El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 16 — El asalto fallido #3
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Capítulo 16 — El asalto fallido #3

Y Aldric se quedó guardando a aquella familia que no conocía, cuyo idioma no hablaba.

El hombre lo miraba con un odio y un terror mezclados, sin entender por qué aquel invasor de la cruz roja los protegía de los otros invasores de la cruz roja; la mujer había metido a las dos crías detrás de ella y rezaba en su lengua, deprisa, sin dejar de mirarlo.

Aldric no intentó tranquilizarlos, porque no había manera, porque para ellos él era exactamente lo que era, uno de los que habían venido de más allá del mar a quemarles la casa, y ninguna cosa buena que hiciera aquella tarde borraría eso.

Se limitó a plantarse en el portal, de espaldas a la familia, de cara a la calle, con el cuchillo en la mano, y a esperar.

Pasaron horas. Pasó, por delante del portal, toda la fealdad de una ciudad saqueada, y Aldric la vio entera, sin poder impedirla, porque no podía salvar la ciudad, solo aquel portal, y aprendió aquella tarde la lección más amarga del que quiere hacer el bien en medio del mal: que casi nunca se puede salvar más que un trozo pequeño, y que hay que elegir cuál, y que elegir uno es abandonar todos los demás.

Guardó su portal. Dejó de guardar la ciudad, porque no podía.

Y cuando por fin cayó la noche y el saqueo se apagó en borrachera, sacó a la familia por una poterna hacia el campo, empujándolos suavemente hacia la oscuridad, hacia las colinas, lejos; y la mujer, ya en el umbral de la poterna, se volvió un instante y lo miró, y no le dio las gracias, porque no podía entenderle y porque quizá no se las merecía, pero lo miró de una manera que Aldric guardó: no con gratitud, sino con una especie de asombro, como quien ve algo que no encaja en el mundo tal como lo conoce, un lobo que en vez de morder aparta.

Y se fueron, y él volvió al campamento con las manos, por una vez en aquella ciudad, limpias, y con la sensación rara, casi olvidada, de haber hecho un trabajo bien hecho, del que no cobraría nada y que nadie contaría jamás.

Ferrán lo había visto todo: el portal, la voz baja, la familia sacada por la poterna.

Había estado a su lado la tarde entera, blanco, sin ayudar y sin estorbar, aprendiendo con los ojos lo que Aldric no sabía enseñar con palabras.

Volvieron juntos al campamento en silencio, entre las hogueras de los que celebraban la victoria bebiendo el vino saqueado y cantando himnos con la boca todavía sucia, y aquel contraste —los cantos de triunfo de un lado, y del otro dos hombres callados que no tenían nada que celebrar— le dijo a Ferrán, sin necesidad de sermones, de qué lado había decidido estar.

Se sentaron aparte, en el borde del campamento, de cara a la oscuridad y de espaldas a las canciones.

Aquella noche, junto a una hoguera pequeña que hicieron ellos solos, lejos de las grandes, el muchacho estuvo mucho rato callado, dándole vueltas al botón de su hermano, y al final dijo, con una voz que ya no era la de antes, con la primera grieta hecha ya cicatriz:

—Vine a que Dios me perdonara matando por Él.

Y hoy lo único bueno que he visto hacer a nadie ha sido a ti, salvando a esa gente, desobedeciendo, quitándole víctimas a la causa de Dios.

—Miró el fuego—. Ya no sé de qué lado está el perdón.

Empiezo a pensar que no está arriba, en las murallas, ni en lo que predican los frailes.

Que a lo mejor está justo donde tú lo pones: en apartar a una familia de un portal.

En cubrir a alguien. En las cosas pequeñas que no cuentan para la cruzada.

—Levantó los ojos—. Si eso es verdad, entonces he cruzado el mar para nada.

El perdón lo tenía en casa, en cualquier cosa pequeña que hubiera hecho por mi hermano en vez de dispararle. Y aquí solo he aprendido a matar mejor.

Aldric no supo qué contestar, porque el chico acababa de decir, con sus diecinueve años, la verdad exacta que a él le había costado la vida entera y una mujer muerta aprender: que la puerta no estaba arriba, en la sangre de la causa, sino abajo, en las cosas pequeñas que no cuentan.

La misma verdad que le había dicho Lien sobre la tumba de Vera —«no la cruzarás por matar sarracenos; la cruzarás por lo que hiciste en el patio»— y que él no había querido creer.

La misma que ponía, sin él saberlo, pequeños pesos limpios en el plato vacío de una balanza que aún no había visto: la familia del portal, el mar contado a Corvo, el grano subido a una despensa.

Todo lo que no contaba para nadie. Todo lo que, resultaría, contaba para lo único que contaba.

—A lo mejor no has cruzado el mar para nada —dijo al fin, despacio, ofreciéndole al chico lo poco que tenía—.

A lo mejor has cruzado el mar para aprender eso.

Que el perdón está abajo, en lo pequeño.

Hay quien no lo aprende en toda la vida.

Tú lo has aprendido a los diecinueve. No está mal el viaje, si te traes eso de vuelta.

Ferrán se quedó pensando, dándole vueltas al botón de asta de su hermano entre los dedos, como hacía siempre que pensaba.

—¿Y tú? —preguntó, y era la primera vez que se atrevía a preguntarle algo directo—. Tú no buscas tierras, ni gloria, ni botín; ya lo sé. Y tampoco el perdón de Dios, creo, porque no rezas, te he visto, no rezas nunca. Entonces, ¿qué buscas tú aquí? Nadie viene a esto sin buscar algo.