Capítulo 18 — El Fiel de la balanza
A ldric se acercó a la balanza.
La había visto nada más llegar —era lo único que existía de verdad en aquella penumbra gris y silenciosa, y ya había buscado, con el reflejo de toda una vida, una puerta que no había, una salida que aquel sitio no tenía, porque los sitios de los muertos no tienen salida—, pero solo ahora, al acercarse como el Fiel le pedía, la vio de cerca.
Era enorme y era antigua, de un metal que no reflejaba la poca luz sino que parecía tragársela.
Tenía dos platos. En uno, muy hundido, casi tocando un suelo que no existía, había una masa oscura, densa, palpitante, que Aldric no quiso mirar mucho porque, al mirarla, empezaba a reconocer cosas dentro: una forma que era el gordo de Rethel, con la boca todavía tapada por una mano que era la suya; otra que era Sarn, con la hoja aún limpiándose en el muslo; otra, más grande, que era la aldea sin nombre de Tierra de Sal, entera, ardiendo despacio, con su humo subiendo hacia ningún cielo; decenas, cientos de formas, veinte años de trabajo apretados en una masa que respiraba, que se movía, que lo miraba con cientos de ojos sin rencor y sin perdón, solo con esa paciencia serena de los muertos que tienen todo el tiempo del mundo.
Reconoció caras que no recordaba haber mirado nunca de frente: hombres a los que había seguido por la niebla y que un día no habían vuelto a casa, nombres que nunca supo, deudas de otros que él había cobrado con el filo.
Y allí, entre todas, dos que le apretaron el pecho más que ninguna.
Una, pequeña, con un candil apagado en la mano, una muchacha en camisón, con el pelo suelto, que lo miraba desde el fondo de la masa sin rencor, como lo había mirado en la escalera.
Y otra, más al borde, casi fuera del montón, como si no acabara de pertenecer del todo a él: un hombre flaco, con la piel pegada al hueso y los labios agrietados, sentado contra una piedra, que no había muerto por su mano sino por su negativa, que movía apenas los dedos en un aleteo y decía, sin voz, lo que le había dicho una noche bajo un arco de tres santos ciegos: «Pan, señor.
Lo que sea». A ese no lo había matado. Solo había pasado de largo.
Y sin embargo estaba en la balanza, pesando, porque resultaba que en aquel sitio también pesaba lo que uno no hacía, el pan que no daba, la mano que no tendía.
El otro plato, el alto, estaba casi vacío.
Casi. Había en él algo tan liviano que apenas inclinaba la aguja: un saco de grano subido a una despensa.
Una manta remendada. Un cuenco de caldo probado delante de un hombre desconfiado.
Un mar contado a un tullido. Un niño reído con tres cáscaras de nuez.
Una familia sacada de un portal. Una niña de la edad de Aina empujada hacia la noche en vez de hacia la muerte.
Una piedra gris. Un dinero sucio entregado a un cura para que nadie supiera de dónde venía.
Poca cosa. Menudencias. Contra la masa del otro plato, casi nada.
Y el fiel de la balanza —la aguja larga y fina que marca de qué lado se inclina el peso— señalaba, sin la menor duda, hacia abajo. Hacia la masa. Hacia la condena.
—Pesas mucho, Cuervo —dijo el Fiel, a su lado.
De cerca, el rostro bajo la capucha pálida seguía sin dejarse fijar: por momentos era la cara larga de nariz larga y ojos húmedos que le había helado la sangre al llegar, tan parecida a la del Chacal; por momentos era la cara descreída de Lien; por momentos era, por un instante insoportable, la cara del propio Aldric, mirándose a sí mismo desde fuera; y por momentos no era ninguna cara, solo una palidez cortés con la sugerencia de una sonrisa.
—¿Quién eres, de verdad? —preguntó Aldric, y su voz, en aquel lugar, no hizo eco; el lugar se la tragaba, como la balanza se tragaba la luz.
—Me llaman de muchas maneras. Ninguna importa.
Guardo la balanza. Peso lo que llega. Cobro lo que se debe.
—La figura ladeó la cabeza—. Puedes llamarme el Fiel, si necesitas llamarme algo.
Como la aguja. Yo solo señalo hacia dónde se inclina el peso.
No lo pongo yo. Lo pones tú. Toda la vida.
Cada cosa que hiciste cayó, en el instante en que la hacías, en uno de los dos platos, y aquí no hago más que enseñarte el resultado.
No soy tu juez, Cuervo. Solo soy tu cuenta.
—Esta cara —dijo Aldric, con un asco antiguo subiéndole por la garganta—. La del hombre de nariz larga. ¿Por qué llevas esa cara?
—Llevo la que entiendes mejor. —El Fiel casi sonrió—.
Toda tu vida trataste con un hombre que ponía precio a las cosas, que cerraba tratos, que cobraba deudas sin piedad y sin odio, solo con exactitud.
Aprendiste a confiar en esa clase de trato más que en cualquier bondad, porque la bondad te engañó pocas veces pero el trato nunca: el trato siempre fue lo que decía ser.
