Capítulo 15 — La travesía #2
Lo veía cada día, en pequeño, en la vida del campamento.
Vio morir a un muchacho de disentería, cagándose encima durante días, llamando a su madre, mientras a cien pasos, en una tienda con estandarte, un conde y un obispo discutían de teología comiendo cordero.
Vio a los frailes negar el entierro en sagrado a un cruzado que se había ahorcado de fiebre y desesperación, el mismo que había dejado su tierra para redimir su alma, condenado ahora por no haber aguantado la redención; y vio, en cambio, bendecir con agua y latín a los que salían a arrasar aldeas.
Vio repartirse el botín según la sangre de cada cual, tanto para el señor, tanto para el caballero, las migas para el peón que había subido el primero por la escala.
Vio, en fin, exactamente el orden del Chacal —los que quitan a los débiles, quitados por gente peor— pintado del color de Dios, y le dio la misma náusea que le había dado a los pies de la escalera de Rethel, solo que ahora la náusea no le duraba una noche: le duraba la guerra entera, porque no había un solo Rethel al que perdonar, había un mundo entero organizado igual, de arriba abajo, y el perdón, aquí, no dependía de él.
*
Él mató. Claro que mató; para eso había ido, y era lo que sabía hacer.
Mató en las escaramuzas, en las emboscadas, en los asaltos que no llegaban a ninguna parte.
Y una vez —una sola, pero le bastó para el resto de su muerte— mató en la toma de una aldea sin nombre, una de esas aldeas de barro y palmeras que el ejército arrasaba de paso, no por estrategia, sino por hambre y por costumbre y porque los hombres a los que se les ha dicho que Dios los perdona necesitan, de vez en cuando, comprobarlo.
Aldric entró en aquella aldea con el asalto, en el humo y los gritos, y cuando el tiempo rojo pasó y pudo mirarse las manos, había hecho cosas que no quiso recordar y recordó igual, porque había mujeres, y había niños, y él había jurado sobre la tumba de una mujer y un niño no volver a ser el Cuervo, y en aquella aldea, entre el humo, no supo ya si había sido Aldric conteniéndose o el Cuervo desatado.
Hubo un instante, sí, uno, del que se agarraría después como a una tabla.
En una casa de barro, buscando enemigos, se topó de frente con una niña —doce años, quizá, trece, la edad que habría tenido Aina—, que lo miró con los ojos enormes de puro terror, paralizada contra la pared, sin gritar siquiera, igual que Aina había bajado la escalera y lo había mirado a la luz del candil.
Y la mano de Aldric, la mano que mataba sola, que no lo había dejado morir en la brecha, aquella mano subió a medias y se detuvo.
Se detuvo en el aire. Por primera vez en su vida, en el filo mismo del reflejo, algo más fuerte que el oficio le agarró la mano y la paró: no la cabeza, que no llegaba a tiempo, sino otra cosa, la cara de Aina y la cara de Vera y la promesa hecha sobre una tumba, todo junto, convertido en una brida nueva que le sujetó el brazo por su cuenta.
Bajó la mano. Sacó a la niña de la casa, la empujó hacia el campo, hacia la noche, lejos del humo, y le gruñó que corriera, que no volviera, y la niña corrió.
No salvó la aldea. No se salvó a sí mismo del resto de lo que hizo aquella noche.
Pero salvó a una, a una sola, y comprendió, temblando, que era exactamente el reverso de la casa de la calle de la Sal: allí, el reflejo había matado a una niña antes de que la cabeza llegara; aquí, por primera vez, otra cosa había parado el reflejo antes de que matara.
No sabía cómo llamar a esa cosa. Vera la habría llamado por su nombre.
Él solo supo que, por una vez, sus manos habían obedecido a algo que no era ni el Chacal ni el miedo ni la sed, y que si podían obedecer a eso una vez, quizá —quizá— no estaba todo perdido.
Aquella noche, sentado aparte del campamento, con la piedra gris apretada en el puño hasta hacerse daño, Aldric sintió por primera vez la trampa de fondo de toda la cruzada, la que Lien había intuido con su mitad descreída.
Había ido a la guerra a lavar la cuenta de sus muertos.
Y en la guerra la cuenta solo crecía. Cada hombre que mataba en Tierra de Sal era una piedra más en el plato equivocado, no una menos.
Había cruzado el mar para limpiarse de sangre matando, y matar no limpiaba nada; la sangre no lava sangre, solo la tapa; y él estaba tapando un pozo de sangre con más sangre, cavando hacia abajo mientras creía subir.
Recordó, con una claridad que le dolió, la aldea de la calle de la Sal, y a Aina, y su cara sin nombre; recordó que había venido aquí para pagar por ella; y comprendió que aquí, en vez de pagar por Aina, le había hecho a otras aldeas y a otras Ainas lo mismo que le había hecho a ella, multiplicado, con la cruz cosida al hombro y la bendición de un obispo.
