El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 18 — El Fiel de la balanza #2
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Capítulo 18 — El Fiel de la balanza #2

—Bien —dijo—. Muy bien. Esa es la pregunta que sé responder.

Las otras, las de si es justo, si es cruel, si Dios existe o no, esas no las sé; no es mi departamento.

Pero «qué se paga» es la única pregunta que hay aquí abajo, y da la casualidad de que es la única que tú sabes hacer.

Encajáis bien, tú y este sitio. —Extendió una mano pálida hacia la penumbra, y en la penumbra, muy abajo, allá donde el plato hundido de la balanza casi tocaba el suelo que no existía, se encendió una luz roja, lejana, palpitante, como una ciudad ardiendo vista desde una loma—.

Tu alma pesa por lo que hay dentro de ella.

Y dentro de ella, aunque no lo sepas, viven siete cosas.

Siete. Las conoces bien; son viejas compañeras, han vivido contigo toda la vida, se han alimentado de ti, han crecido contigo.

Los que predican las llaman de muchas maneras, con nombres largos de sermón: los llaman pecados, los siete capitales, las raíces de todo lo malo.

Palabras de púlpito. Aquí abajo no se llaman así; aquí no tienen nombre, tienen cara y tienen hambre.

Cada una es un apetito tuyo que creció sin freno hasta hacerse un reino.

Tú, que no eres de predicar, las reconocerás por su cara, porque cada una lleva la cara de alguien a quien hiciste daño, o a quien negaste algo, o a quien miraste sin ver.

No las he elegido yo esas caras; las eligió tu memoria, hace mucho, cada vez que apartaste la vista de alguien creyendo que apartarla era olvidar.

No se olvida nada, Cuervo. Todo lo que apartaste bajó aquí, se sentó a esperar, y se puso una máscara con la cara del que apartaste.

Están abajo. Reinan abajo, cada una en su dominio, un mundo entero hecho a la medida de ese apetito, engordadas con tu peso, hechas de tu peso, tan tuyas que matarlas será, en cierto modo, la primera vez en tu vida que te enfrentes de verdad a ti mismo.

—Bajó la mano—. La primera te espera ahí, debajo de tus pies, y la olerás antes de verla: un salón donde hay comida hasta el techo y nadie que pueda comerla, una mesa servida para siempre y un hambre que no se sacia nunca, porque es el hambre del que negó el pan.

Empezarás por ella. Las otras seis, después, cada una peor y más honda, más cerca del fondo, más parecida a lo que de verdad eres.

Baja. Encuéntralas. Y mátalas. A las siete.

Una por una. Cada una que muera, saldrá de la balanza el peso que le corresponde, y el plato de la condena subirá, poco a poco, y el de la gracia bajará, hasta que la aguja se enderece.

Y el día que la aguja quede recta, Cuervo, ese día habrás pagado.

Ese día subirás. Y al otro lado, secándose, esperando, estarán los dos que te faltan.

Aldric miró la luz roja allá abajo. Miró la balanza. Miró la cara imposible del Fiel.

—Un asesino —dijo despacio— que gana el cielo matando.

—La ironía le supo a hierro, la misma que había probado en Tierra de Sal—.

Es la misma mentira de la cruzada. Matar para que me perdonen por matar.

Ya lo he probado. Crucé un mar por esa mentira.

Maté aldeas por esa mentira. Y mírame: sigo pesando lo mismo, más, y encima traigo a Ferrán y a la aldea de propina.

No funciona. Solo engorda el plato de abajo.

¿Por qué iba a funcionar aquí lo que allí solo me hundió?

—No es lo mismo —dijo el Fiel, y por un instante la sonrisa se le apagó, y hubo en su voz algo que Aldric no supo si era una advertencia o una burla—.

Escúchame, porque esto importa. En la cruzada matabas a otros.

A hombres que no te habían hecho nada, que solo defendían sus murallas y su sepulcro y sus dioses.

Por eso pesaba. Aquí no vas a matar a otros.

Aquí vas a matar lo que hay dentro de ti.

Cada uno de esos siete eres tú, Cuervo, una parte de ti, la peor de cada clase, con la cara de tu peor recuerdo de esa clase.

Matarlos no es matar. Es… quitártelos. Arrancártelos.

Sacarte de dentro lo que te hundió. Allá arriba, cuando matabas, añadías; ponías una vida más en el plato de la condena.

Aquí, cuando mates, restarás; quitarás peso, no lo pondrás.

Es la misma mano, el mismo gesto, el mismo cuchillo, y sin embargo lo contrario, porque lo que corta no es la vida de un inocente, sino el tumor que te la comió a ti.

