Capítulo 16 — El asalto fallido #2
—Los frailes no suben las escalas —cortó Aldric, sin dureza, con un cansancio de siglos—.
Fíjate en eso, Ferrán, fíjate siempre en eso: quién dice que hay que morir y quién sube a morir.
Nunca son los mismos. El fraile que te promete el cielo por subir se queda abajo bendiciendo.
El capitán que necesita el muro se queda en su tienda.
Y arriba, en los travesaños, donde cae el aceite, solo estáis los que no tenéis tierras ni latín ni tienda: tú, y el hijo del herrero, y el deudor, y el segundón.
Los de siempre. —Le limpió el vómito de la barbilla con el dorso de la mano, un gesto casi paterno que sorprendió a los dos—.
No te digo que no haya cielo. No lo sé. Te digo que desconfíes de todo el que te lo vende a cambio de que subas tú y se quede él.
Esa cuenta la he visto toda mi vida, con otros nombres.
Se llama gremio, se llama cruzada, se llama como quieras.
Debajo es siempre la misma: unos ponen las palabras bonitas y otros ponen los muertos.
Ferrán lo miró, blanco, con lo que le quedaba de vómito en la barbilla, y en sus ojos jóvenes Aldric vio empezar a agrietarse algo, y le dolió verlo, aunque sabía que era necesario, que aquella grieta era el principio de que el chico viera el mundo como era, y que un chico que ve el mundo como es tiene, al menos, una posibilidad de no morir engañado en el próximo muro.
No dijo nada más. No hacía falta. La muralla intacta y el foso lleno lo decían todo.
*
Lo peor no fue el asalto. Lo peor vino después, y fue lo que le enseñó a Aldric, definitivamente, que la guerra santa era el gremio del Chacal escrito en grande.
Los dos días siguientes fueron de asaltos más pequeños y de espera, y de ver cómo el foso, que los capitanes habían prometido llenar con los defensores, se llenaba en cambio con los cruzados, hinchados al sol, imposibles de recoger bajo las flechas, hasta que el hedor llegaba al campamento y había que quemarlos a distancia con flechas incendiarias, a los propios muertos, porque no había otra manera.
Ferrán no volvió a pedir subir el primero.
Algo se le había apagado en la cara desde el primer asalto, y Aldric lo veía con una mezcla de pena y de alivio: pena porque era hermoso el chico cuando creía en algo; alivio porque un chico que ya no cree en la gloria es un chico que tiene más posibilidades de volver a casa.
Al tercer día la ciudad cayó —no por valor, sino por hambre y por una puerta que alguien de dentro abrió a cambio de su vida—, y el ejército entró, y lo que hizo dentro Aldric ya lo había intuido pero no lo había visto a aquella escala.
Los hombres a los que se les había prometido el perdón de Dios por matar, los que habían visto morir a sus compañeros de diez en diez en el foso durante tres días, entraron en aquella ciudad pequeña con tres días de miedo y de rabia y de sed acumulados, y con la conciencia tranquila de quien cree que Dios le firma cada golpe, e hicieron lo que hacen los hombres así: lo peor que llevaban dentro, sin freno, sin vergüenza, con himnos.
Aldric había visto crueldad toda su vida; la había ejercido; creía conocerla.
Pero la crueldad del gremio era fría, interesada, medida: se hacía daño por dinero, por ejemplo, por miedo, y se paraba cuando el negocio estaba hecho.
Esta era otra. Esta no se paraba, porque no buscaba nada, porque era la crueldad de los hombres a los que se ha dado permiso, la más ilimitada de todas, la que no tiene fondo porque no tiene propósito.
Vio cosas, en aquellas calles, que ni el Cuervo había visto, hechas por hombres que llevaban una cruz cosida al hombro y cantaban mientras las hacían, y entendió que el Chacal, comparado con un ejército al que le han prometido el cielo, era un aficionado.
Aldric no participó. Se quedó en una plazuela, con Ferrán al lado, apartando a los que pasaban corriendo hacia el saqueo, y por primera vez en su vida el Cuervo —que había matado a sueldo durante veinte años sin hacerse preguntas— sintió asco de otros asesinos.
Un asco nuevo, distinto del que se tenía a sí mismo.
