El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 17 — Tierra de Sal
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Capítulo 17 — Tierra de Sal

L a ciudad que iba a matarlo no tenía, vista desde el campamento, nada de particular.

Era una más de las muchas que el ejército de la fe había puesto bajo asedio en aquella campaña interminable: murallas de piedra caliente, torres cuadradas, un color de arena y de sed, y sobre las almenas, minúsculos a la distancia, los defensores que la guardaban, hombres que Aldric no odiaba, que solo defendían su casa y su sepulcro y sus dioses de un ejército venido de más allá del mar a quitárselos.

Le habían dicho su nombre y no lo había retenido; había dejado de retener los nombres de las ciudades hacía mucho.

Pero a esta la llamaban, entre los soldados, por el sabor del aire: Tierra de Sal, porque la tierra de alrededor era blanca y estéril, costrosa de sal, y no crecía en ella nada, y el agua de los pocos pozos amargaba, y los hombres decían que era tierra maldita, tierra donde Dios había derramado sal para que no volviera a crecer nada, como se echa sal sobre los campos del enemigo para que no den fruto en cien años.

A Aldric, aquel nombre, sin saber por qué, se le quedó dentro cuando no se le había quedado ninguno otro.

Tierra de Sal. Le sonaba a sitio donde se acaban las cosas.

Le sonaba, aunque él aún no podía saberlo, a antesala de otro lugar todavía más seco y más estéril que le esperaba debajo.

Llevaban dos semanas ante ella. Habían caído ya, en aquellas dos semanas, más cruzados de fiebre y de flecha de los que Aldric quería contar, y la ciudad seguía en pie, indiferente, esperando, y el ánimo del campamento se había agriado hasta el punto en que los capitanes, olfateando el desánimo, decidieron lo que deciden siempre los capitanes cuando huele a desánimo: un asalto general, al amanecer, cueste lo que cueste.

Un asalto de los que hacen historia, decían.

Un asalto de los que llenan fosas, sabían los soldados.

Aldric leyó el asalto antes de que lo anunciaran, como leía siempre todo.

Lo leyó en las caras de los capitanes que volvían de la tienda del legado, en la prisa con que se repartió el vino aquella tarde —doble ración, la ración de los condenados—, en los frailes que empezaron a oír confesiones a destajo, en fila, como quien despacha mercancía antes de que se estropee.

Un ejército al que de pronto le dan vino y confesión es un ejército al que van a gastar al día siguiente.

Lo sabía. Y sabía, además, algo que los frailes de la fila no decían: que aquel asalto no era por Dios, ni por el sepulcro, ni por las almas de los que subieran; era porque unos señores con prisa por repartirse la ciudad grande no querían perder más semanas en aquella, y habían calculado que salía más barato gastar mil peones de un golpe que mantener el asedio otro mes.

La misma cuenta de siempre. La cuenta del Chacal, escrita en grande, con incienso.

Aldric la había olido tantas veces que ya ni le indignaba; solo le dolía por los que la iban a pagar sin saber que era una cuenta, creyendo que era una cruzada.

La víspera, Aldric la pasó con Ferrán.

El muchacho estaba raro aquella noche, más callado que de costumbre, dándole vueltas a algo junto a la hoguera. Al final lo soltó, con la voz de un niño que confiesa un miedo:

—Mañana subo con los primeros.

—No —dijo Aldric—. Ya lo hemos hablado. Subes conmigo, en la segunda oleada, cuando ya haya un hueco en el muro. Los primeros son los que llenan la fosa.

—Los primeros son los que ve Dios —dijo Ferrán, y en su voz había una terquedad nueva, dolorosa—.

Escúchame. Llevo un año aquí. Y sigo sin sentir nada.

Vine a que me perdonaran lo de mi hermano, a sentirme limpio, y mato y mato y no me siento más limpio, me siento igual, me siento peor.

—Miró el fuego—. El fraile del barco decía que el perdón se gana en el momento del mayor valor, cuando un hombre da todo lo que tiene por la causa de Dios.

Y yo aquí siempre me cubro, siempre voy en la segunda oleada, siempre hago lo que tú me dices para seguir vivo.

Y sigo sin sentirme perdonado. A lo mejor es porque nunca me he jugado del todo.

A lo mejor mi hermano solo me perdona si subo el primero, si lo doy todo, si dejo de cuidarme tanto.

—Levantó los ojos, jóvenes, decididos, condenados—.

Mañana subo el primero. Necesito subir el primero.

Es la única manera de volver a casa pudiendo mirar a mi padre.

Aldric lo miró, y vio en aquella cara todo lo que sabía y el chico no: que el perdón no está arriba en las escalas, que la gloria es de los muertos, que su hermano no lo iba a perdonar más por morir bien, igual que Vera no lo había perdonado a él más ni menos por nada, porque el perdón de los muertos no se gana, se recibe o no se recibe, y no depende de cómo mueras, sino de cómo te miraron cuando vivías.