Así que, para que confíes en lo que voy a ofrecerte, me pongo la cara del trato.
Es un préstamo. Más adelante, si llegas lejos, muy lejos, quizá me quite todas las caras y veas lo que hay debajo.
Pero para eso falta mucho. Y no todos llegan. Casi ninguno llega.
Aldric miró la balanza, la masa oscura, el fiel inclinado hacia abajo, y sintió que el plan entero que lo había traído hasta allí —morir limpio, cruzar la puerta, reunirse— se le deshacía en las manos como se le había deshecho todo lo demás.
—Me prometieron una puerta —dijo, y odió cómo le sonó: a niño, a estafado—. Tomé la cruz. Morí en la guerra santa. Me juraron que quien muriera así entraría limpio, sin cuenta. Me lo juró la Iglesia entera, con sus campanas y sus latines. Y mírame. Sigo pesando. La puerta no se abre. ¿Era mentira?
El Fiel lo miró un largo rato, y en su palidez pasó algo que casi parecía compasión, o el recuerdo de lo que fue la compasión.
—Era una promesa —dijo—. Las promesas de los vivos no son mentiras ni verdades.
Son deseos con ropa de ley. Los hombres que te la hicieron creían, la mayoría, en ella.
Necesitaban creer. Es más fácil mandar hombres a morir si de verdad crees que los estás salvando.
—Señaló la balanza—. Pero aquí no se pesan las promesas de los obispos.
Se pesa lo que hiciste. Y matar por una causa santa pesa exactamente lo mismo que matar por el Chacal: pesa una vida quitada.
El estandarte no cambia el peso del muerto.
La cruz cosida al hombro no aligera la mano.
Cae en el mismo plato. —Se acercó a Aldric, y su voz se hizo más baja, más íntima, más terrible—.
Tú, además, lo sabías. En Tierra de Sal lo viste con tus propios ojos: la guerra santa era el gremio con otro nombre, los señores eran Chacales con mejor latín.
Lo pensaste tú mismo, muchas noches, apretando una piedra gris.
Así que no vengas a reclamarme una puerta en la que, en el fondo, dejaste de creer antes de morir.
—Ladeó la cabeza—. Y sin embargo. Fíjate bien. Mira el plato de arriba.
Aldric miró. El plato alto, el casi vacío.
—Moriste, y bien lo sé, no por la cruz —dijo el Fiel—.
Moriste tapando a un muchacho para que no cayera solo, con la mano en una piedra que te dio un niño tullido.
Eso no fue guerra santa. Eso fue otra cosa.
Y esa otra cosa sí ha subido, ¿lo ves?, ahí está, ese peso pequeño y nuevo en el plato de arriba.
Casi todo lo que hay arriba es de tus últimos meses.
Antes de ella, tu plato de arriba estaba vacío del todo, liso, sin una sola moneda en veinte años.
Ella te enseñó a poner cosas en él. Un saco de grano.
Una manta. Un dinero dado a escondidas. Una muerte que fue, por una vez, un acto de amor y no de oficio.
Pero tarde. Y pocas. Contra veinte años, muy pocas.
No bastan. Ni de lejos bastan. —Una pausa—.
Aunque son, y esto tómalo como quieras, más de las que suele traer la gente que llega aquí.
La mayoría llega con el plato de arriba tan vacío como lo tenías tú antes de una fiebre y un callejón.
Aldric cerró los ojos. Vera. El niño. Estaban al otro lado de aquella penumbra, en algún sitio adonde su peso no lo dejaba llegar. Tan cerca. Separados de él por una aguja de metal inclinada hacia abajo.
—¿Están…? —No pudo terminar.
—Están donde van los ligeros —dijo el Fiel—.
Ella no pesaba casi nada; el niño, nada en absoluto, no llegó a poner un solo peso en ninguno de los dos platos, es de los que suben sin cuenta.
Subieron sin que yo tuviera que hacer nada.
Es lo natural. Los ligeros suben; los pesados bajan.
No hay crueldad en ello, ni bondad; es como el agua, que busca su nivel.
—Una pausa—. Tú vas a bajar, Cuervo. Ahora mismo, si dejo la balanza como está, bajas, y no vuelves a verlos jamás, y ese jamás aquí no es una manera de hablar, no es el jamás exagerado de los vivos, que siempre esconde un «a no ser que».
Aquí el jamás es la única palabra que de verdad significa exactamente lo que dice.
—No. —Aldric abrió los ojos. La vieja voz, la peligrosa, la de las muertes, salió sola, y esta vez no había garganta que cortar, solo una aguja de metal—.
No. Dime qué hago. Dime qué se paga. Ofrecí pagar.
En un patio, con lienzos, ofrecí pagar lo que fuera con tal de que a ellos los guardaran.
Lo dije en serio. Lo digo en serio ahora.
Ponme el precio. Como él. Como el Chacal.
En tu idioma, que es el que entiendo. ¿Qué. Se. Paga?
Y el Fiel sonrió del todo, por primera vez, y fue la sonrisa de un hombre —o de algo con forma de hombre— que ha esperado mucho a que le dijeran exactamente esas palabras.