El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 15 — La travesía #3
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Capítulo 15 — La travesía #3

Aldric no contestó. Pero el chico, sin darse por vencido ante el silencio, siguió, y lo que dijo se le clavó a Aldric con una precisión que le heló la sangre:

—A lo mejor es que Dios todavía no ha terminado contigo.

A lo mejor te guarda para algo. Un trabajo que solo tú puedes hacer.

—Se encogió de hombros—. Me lo dijo un fraile en el barco, para consolarme cuando yo pensaba que me iba a ahogar en la tormenta como los otros.

Que Dios no gasta a nadie por gusto; que si te tiene vivo cuando deberías estar muerto, es que le haces falta para algo que aún no ha pasado.

A mí me consoló. A ti no sé si te consuela. Tienes cara de que no.

Aldric miró el fuego y no dijo nada, pero por dentro se le había abierto un abismo.

Porque las palabras del chico sonaban demasiado a verdad, y él no quería que fueran verdad.

No quería ser guardado para nada. Quería terminar.

Y la sospecha de que alguien, en alguna parte, lo mantenía vivo a propósito —esquivando por él las cuchilladas que él ya no esquivaba, reservándolo, apuntándolo en un libro para un uso posterior— era la cosa más parecida al terror que había sentido desde la noche de la casa.

Porque significaba que el trato que había ofrecido en el patio de Santa Brígida —«cóbramelo a mí; tengo con qué»— quizá seguía abierto.

Que quizá alguien pensaba, en efecto, cobrárselo.

Y que la muerte que buscaba con tanta ansia no iba a ser un final, sino, tal vez, el principio de la factura.

No supo cómo, pero aquel muchacho descarado se le fue pegando a lo largo de las semanas siguientes, y Aldric, contra su voluntad, contra toda la prudencia que le había enseñado la vida, lo dejó pegarse.

Le enseñó a cubrirse. A leer el terreno.

A distinguir el ruido de una emboscada del ruido del viento.

A no fiarse nunca de las escalas de asalto.

Le corrigió el modo de sujetar la lanza, que era el modo con que se sujeta una lanza cuando nadie te ha enseñado y crees que la fuerza basta.

Le dijo, una noche, la única cosa de padre que sabía decir: «No subas el primero por las escalas.

Deja que suban los que buscan gloria. La gloria es de los muertos; a ti te quiero vivo».

Y el chico se rió, feliz de que alguien lo quisiera vivo, sin entender el precio que Aldric había pagado por aprender esa frase, sin saber que cada palabra de cuidado que le daba era una que Aldric no había podido dar a tiempo a otros, a Duno, a Vera, y que cuidar de Ferrán era, para el Cuervo, una manera desesperada y tardía de pagar deudas viejas con un desconocido que aún estaba vivo.

Una noche, Ferrán le enseñó un colgante que llevaba al cuello: un botón de asta, tosco, sin ningún valor, que había sido de su hermano, el que mató sin querer en la cacería.

«Se lo arranqué del abrigo cuando lo levantamos del suelo», le contó, girándolo entre los dedos a la luz del fuego.

«No sé por qué. Para tener algo suyo, supongo.

Mi padre me habría matado si me lo ve; para él era como robarle al muerto.

Pero yo no podía dejarlo entero bajo tierra y quedarme sin nada.

» Y Aldric, sin decir palabra, se llevó la mano por dentro del jubón y palpó el trozo de hilo azul que había cortado de la manta de Vera, y la piedra gris de Sen en el zurrón, y entendió que los dos, el viejo asesino y el muchacho, eran la misma clase de hombre: de los que guardan una cosa de nada de lo que han perdido, un botón, un hilo, una piedra, para que la pérdida tenga al menos un peso que llevar en el bolsillo.

No se lo dijo. Pero le enseñó, a cambio, el hilo azul, solo un momento, y le dijo: «De mi mujer».

Y Ferrán no preguntó más, porque también él sabía que hay cosas que dos hombres se cuentan mejor enseñándose lo que guardan que hablando.

Otra noche, Ferrán se durmió apoyado contra su hombro, vencido por el cansancio a media frase, con la boca abierta, tan joven, y Aldric se quedó muy quieto para no despertarlo, aguantando el brazo dormido, y sintió una ternura que le dolía físicamente, porque era la ternura por Duno que nunca se había permitido, la que había enterrado bajo el «no has temblado, lo has hecho bien», devuelta ahora, tarde, sobre otro muchacho condenado.