Un cirujano y un asesino hacen el mismo corte; los distingue solo qué cortan y para qué.

Toda tu vida fuiste asesino. Aquí abajo, si tienes estómago, vas a aprender por fin a ser lo otro.

A cortar para curar. Ese es el único oficio nuevo que te queda por aprender, y es, da la casualidad, el que tu mujer llevaba toda vuestra corta historia intentando enseñarte con unas vendas y un mortero.

—Ladeó la cabeza—. Y eso, te lo adelanto porque soy honrado a mi manera, que es más de lo que fue nunca tu Chacal: eso duele.

Y cuesta. No cuesta solo esfuerzo, no cuesta solo sangre, que aquí abajo la sangre es barata y vuelve a correr.

Cada uno que te arranques se llevará algo consigo al irse.

Un pedazo tuyo. No sé cuál; no lo elijo yo; se lo lleva él, el que muere, lo que le pertenecía, lo que había crecido pegado a él.

Puede ser un recuerdo. Puede ser algo que amabas.

Puede ser tu propia cara, tu nombre, tu manera de sentir.

Bajarás siendo un hombre y, si llegas al final, si llegas, llegarás siendo…

menos. Más limpio y menos hombre. Ligero, sí, tan ligero que subirás.

Pero ligero también quiere decir vacío. Esa es la letra pequeña.

Te la digo entera, ahora, antes de que aceptes.

Él nunca te decía la letra pequeña. Yo sí.

Es la diferencia entre él y yo, la única, y es más importante de lo que ahora te parece.

Aldric se quedó callado. Pensó en la letra pequeña.

Pensó en llegar arriba, al fin, ante Vera, siendo «menos».

Pensó en abrazarla por fin, después de todo, y en no acordarse ya de por qué la abrazaba, en tenerla delante y que le faltara dentro justo el pedazo que sabía por qué había cruzado siete infiernos por ella.

Se le ocurrió una posibilidad tan cruel que la balanza entera le pareció, a su lado, un juego de niños: ¿y si el último pedazo que le arrancaran, en el séptimo y más hondo de los dominios, resultaba ser precisamente el amor por ella?

¿Y si para quitarse de dentro lo peor tenía que quitarse también lo mejor, y llegaba arriba tan ligero, tan vacío, que ya no la reconocía, tan limpio que ya no la quería, y entonces de qué habría servido, y para quién?

El Fiel no le prometía llegar entero. Le prometía llegar.

Y llegar y no saber a qué has llegado podía ser peor que no llegar.

Un frío nuevo lo recorrió, un frío que no había sentido ni en el peor momento de la guerra.

Pero pensó también en el jamás del Fiel, el jamás que significaba lo que decía, sin trampa ni escapatoria, el jamás que ni siquiera el oficio sabía burlar.

Y entendió que, entre un jamás seguro y un tal vez terrible, un hombre que ha querido de verdad elige siempre el tal vez, por espantoso que sea, porque el jamás no deja ni la esperanza de fracasar intentándolo.

Supo que no había elección, que no la había habido nunca, que la había perdido en el instante en que rezó en un patio, con las manos sobre un vientre, ofreciéndose a pagar; o quizá mucho antes, la noche en que un niño sin nombre le robó la bolsa a un hombre de nariz larga y aceptó, a cambio de un plato de comida, empezar a llenar un plato de balanza que no vería hasta después de muerto.

Toda su vida, comprendió, había sido un solo descenso largo hacia aquella abertura; la Marea Baja, el gremio, la niebla, la guerra, todo había sido la escalera por la que ya venía bajando desde niño.

El infierno no empezaba ahora. El infierno solo dejaba de disimular.

—Una cosa —dijo—. Antes. Una sola. —Miró al Fiel a los ojos que no se dejaban fijar—.

Quiero verla. Un momento. Solo saber que está.

Que esto no es otra de tus caras y otro de tus tratos torcidos.

Que no me mandas abajo a matar sombras siete veces para nada, para tu gusto, para llenar tú vaya a saber qué plato tuyo.

Enséñamela, y bajo. Sin enseñármela, no doy un paso, y puedes hundir tu balanza hasta el fondo, que me da igual, porque sin ella el otro lado no vale la pena ni subir.

El Fiel lo consideró. Y en aquella consideración Aldric creyó ver, por primera vez, algo real detrás de las caras prestadas: no crueldad, no burla, sino una especie de vieja fatiga, la de quien ha oído esa misma exigencia muchas veces y sabe lo que cuesta concederla y lo que cuesta negarla.