El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 16 — El asalto fallido
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Capítulo 16 — El asalto fallido

L a ciudad pequeña se llamaba de una manera que Aldric no aprendió y no quiso aprender, porque había dejado de aprenderse los nombres de las cosas que iba a ayudar a destruir; era una forma de cobardía, lo sabía, no nombrar lo que matas, y la practicaba igual, porque un hombre no puede cargar con todos los nombres.

Era pequeña y era terca. Llevaba dos generaciones aguantando en aquel cruce de caminos secos, y sus murallas, aunque bajas, estaban bien hechas, y sus defensores sabían que rendirse a un ejército de cruzados no les garantizaba la vida, así que peleaban con la desesperación tranquila de los que no tienen adónde huir.

Aldric los entendía mejor de lo que le habría gustado.

Eran, comprendió mirando la muralla, gente como los que sobran de Santa Brígida: pobres a los que el mundo había decidido que estorbaban, arrinconados en un cruce de caminos que a alguien poderoso le convenía tener, y a los que se iba a barrer no por lo que habían hecho, sino por dónde estaban.

La cruzada los llamaba infieles, enemigos de Dios; pero Aldric, que había dejado de creerse las palabras que ponen los de arriba a los muertos que hacen los de abajo, veía solo campesinos con lanzas defendiendo sus casas de barro de un ejército venido del otro lado del mar.

Se le hacía difícil odiarlos. Se le hacía difícil, cada día más, odiar a nadie que no comiera despacio en una tienda o en una trastienda; y esa dificultad nueva para odiar era, para un soldado, la peor de las heridas, porque un hombre al que le cuesta odiar al que tiene enfrente pelea peor y muere antes.

Aldric lo sabía. Y casi lo agradecía. Los capitanes cristianos, impacientes por llegar a la ciudad grande, la de las letras de oro, decidieron no perder tiempo en un asedio largo: la tomarían al asalto, deprisa, de un golpe, para seguir camino.

«Un día», dijeron los capitanes desde sus tiendas. «Nos costará un día.»

Les costó tres, y una fosa que no llenaron los defensores, sino los cruzados.

*

La víspera del primer asalto, Aldric no durmió.

Se sentó fuera de la tienda, mirando la muralla negra recortada contra las estrellas —las mismas de Gante Vieja—, y la leyó como leía las casas antes de un trabajo: contó las almenas, midió la altura por las sombras, calculó dónde caería el aceite, por dónde vendrían las flechas, cuántos travesaños de escala harían falta y cuántos les habían dado.

Los números le salieron todos mal. Aquella muralla estaba hecha para matar a quien la asaltara de frente, y de frente iban a asaltarla, porque un gascón con prisa lo había ordenado.

Aldric supo esa noche, con la certeza serena del oficio, que muchos de los hombres que dormían alrededor de él no verían la noche siguiente, y que no había nada que él pudiera hacer para impedirlo, salvo una cosa: sacar de allí, cuando llegara el desastre, a uno.

A uno solo. Lo miró dormir, a Ferrán, con la boca abierta y el botón de asta en el puño, y volvió a hacer los cálculos, esta vez con el chico dentro, buscando la manera de que aquel muchacho amaneciera vivo al otro lado del día.

No encontró ninguna segura. Solo encontró una probable, que dependía de que Ferrán le hiciera caso, de que la escala aguantara lo justo, y de que las manos malditas de Aldric, por una vez, sirvieran para lo que él quería y no para lo contrario.

Rezó, a su manera, que no era rezar: repasó el plan una y otra vez, en la oscuridad, como quien afila un cuchillo que va a necesitar al alba.

El primer asalto fue al amanecer, y Aldric supo, antes de que sonara la primera trompa, que iba a salir mal.

Lo supo porque llevaba toda la vida leyendo los trabajos antes de hacerlos, y aquel trabajo estaba mal planeado: las escalas eran pocas y cortas, el muro más alto de lo que los capitanes habían calculado desde lejos, y el foso seco de delante, sembrado de estacas que nadie había mandado retirar de noche.

Se lo dijo a su capitán, un segundón gascón con más ansia de tierras que de cabeza, y el capitán le contestó lo que contestan siempre los que mandan a otros a morir: que Dios proveería, que el que dudaba ofendía a la causa, que a formar.

Formó. Antes de que sonara la trompa, mientras esperaban en la penumbra del amanecer con las escalas al hombro, Aldric hizo lo único que podía hacer: se pegó a Ferrán y le repitió, en voz baja, deprisa, todo lo que llevaba semanas enseñándole, condensado ahora en instrucciones de vida o muerte.

No subas hasta que la escala esté bien calzada.