Quiso decírselo. Buscó las palabras, las palabras que había aprendido tan caras, y no le salieron, porque decírselas a Ferrán era también decírselas a sí mismo, y a sí mismo aún no se las creía del todo.

Porque —lo entendió aquella noche, con una punzada— él estaba haciendo exactamente lo mismo que Ferrán: había cruzado el mar convencido de que el perdón se ganaba muriendo bien en una guerra, igual que el chico creía que se ganaba subiendo el primero.

Los dos corrían hacia el mismo espejismo, en escalones distintos de la misma escala.

¿Con qué cara iba a desengañar Aldric al muchacho de una fe que él mismo seguía necesitando para levantarse cada mañana?

Si le decía a Ferrán «el perdón no está en morir bien», tenía que decírselo también a sí mismo, y entonces ¿qué le quedaba?

¿Para qué había ido hasta allí? Así que se calló la verdad más importante que sabía, por segunda vez en su vida —la primera había sido con Vera, callándole lo de Aina—, y otra vez lo hizo creyendo que protegía a alguien, y otra vez, sin saberlo aún, se equivocaba, porque las verdades que uno se calla por bondad son las que más caras se pagan.

—Entonces subo yo contigo —dijo, en cambio—. Delante de ti. Si vas a subir el primero, subo yo medio paso por delante, y tú detrás. Es lo único que te pido.

—¿Por qué? —preguntó Ferrán.

—Porque medio paso por delante —dijo Aldric— es el sitio donde llevo toda la vida llegando tarde. A ver si por una vez llego a tiempo.

El chico no lo entendió, y se rió, y le pasó el pellejo de vino malo, y hablaron de otras cosas hasta muy tarde.

Ferrán habló, sobre todo; Aldric había aprendido, con Corvo, que a veces el mejor regalo que puedes hacerle a un hombre es dejarlo contar su mundo.

Y Ferrán le contó el suyo: su casa del norte, de piedra y pizarra, con un tejado que goteaba y un padre callado; un río de aguas frías donde se bañaba de niño con el hermano que luego mató, y cómo el hermano le había enseñado a nadar sujetándolo por la barriga hasta que un día lo soltó sin avisar y Ferrán descubrió que flotaba solo, y lo furioso y lo feliz que se puso a la vez; una moza del pueblo de al lado, Alda, de trenzas oscuras, a la que pensaba pedir en cuanto volviera hecho un hombre perdonado, y de la que guardaba, decía, la manera exacta en que se reía tapándose la boca.

Aldric lo escuchó toda la noche, sin decir casi nada, guardándose la cara del muchacho y sus historias como se guarda uno la cara de los que sabe que se van.

Porque lo sabía. Lo había sabido en cuanto Ferrán dijo «mañana subo el primero», con la misma certeza fría con que había sabido, en la taberna del muelle, que el «último trabajo» del Chacal era una trampa; con la misma con que había sabido, en el tejado, que no podría proteger la casa.

Su maldición no era solo llegar tarde; era saber de antemano a qué iba a llegar tarde, y no poder impedirlo.

Veía la muerte de Ferrán acercarse como veía las tormentas los marineros de Corvo, en el color del cielo, sin poder hacer nada más que amarrar lo que se pudiera.

Y lo único que Aldric podía amarrar aquella noche era una promesa: que esta vez, esta única vez, estaría medio paso por delante y no medio paso por detrás.

Que si no podía impedir la tormenta, al menos, por una vez, no dejaría que se llevara al muchacho solo.

*

El asalto empezó con el primer gris del amanecer, y fue, como todos, el infierno.

Sonaron las trompas y los tambores, y los frailes cantaron desde la retaguardia, y toda la hueste se lanzó a la vez contra las murallas de piedra caliente, una marea de hombres con escalas y cruces y miedo.

Las escalas contra el muro. La lluvia de flechas que oscurecía el cielo ya claro y hacía aquel ruido de granizo, y aquel otro más blando.

El aceite hirviendo cayendo desde las almenas en cortinas relucientes, y los alaridos de los hombres que ardían vivos en las escalas y caían envueltos en fuego sobre los que subían detrás, prendiéndolos también, de modo que a veces una escala entera se convertía en una columna de fuego que se desplomaba hacia atrás.

Piedras del tamaño de barriles rebotando muro abajo, llevándose cabezas.

El estruendo, el polvo blanco de sal levantado por miles de pies, el olor a quemado y a sangre y a miedo, y el sol de Tierra de Sal saliendo indiferente sobre todo ello, sin una nube, sin una sombra donde esconderse, alumbrándolo todo con su luz de juez. El tiempo rojo tragándoselo todo.