Porque él, cuando mataba, sabía que hacía mal; nunca se había mentido; el Chacal le había quitado muchas cosas, pero no le había dado nunca la coartada de creerse bueno.
Y aquellos hombres, en cambio, degollaban y quemaban y hacían cosas peores creyéndose instrumentos de Dios, cantando, seguros de que cada crueldad les sumaba cielo.
Aldric comprendió, viéndolos, que había una condena peor que la suya: la de los que hacen el mal creyendo que hacen el bien, porque esos no paran nunca, no dudan nunca, no se arrodillan nunca en el borde de ningún muelle a preguntarse si hay otra vida esperándolos.
Él, al menos, dudaba. Él, al menos, sabía.
Y esa certeza amarga —que era mejor un asesino que se sabe asesino que un santo que no se sabe verdugo— fue lo único que se llevó de aquella ciudad pequeña cuyo nombre no quiso aprender.
Le sirvió, además, para entender algo de su propia cuenta que no había entendido hasta entonces: que quizá no estuviera todo perdido para él, precisamente porque nunca se había mentido.
Un hombre que se sabe deudor puede pagar; el que se cree acreedor, no, porque ni siquiera sabe que debe.
Aldric había cargado veinte años con la conciencia exacta de lo que era, sin coartadas, sin cruz que le firmara los golpes, y aquella honradez terrible con la que se había juzgado siempre a sí mismo era, resultaba, lo único limpio que había en él, la única cosa que a lo mejor —solo a lo mejor— serviría de algo cuando le pusieran la cuenta delante.
No lo pensó con esas palabras. Pero lo sintió, viendo cantar a los santos verdugos: que su condena, la del que sabe, era también, quizá, su única esperanza.
Hubo un momento, uno solo, en que estuvo a punto de volver a ser el Cuervo del todo.
Iba con Ferrán por una calle lateral, apartándose del saqueo, buscando la salida del campamento, cuando lo oyó: gritos de mujer, de los que Aldric conocía, y risas de hombre, de las peores.
Un grupo de cruzados había arrinconado en un portal a una familia —un hombre al que ya habían tumbado de un golpe, una mujer, dos crías pequeñas— y se disponía a hacer con ellas lo que Aldric sabía que iban a hacer.
Y a la mujer, abrazada a sus hijas contra la pared, con los brazos abiertos delante de ellas en ese gesto que no sirve de nada y que hacen igual todas las madres del mundo, se le puso, por un instante, en la penumbra, la cara de otra mujer abrazada a lo que amaba contra otra pared, en otra sala, bajo dos velas de boda: la cara de Vera con las manos sobre el vientre, protegiendo.
Y también, superpuesta, la de la madre de los pescadores de Gante Vieja, la de la prueba del Chacal, la que había abierto los brazos ante sus tres críos.
Todas las mujeres que se ponen en medio.
Todas a la vez. Y la mano de Aldric fue al cuchillo, y el Cuervo se despertó entero dentro de él, con una sed que no sentía desde el tiempo rojo de la casa, listo para matar cruzados, para teñir aquel portal de la sangre de los suyos, uno a uno, despacio, con saña, y le habría dado gusto, un gusto negro y hondo, y habría sido, otra vez, justo, tan justo como lo habría sido matar al Chacal en la boca de su nido.
Pero al lado tenía a Ferrán. Y matar a media docena de cruzados delante de Ferrán era condenar también al chico —porque los que quedaran lo contarían, y a los dos los colgarían por traidores a la causa—, y era, sobre todo, volver a ser el Cuervo, gastar en sangre lo que le había prometido a una muerta que no gastaría.
Así que hizo lo único que se le ocurrió que no era ni matar ni mirar: se plantó en el portal, entre los cruzados y la familia, con toda la quietud peligrosa de veinte años de oficio en la cara, y dijo, en voz baja, la voz que asustaba más que un grito:
—Estos son míos. Los he apartado yo. Buscaos otros.
Y tal era el peso de aquella voz, tal el aire de hombre que ha matado mucho y sin esfuerzo que Aldric sabía llevar cuando quería, que los cruzados —borrachos de sangre pero no idiotas— lo miraron, lo midieron, calcularon lo que les costaría discutírselo, y decidieron que había ciudad de sobra para todos y que aquel de la cicatriz sobre el ojo no valía la pena. Se fueron a buscar otros portales.