Capítulo 16 — El asalto fallido #4
Aldric estuvo mucho rato callado. Nunca se lo había dicho a nadie; ni a Lien del todo. Pero el chico se lo había ganado, en tres días de foso y una familia salvada, y además, pensó Aldric, ¿qué más daba ya?
—Busco una puerta —dijo al fin, mirando el fuego—.
Perdí a una mujer. Y a un hijo que no llegó a nacer.
Y me dijeron que si moría aquí, tomando la cruz, se me abriría una puerta hacia donde están ellos.
Vine a eso. A morir de manera que me dejen entrar donde ellos me esperan.
Es todo. No busco vivir. Busco morir bien, para volver a verlos.
Ferrán lo miró, y no dijo ninguna tontería de las que dice la gente ante un dolor así; solo asintió despacio, como quien recibe algo grave que le confían.
—Entonces los dos buscamos lo mismo —dijo—.
Una puerta. Yo, la del perdón de un padre; tú, la de una mujer.
Y los dos hemos cruzado el mar creyendo que estaba en la guerra, y los dos estamos empezando a sospechar que estaba en casa.
—Se quedó mirando la lumbre—. Da rabia, ¿no?
Cruzar tanto mar para aprender que lo que buscabas lo tenías detrás.
—Si me traigo eso de vuelta —repitió Ferrán, después de un silencio, y sonrió, con una sonrisa nueva, más triste y más adulta que la de antes—. Si vuelvo.
Y ninguno de los dos dijo nada más, porque los dos sabían que «si vuelvo» no era una figura, sino la única pregunta honrada que se podía hacer un hombre en aquel campamento, y porque más allá de la hoguera, hacia el interior seco, esperaba la ciudad grande, la de las letras de oro, con sus murallas más altas y su foso más hondo, paciente, contando ya, sin prisa, cuántos de los que aquella noche miraban el fuego iban a llenar la fosa siguiente.
Aldric miró a Ferrán reír de una broma que ya no recordarían al día siguiente, tan joven, tan condenado, y sintió el viejo miedo, el peor de todos, el de querer a alguien a quien se puede perder.
Era, comprendió aquella noche, la misma trampa de siempre, la que le había cerrado el Chacal en Gante Vieja: había vuelto a tener algo que perder.
En una guerra a la que había ido a perderlo todo, a no tener ya nada, se las había arreglado, con su corazón terco e imposible, para volver a cargarse de un tesoro: un muchacho de diecinueve años con la sonrisa de Duno y un botón de asta al cuello.
Y donde hay un tesoro hay un miedo, y donde hay un miedo el mundo sabe siempre dónde clavar el filo.
Aldric lo sabía, y no podía evitarlo, porque había descubierto —tarde, con Vera, y no lo había desaprendido— que un hombre que se niega a querer por miedo a perder ya está muerto sin necesidad de que lo maten, y él prefería la otra muerte, la de quien ha querido y ha perdido, a esa.
Y supo, con la certeza fría del oficio, que aquella ciudad grande iba a pedir su precio, y que el precio, como siempre, no lo pagaría el que había calculado mal el muro, sino los que subieran las escalas.
Y se prometió, mirando al muchacho, lo mismo que se prometía en cada batalla y no conseguía cumplir: que esta vez llegaría medio paso por delante.
Que esta vez, por una vez, no llegaría tarde.
Aquella noche apenas durmió. Se quedó velando el sueño de Ferrán, como había velado el de Vera en un catre estrecho de Gante Vieja, como había velado la casa de Santa Brígida desde un tejado, con esa vigilancia inútil y terca de los que aman y saben que la vigilancia no basta.
Miró las estrellas de Tierra de Sal —las mismas de todas partes, las mismas para el conde y para el peón, para el vivo y para el muerto— y se dio cuenta de que había recorrido medio mundo, cruzado un mar, atravesado un año de guerra, y seguía haciendo exactamente lo mismo que en aquel muelle de niebla la primera noche: contar, medir, vigilar una puerta que no podía cerrar, tratar de adelantarse a una desgracia que ya estaba escrita.
No se puede vivir siempre medio paso por delante de la muerte de los que quieres; tarde o temprano llega el día en que la muerte va más rápida, o tú más lento, o simplemente te toca a ti ponerte en medio.
Aldric lo sabía. Lo había sabido siempre.
Y aun así siguió velando, porque velar era lo único que sabía hacer por amor, y prefería hacer mal lo único que sabía a no hacer nada.
Y esta vez, por fin, iba a cumplirlo. Pero no como creía, no como quería, no de la manera en que un hombre quiere llegar a tiempo.
La ciudad grande, la de las letras de oro, le iba a conceder por fin las dos cosas que llevaba una vida entera persiguiendo sin poder juntarlas: llegar a tiempo, y morir.
Se las iba a dar a la vez, en el mismo gesto, al pie de una escala, y solo entonces entendería Aldric que no eran, como había creído siempre, dos cosas contrarias, sino la misma, y que la única manera de no llegar tarde a salvar a alguien era, a veces, ponerse en medio de la muerte que le tocaba a él.
Pero eso es ya la última parte de la historia.