No mires arriba mientras subes; mira los travesaños.

Si oyes caer aceite, suéltate y salta, aunque sea alto; una pierna rota se cura, el aceite no.

Y pase lo que pase, quédate medio paso detrás de mí, ni uno más ni uno menos.

El chico asentía, blanco, con el botón de asta de su hermano apretado en el puño dentro del guante, moviendo los labios para repetir las instrucciones, y Aldric vio en su cara el mismo miedo que le había visto a Duno la noche que murió, y sintió el mismo frío, y se juró que este no.

Sonó la trompa. Y subió, con Ferrán pegado a su espalda —medio paso por detrás, como le había enseñado—, y el asalto fue exactamente el desastre que Aldric había leído en el terreno.

Cruzaron el foso seco entre las estacas, a la carrera, bajo una lluvia de flechas que hacía un ruido de granizo al clavarse en los escudos y otro ruido, más blando y más feo, al clavarse en los hombres.

Las escalas no llegaban al adarve; quedaban un cuerpo por debajo, y en ese último cuerpo de muro, en los últimos travesaños, los hombres se amontonaban, sin poder subir ni querer bajar, apretados, a merced de lo que caía desde arriba: piedras del tamaño de una cabeza, vigas, y el aceite, el aceite hirviendo que venía en una cortina brillante y que Aldric olió antes de verlo, un olor dulzón y horrible que no olvidaría, el de la carne de los hombres al freírse dentro de su propia armadura.

Morían de diez en diez sin haber tocado siquiera al enemigo, ardiendo, arrancándose las cotas al rojo, cayendo al foso de estacas, aplastándose unos a otros en la retirada que empezó antes de que ningún capitán la ordenara, porque las retiradas de verdad no las ordenan los capitanes, las decide el miedo de los hombres todos a la vez, y ese miedo, aquella mañana, llegó como una ola que arrastró a todo el que estaba en la escala.

Aldric sacó a Ferrán de aquello. No fue heroico; fue oficio.

Vio antes que nadie —lo vio con esa parte fría que calculaba sola, la misma que lo había mantenido vivo veinte años— el momento en que la escala de al lado se venció bajo el peso y una lluvia de hombres ardiendo cayó al foso, y supo, un instante antes que nadie, que la suya sería la siguiente.

Agarró a Ferrán por el cinto y lo tiró hacia atrás, hacia abajo, justo cuando una piedra pasaba por el sitio donde el chico había tenido la cabeza medio latido antes; y lo cubrió con su cuerpo y con su escudo mientras retrocedían entre los que huían, recibiendo él en el escudo lo que iba dirigido a los dos, apartando con el hombro a los que el pánico convertía en peligro —porque en una retirada mueren tantos por el pánico de los propios como por el hierro del enemigo—, calculando cada paso en aquel caos, eligiendo por dónde no caía nada, viviendo, como siempre, un instante por delante de la muerte de los demás, solo que esta vez el instante lo gastaba en el chico y no en sí mismo.

Un hombre ardiendo se le agarró al brazo, pidiendo ayuda, y Aldric tuvo que soltarlo —no podía cargar a dos, y ya había elegido a cuál cargaba—, y el hombre cayó al foso, y esa fue otra cara más para el saco de las que no olvidaría.

Pero sacó a Ferrán. Salieron. Ferrán vomitó en cuanto estuvieron fuera del alcance de las flechas, de rodillas, temblando, y Aldric se quedó a su lado, de pie, mirando la muralla que no habían tomado y el foso que se llenaba de los suyos, y sintió lo de siempre, la rabia fría contra sus propias manos que lo habían sacado vivo otra vez de un sitio del que él no quería salir vivo.

—¿Por qué no me dejaste subir? —preguntó Ferrán, entre arcadas—. Yo quería… teníamos que…

—No teníamos que nada —dijo Aldric—. Ese muro no se iba a tomar hoy.

Lo sabía antes de empezar. Se lo dije al capitán.

El capitán prefirió gastar cien hombres a admitir que se había equivocado midiendo un muro.

—Se agachó junto al chico—. Eso es la guerra, Ferrán.

No es Dios probando tu valor. Es un gascón con ansia de tierras que no sabe medir un muro, y cien hombres muertos porque a él le da vergüenza decir «me equivoqué».

Grábatelo. Los que suben primero no suben porque Dios los mire.

Suben porque alguien de arriba calculó mal y necesita cadáveres para tapar su error.

—Pero los frailes dicen… —empezó Ferrán, y se le quebró la voz—. Dicen que el que muere en el asalto va derecho al cielo. Que Dios recoge a los que caen en el muro. Que…