, se preguntó, tocando la aguja con la yema del dedo en la sala vacía, si el amor pesaría, allá abajo, de un modo distinto que el miedo; si un hombre que desciende para reunirse podría hacer lo que ninguno que descendía para escapar había hecho jamás: llegar al fondo y, en vez de quedarse, subir.

No lo sabía. Por primera vez en mucho tiempo, no lo sabía.

Y esa pequeña, insólita ignorancia fue lo más parecido a la esperanza que había habido en aquella sala sin puertas desde mucho antes de que existieran las puertas.

Fin del Libro 1.