Capítulo 17 — Tierra de Sal #3
Sintió el frío del primer acero entrar por la espalda, y luego otro, y otro, y no dolía como había temido.
Dolía menos que Vera. Dolía menos que Aina.
Dolía muchísimo menos que estar vivo, que había sido, comprendió en aquel último instante, el verdadero dolor de toda su historia: no morir, sino haber tenido que seguir vivo después de perderlo todo.
La muerte, cuando por fin llegó, no fue un castigo; fue un descanso, el primero de veinte años.
Notó que las fuerzas se le iban con la sangre, tibia, por la espalda, hacia la tierra blanca y salada, y no se resistió; al contrario, la dejó irse, la empujó a irse, como se empuja suavemente hacia la puerta a un huésped que se ha quedado de más.
Debajo de él, Ferrán había dejado de moverse; se había ido primero, o casi, pero no solo, y eso era todo lo que Aldric había querido darle.
Sintió bajo la palma la piedra gris apretada entre las manos de los dos, la piedra de un niño tullido que no llegaría a saber jamás hasta dónde había viajado su regalo ni qué había servido para acompañar.
Y pensó, mientras el sol blanco y sin niebla de Tierra de Sal se apagaba sobre él como se habían apagado, una tras otra, las dos velas de la boda, con la cara de Ferrán ya en paz debajo de la suya: «Ya está.
Ya voy. Aguantad ahí. Vera. Ya voy a secarme».
Y le pareció, en el último resquicio de conciencia, oír muy lejos, muy débil, como desde el otro lado de una niebla, una voz de mujer que le decía «has vuelto», con aquel alivio hondo, y no supo si era el recuerdo o si era ya el otro lado abriéndose, y por primera vez en su vida no tuvo miedo de no saberlo.
Y el mundo se volvió, al fin, blanco del todo, y luego negro, y el Cuervo —que había buscado la muerte por todas partes, en cada asalto, en cada emboscada, y la había encontrado por fin no peleando sino agachándose sobre un muchacho para que no muriera solo, cumpliendo con un desconocido, medio paso por delante y a tiempo por una vez, la promesa que no había podido cumplir con ninguno de los suyos— cerró los ojos por última vez sobre la tierra de los vivos, esperando la puerta, esperando el otro lado, esperando a Vera y al niño secos y contentos, esperando el perdón que le habían prometido a cambio de toda aquella sangre.
Nadie vio lo que hizo. Esa fue la última coherencia de su vida, la última fidelidad a lo que había ido siendo: que su acto más grande, como todos los verdaderos que había hecho —la venganza no cobrada, el oro dado en secreto, la familia del portal, el mar contado a un moribundo—, no lo vio nadie, no lo contó nadie, no le sumó gloria ninguna.
Los cruzados que tomaron la ciudad aquella mañana no supieron que un hombre había saltado del muro a un pozo de enemigos por no dejar morir solo a un muchacho; para ellos, si acaso repararon en los dos cadáveres abrazados en el patio interior, fueron solo dos peones más que cayeron dentro, dos cruces rojas de tela sobre dos cuerpos que había que quemar antes de que apestaran.
Nadie escribió su nombre. Nadie cantó su muerte.
La cruzada siguió su camino de sal hacia la siguiente ciudad, indiferente, como Gante Vieja había seguido el suyo, como el mundo seguía siempre.
Aldric murió como había vivido lo mejor de sí: sin testigos, sin cobrar, sin que constara.
Y esa era, aunque él no llegara a saberlo del todo en la tierra, la mejor credencial que podía llevarse; porque lo que se hace para que lo vean pesa en un plato, y lo que se hace sin que lo vea nadie pesa en el otro, en el que de verdad se mira allá abajo, donde alguien llevaba mucho tiempo, con paciencia infinita, apuntando en un libro las dos columnas.
Lo que le esperaba no era nada de eso. Y a la vez, sin que él pudiera saberlo todavía, era exactamente eso.
*
Lo que le esperaba, al otro lado de aquella negrura, era una sala fría sin puertas, y una balanza, y una figura pálida y cortés que llevaba mucho tiempo —desde una oración rezada en un patio, entre lienzos tendidos al sol— esperándolo con una paciencia sin fin.
No hubo tránsito, ni túnel, ni luz al final de nada, ni ángeles, ni las aguas por las que la vieja de los dientes ausentes decía que se iban los muertos a secarse al otro lado.
No hubo Vera esperándolo con los brazos abiertos, que era lo único que había deseado, lo único por lo que había cruzado el mar y saltado del muro.
No hubo orilla. No hubo reunión. Hubo solo, de pronto, sin costura, sin transición, como quien pasa de una habitación a otra por una puerta que no recuerda haber cruzado, aquella sala gris y templada y silenciosa, sin muros que se vieran del todo, sin techo, sin suelo que hiciera sombra, un lugar hecho de una penumbra igual y sin origen que no venía de ninguna lámpara y no dejaba ninguna sombra —ni siquiera aquí, ni siquiera al final, le devolvían la niebla, ni le concedían una sombra donde esconderse—.