Miró dormir a Ferrán bajo las estrellas de Tierra de Sal y le hizo, sin palabras, la promesa más peligrosa que puede hacer un hombre en una guerra, la que ya le había costado todo una vez y que su corazón terco volvía a hacer contra toda prudencia: te voy a cuidar.

Voy a llegar a tiempo, contigo, aunque sea una vez, aunque no llegara con nadie más.

Se dijo que no se encariñaba. Se lo dijo con las mismas palabras con que se había dicho, meses atrás, que no volvería a la casa de Vera.

Y, como aquella vez, se mintió, y no se creyó la mentira, y siguió cuidando del muchacho noche tras noche, asalto tras asalto, sin querer admitir que había vuelto a hacer lo único que le había traído siempre la desgracia y la única felicidad que había conocido: encariñarse de alguien a quien podía perder.

La campaña se alargó, y con ella la amistad, y con la amistad el miedo, porque querer a alguien en una guerra es firmar por adelantado un duelo.

Aldric lo sabía mejor que nadie, y por eso el miedo que le tenía a aquella amistad no era como el de los demás.

Los demás temían morir. Aldric temía lo contrario: temía sobrevivir a Ferrán, como había sobrevivido a Duno, a Vera, a todos; temía volver a llegar medio paso tarde; temía que sus manos malditas, que no lo dejaban morir a él, tampoco llegaran a tiempo de salvar al muchacho, y quedarse otra vez de pie entre el humo, ileso, con un cadáver querido a los pies y las manos vacías.

Cada noche que Ferrán se dormía contra su hombro, Aldric hacía el cálculo del oficio, medía las próximas murallas, los próximos asaltos, y en todos los cálculos había un punto en que el muchacho podía morir y él no llegar, y en ninguno encontraba la manera de garantizar que llegaría.

No se puede garantizar. Lo había aprendido en una casa de Gante Vieja, a medio paso de una silla.

A veces, en aquellas semanas, Aldric sacaba del jubón el trozo de hilo azul de la manta de Vera y lo sostenía entre los dedos a la última luz de la tarde, y le hablaba, muy bajo, para que Ferrán no lo oyera.

Le contaba que había vuelto a tener miedo.

Le contaba lo del chico, cómo se le parecía a Duno, cómo temía llegar tarde otra vez.

Y le preguntaba, aunque no esperaba respuesta, si estaba mal, si era una traición, haber vuelto a querer a alguien cuando había cruzado el mar precisamente para dejar de querer y de perder.

No había respuesta, claro; solo el hilo azul entre los dedos, y la tarde, y el campamento apestando alrededor.

Pero le parecía, al guardarlo, que la respuesta era la de siempre, la que ella le habría dado: que querer no era traicionar a la muerta, que la traición habría sido dejar de querer; que un corazón cerrado para no sufrir era justo el que el Chacal había querido fabricarle de niño.

Así que guardaba el hilo, y decidía, sin palabras, que si tenía que perder a Ferrán lo perdería habiéndolo querido, y no protegiéndose de quererlo, porque protegerse de querer ya lo había hecho veinte años y no lo había salvado de nada, solo lo había dejado más solo.

El ejército marchó hacia el interior, hacia una tierra más seca y más dura, y ante las primeras murallas de aquel interior —una ciudad pequeña y terca cuyo nombre nadie recordaría, una más de las que el sepulcro de Dios exigía y no devolvía— Aldric y Ferrán vivirían juntos el primer asalto de verdad, el que le enseñaría a Aldric hasta dónde estaba dispuesto a llegar por el muchacho, y a Ferrán, la primera lección amarga de que la guerra santa no tenía nada de santa.

Aldric lo presintió la víspera, mirando aquellas murallas al atardecer, contándolas con el viejo instinto: eran malas murallas para asaltar, altas y bien guardadas, de las que se llevan por delante a los que suben primero.

Y supo, con el frío de siempre, que Ferrán querría subir el primero, porque los muchachos que buscan el perdón de un padre muerto siempre quieren subir los primeros, y que él, Aldric, iba a tener que ponerse en medio.

Descubriría al día siguiente, en el desastre de aquella escala, hasta dónde estaba dispuesto a llegar por el chico: que ya no buscaba solo su propia muerte, sino, antes que ella, la vida de Ferrán; que había vuelto a tener, sin querer, alguien por quien llegar a tiempo.

Y esa —que aún le quedara alguien a quien proteger— iba a ser, a la vez, la última condena y la última gracia de su vida sobre la tierra.