El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 17 — Tierra de Sal #2
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Capítulo 17 — Tierra de Sal #2

Aldric subió por una escala con Ferrán pegado a su espalda, medio paso por detrás como habían acordado, y por una vez sus manos malditas, las que no lo dejaban morir, sirvieron para lo que él quería: iban delante, abriendo camino, apartando lo que caía.

Apartó una lanza que buscaba la cara del chico.

Recibió en su propio escudo una piedra que le entumeció el brazo entero.

Cubrió a Ferrán de una andanada de flechas pegándolo al muro con su cuerpo.

Le gritaba, a cada escalón, las mismas órdenes de siempre —«no mires arriba, mira los travesaños; si oyes el aceite, salta»—, y el chico obedecía, y subían los dos, vivos, escalón a escalón, en medio de la matanza, mientras a su alrededor la escala se iba quedando sin los que la habían empezado a subir.

Por primera vez en toda la campaña, las manos de Aldric hacían exactamente lo que él quería que hicieran: mantener vivo a otro.

No a él. A otro. Y en medio del infierno, subiendo hacia su propia muerte sin saberlo todavía, Aldric sintió algo parecido a la paz, porque por fin sus manos y su voluntad querían lo mismo.

Lo mantuvo vivo escalón a escalón hasta el borde mismo del adarve.

Y en el borde, cuando ya coronaban el muro, en el caos de la primera línea, lo perdió de vista un instante —solo un instante, el ancho de una cuchillada, el tiempo justo que Aldric necesitó para quitarse de encima a un defensor que le había caído al hombro— y cuando volvió a buscarlo, Ferrán ya no estaba detrás.

Estaba delante. Había subido, en el último tramo, en un arranque de aquella terquedad suya, por delante de Aldric, aprovechando el instante en que el otro peleaba, para dárselo todo a Dios, para ganarse el perdón en el momento del mayor valor, para poder mirar a su padre; había subido el primero, después de todo, como se había jurado hacer.

Y Aldric alcanzó a ver, en ese instante robado, cómo el muchacho coronaba el adarve con el grito en la boca y la lanza en alto y toda la juventud del mundo en la cara; y cómo, en la cumbre misma de aquel valor, una lanza enemiga lo recibía, entrándole por debajo del peto, limpia, definitiva; y cómo el grito se le apagaba y las piernas se le doblaban y caía, no hacia fuera, hacia los suyos, sino hacia dentro, hacia el patio interior de la ciudad, hacia una maraña de defensores que lo rematarían antes de que tocara el suelo.

Todo en el tiempo de un parpadeo. El mismo medio paso de siempre.

Aldric había llegado, otra vez, medio paso tarde a lo alto de una escala, igual que había llegado medio paso tarde a una silla en una casa de Gante Vieja.

Pero esta vez no se quedó en el medio paso.

Aldric no lo pensó. Nunca pensaba en el tiempo rojo.

Saltó tras él, adarve abajo, al interior de la ciudad, cuatro varas de caída al vacío entre los enemigos, sin salida posible, sin plan, sin ninguna esperanza de volver a salir de allí con vida, y lo supo al saltar, supo con toda claridad que aquel salto no tenía vuelta, que se tiraba a un pozo del que no se sale; y saltó igual, y hubo, en la fracción de segundo de la caída, una especie de alivio, casi de alegría, porque por fin, por fin, sus manos malditas no podían salvarlo, por fin había encontrado una muerte que ni siquiera ellas podrían esquivar.

Saltó no por la ciudad, ni por Dios, ni por la cruz cosida a su hombro, sino por lo de siempre, por lo único que sabía hacer de bueno en toda su vida de quitar: por no dejar caer solo a alguien que había visto.

Por llegar, esta vez, aunque fuera saltando a un pozo, medio paso a tiempo.

Cayó entre ellos, rodando, y se levantó peleando.

Sus manos, fieles hasta el último instante, empezaron a hacer lo suyo: esquivar, parar, matar, mantenerlo vivo un latido más, otro, otro.

Estaba rodeado, sin salida, en el corazón de una ciudad enemiga, con medio ejército de defensores cerrándose sobre él; y sin embargo, tal era su oficio, tal era la maldición de aquellas manos, que podría haber aguantado un rato largo, podría haber vendido carísima su muerte, podría haber muerto peleando de pie como muere un soldado, que era la única muerte que sus manos le habían permitido soñar en toda la campaña.

Pero entonces lo vio.

Ferrán estaba tirado a un par de pasos, entre el polvo y las piernas de los que peleaban, todavía vivo, con la lanza aún clavada, y lo miraba.

Lo miraba con aquellos ojos jóvenes ya sabedores, ya sin terquedad, ya sin ilusión de perdón ni de gloria, solo con la última pregunta, la única que de verdad importa en el último instante, la misma pregunta con que lo había mirado Duno en la casa de Rethel, con que lo había mirado Aina en la escalera, con que lo había mirado Vera en el suelo de Santa Brígida: la pregunta de si alguien lo está mirando irse. La pregunta de si va a irse solo.