Y él de pie en el centro, entero, sin las heridas de la espalda, sin la sangre, sin el polvo de Tierra de Sal, con las ropas limpias, el cuerpo sano, el dolor ausente; tan limpio por fuera como sucio por dentro.
Se palpó la espalda, donde había sentido entrar el acero, y no había nada, ni herida ni cicatriz, y esa ausencia de heridas, en lugar de aliviarlo, lo llenó de un espanto frío, porque un hombre sin heridas es un hombre al que no lo dejan descansar, un hombre al que le queda por delante algo para lo que va a necesitar el cuerpo entero.
Buscó, por costumbre, la piedra gris en su puño, y no estaba: se había quedado arriba, en la tierra de los vivos, apretada entre las manos muertas de Ferrán, que era donde debía estar.
Buscó el hilo azul dentro del jubón, y tampoco; buscó la cruz de tela en el hombro, y tampoco.
No se había traído nada. Todo lo que había cargado en vida —los talismanes, los recuerdos con peso, las cosas de nada que guardaba de los que perdió— se había quedado en el otro lado, con su cuerpo, en Tierra de Sal.
Bajaba desnudo de todo salvo de lo único que no se puede dejar en la orilla: de sí mismo, de lo que había hecho, del peso exacto de su vida.
Y comprendió, con un escalofrío, que quizá ese fuera el sentido de todo aquello: que a un hombre no lo juzgan por lo que llevaba encima, ni por la cruz, ni por los talismanes, ni por las buenas intenciones que se cosen al jubón; lo juzgan por lo que es cuando le han quitado todo lo demás.
Y a él acababan de quitarle todo lo demás.
Y en el centro de la nada, colgando de ningún techo, sostenida por nada, había una balanza.
Grande, antigua, de dos platos, de un metal oscuro que no reflejaba la penumbra igual sin origen del lugar.
Uno de los platos colgaba muy bajo, cargado, hundido casi hasta perderse abajo en la sombra, y el otro subía, vacío o casi, arriba, ligerísimo.
Aldric no necesitó que le explicaran de quién era aquel peso.
Lo supo con la misma certeza fría con que había sabido siempre las cosas graves: que el plato hundido era su vida, veinte años de ella, muerto tras muerto, y que estaba tan abajo, pesaba tanto, que la sola idea de enderezar aquella aguja parecía una burla.
Y junto a la balanza, la figura pálida y cortés, con las manos recogidas dentro de las mangas, lo saludó por su nombre. Por los dos.
—Bienvenido, Cuervo —dijo, y su voz no hizo eco, porque el lugar se la tragaba, y era una voz suave, educada, sin prisa, la voz de alguien que tiene todo el tiempo del mundo porque, en cierto modo, es el tiempo—.
O Aldric, si lo prefieres, aunque ese nombre, me temo, no vas a poder conservarlo mucho tiempo aquí.
Te pertenece una parte, y a otro la otra, y ya veremos con cuál te quedas.
—La figura inclinó la cabeza, y bajo su capucha pálida a Aldric le pareció ver, por un instante, una cara larga de nariz larga y ojos húmedos que conocía demasiado bien; y al instante siguiente la cara era otra, la de Lien, y luego la de un fraile de la cruzada, y luego ninguna, o todas, como si aquel ser tomara prestado, para hablar con cada hombre, el rostro de quien mejor le hubiera enseñado en vida la lección del miedo.
Aldric comprendió, con un escalofrío, que la figura llevaba la cara del Chacal para él porque el Chacal había sido su primer maestro, su primer dios pequeño y cruel, y que aquel lugar sabía cosas de él que él mismo apenas se atrevía a mirar—.
Te estaba esperando. Hace mucho, en realidad.
Desde una tarde en un patio, entre lienzos tendidos al sol, en que un hombre que no rezaba nunca se puso a rezar.
Tenemos mucho de que hablar. Sobre todo, de una cuenta.
Tú ofreciste pagarla, ¿lo recuerdas? Con las manos sobre el vientre de tu mujer.
«A mí déjame lo que quieras», dijiste. «A estos dos, no.
Cóbramelo a mí. Tengo con qué.» —La figura sonrió, y fue una sonrisa suave y atroz—.
Yo lo recuerdo todo. Yo soy el que recuerda.
Y esa oración tuya, la que creíste que nadie escuchaba, la escuché yo, y la anoté, y he venido a decirte que sí, que se acepta, que tienes con qué, en efecto, más de lo que imaginas.
He venido a cobrar. Ven. Acércate. No tengas miedo; el miedo, aquí, es lo único que ya no sirve de nada.
Mira la balanza. Y hablemos, por fin, tú y yo, con calma, de tu perdón, y de su precio, que es lo mismo que hablar de todo lo que fuiste y de todo lo que aún te queda por dejar de ser.