Y Aldric, arrodillándose sobre el muchacho en medio del círculo de acero que se cerraba, comprendió, en un relámpago que lo iluminó todo, que aquel era el instante.

El que llevaba buscando toda la campaña, en cada asalto, en cada emboscada, ofreciéndose a la muerte y siendo rechazado una y otra vez por sus propias manos.

Comprendió por qué se lo habían negado hasta entonces: porque hasta entonces había buscado morir para huir, para terminar, para descansar de sí mismo, y esa muerte —la del que se rinde— era, como la del canal, una puerta que se cierra.

Y ahora, en cambio, no buscaba morir para huir.

Buscaba morir para quedarse; para cubrir a otro; para que un muchacho no se fuera solo.

La misma muerte, el mismo acto de no esquivar, pero al revés por dentro: no una rendición, sino un don.

Y Aldric supo, con una certeza que le llegó de más allá de la razón, que esta sí se la iban a permitir, que esta era la única que contaba, que había cruzado el mar y un año de guerra no para encontrar una muerte, sino para encontrar la única muerte de la clase justa: la que no se toma para dejar de estar, sino para que otro no esté solo.

No tenía que hacer nada extraordinario para alcanzarla.

Al contrario. Solo tenía que dejar de hacer lo único que sabía hacer.

Solo tenía que dejar las manos quietas. Solo tenía que no esquivar.

Costaba más de lo que nadie habría imaginado.

Las manos no querían. Veinte años de oficio le gritaban desde los brazos que se moviera, que parara aquella cuchillada que venía por la izquierda, aquel hacha que subía por la derecha; el cuerpo entero, entrenado hasta el tuétano para vivir un instante por delante de la muerte, se rebelaba contra la orden de estarse quieto, tiraba de él hacia la vida como había tirado siempre.

Aldric tuvo que emplear, para no defenderse, más voluntad de la que había empleado nunca para matar.

Matar le salía solo; morir, tuvo que quererlo con todo lo que era.

Y lo quiso. Apretó los dientes y le ordenó a cada músculo que desobedeciera al oficio, que traicionara por una vez la única lección que el Chacal le había enseñado bien —sobrevivir—, y lo consiguió, y fue, comprendió mientras el primer acero buscaba el hueco entre sus costillas, el acto más libre de toda su vida: la primera vez que su cuerpo hacía lo que su alma quería y no lo que veinte años de amo le habían metido en los huesos.

Y por primera vez en veinte años, deliberadamente, con toda la fuerza de su voluntad, el Cuervo no esquivó.

Dejó caer las manos. Dejó de vivir medio paso por delante de la cuchillada.

Se inclinó sobre Ferrán, para taparlo con su cuerpo, para que el muchacho, al menos, no viera el círculo de lanzas sino una cara amiga, y buscó en su propio puño la piedra gris del niño de las piernas torcidas, y se la puso a Ferrán en la mano, cerrándole los dedos alrededor, como quien le da a un niño algo que apretar en la oscuridad; y le dijo, deprisa, contra el estruendo, lo que había querido decirle a Duno, y a Aina, y a Vera, y no había podido; la única bendición que tenía, la que había ido aprendiendo muerto tras muerto y que solo ahora, al fin, llegaba a tiempo de dar entera:

—No has temblado —dijo, aunque Ferrán no había preguntado, aunque quizá Ferrán ya no oía; lo dijo por todos ellos a la vez, por Duno que sí preguntó y no recibió más que una mentira, por Aina que no llegó a preguntar nada, por Vera cuya última palabra quedó a medias, por este que se iba—.

Has subido el primero. Lo has dado todo.

Tu hermano te ha visto. Tu padre te vería, si estuviera.

Alda te va a llorar y a recordar riéndose tapándose la boca.

Y no te vas solo. Yo te miro. Estoy aquí.

Nadie se va solo si alguien lo mira irse.

Y yo te miro, chico. Hasta el final. Aquí estoy.

Y en los ojos jóvenes de Ferrán, antes de que se apagaran del todo, Aldric vio pasar algo que no había podido darle a ninguno de los otros: no el terror de irse solo, sino su contrario, una especie de descanso, la paz del que se va acompañado.

El chico movió los labios. No salió voz, o salió tan poca que se la tragó el estruendo, pero Aldric supo leer la forma de la palabra, porque era corta y él la conocía: «gracias».

Y con eso —con haber llegado, por una vez, medio paso a tiempo; con haber recibido un «gracias» que llevaba toda la vida sin merecer— a Aldric le bastó para lo que venía.

Era más de lo que había tenido nunca. Era, comprendió, la primera muerte de su vida a la que llegaba puntual.