La duda que le nació aquella noche no se le cerró ya nunca.
Fue la peor herida de la campaña: una herida de la que no salía sangre, hecha de la sospecha de que se estaba condenando más con cada golpe que daba para salvarse.
*
Buscaba la muerte. Esa era la verdad que no le decía a nadie.
Se ofrecía voluntario a las escaramuzas más suicidas, subía el primero por las escalas de asalto, se metía donde el acero era más espeso.
Los otros lo tomaban por el más valiente del campamento y empezaron a seguirlo, y eso le daba asco, porque él no buscaba la gloria que ellos creían que buscaba: buscaba terminar.
Cada asalto era, para él, una oportunidad de cruzar por fin la puerta, de ir a secarse al otro lado con los suyos.
Y no moría.
Esa era la maldición, la burla, el chiste cruel de quienquiera que llevara las cuentas.
El hombre que buscaba la muerte con toda su alma era, precisamente por veinte años de oficio, el que menos fácil se la ponía.
Las manos no lo dejaban morir. Vivían solas, como habían vivido siempre, un instante por delante de la cuchillada del enemigo, esquivando sin que él se lo mandara, parando sin que él quisiera parar, matando para seguir vivo cuando lo que él quería era lo contrario.
Salía de cada matanza cubierto de sangre ajena, ileso, con más muertos a la espalda y la puerta tan cerrada como el día que embarcó.
Empezó a odiar sus propias manos con un odio nuevo y feroz.
Le habían quitado a Vera por llegar tarde medio paso; ahora le negaban la muerte por llegar, siempre, medio paso pronto.
Estaban malditas de las dos maneras a la vez: demasiado lentas para salvar, demasiado rápidas para morir.
Una vez lo intentó de veras. En un asalto, en una brecha de la muralla, vio venir hacia él a un guerrero enemigo grande y diestro, con un hacha, y Aldric, deliberadamente, bajó la guardia, abrió los brazos, se ofreció entero al golpe, dispuesto por fin a cruzar la puerta.
Y sus manos —sus manos malditas, que vivían solas— no lo dejaron.
Sin que él lo mandara, el cuerpo se le apartó del hachazo, la mano subió, el cuchillo entró, y el guerrero grande cayó muerto a sus pies mientras Aldric, ileso otra vez, se quedaba temblando de rabia, gritándoles a sus propias manos, allí, en la brecha, entre el humo, como un loco: «¿por qué?
, ¿por qué no me dejáis?». Los otros lo tomaron por furia de guerra y lo vitorearon.
Solo él sabía que estaba maldiciendo, no al enemigo, sino a los diez dedos que se negaban a dejarlo morir, como si alguien, en alguna parte, los manejara con hilos por encima de su voluntad, reservándolo, guardándolo, para un uso que él aún no alcanzaba a imaginar.
En las noches del campamento, tumbado bajo las estrellas —las mismas de Gante Vieja, comprobó una vez, con un vuelco en el pecho: las mismas para todos, para él y para el Chacal y para Vera bajo la tierra de un patio—, apretaba en el puño la piedra gris del niño de las piernas torcidas y le hablaba a Vera en voz muy baja.
Le contaba el día. Le pedía perdón por lo de la aldea.
Le prometía que no tardaría, que en cuanto sus manos traidoras se lo permitieran, iría.
Y a veces, en el duermevela, oía su voz —«aguanta el mordisco, no lo sueltes»— y no sabía si era el recuerdo o si de verdad, desde algún sitio, ella le contestaba, y prefería no saberlo, porque las dos posibilidades, la de que fuera solo recuerdo y la de que fuera de verdad ella, le partían el pecho por igual.
*
Fue en una de aquellas noches cuando conoció a Ferrán.
El muchacho se le acercó a la hoguera sin que nadie lo invitara, con esa desvergüenza confiada de los diecinueve años, y se sentó a su lado como si se conocieran de toda la vida.
Aldric estuvo a punto de espantarlo con una de sus miradas —no quería compañía, no quería que nadie se le pegara, ya había visto adónde llevaba que la gente se le pegara—, pero el chico empezó a hablar antes de que le diera tiempo, y algo en su cara, en su manera de no tener miedo de un hombre del que todo el campamento tenía un poco de miedo, se lo impidió.
—Tú no buscas la gloria —le dijo Ferrán, sin preámbulos, mirando el fuego—.
Todos buscan algo aquí. Botín, tierras, el perdón, el nombre, una mujer, lo que sea.
Yo busco el perdón; maté a mi hermano, ¿sabes?
, sin querer, en una cacería, se me cruzó cuando disparaba, y mi padre no me lo perdonó nunca, ni me volvió a mirar a la cara desde aquel día, así que vine a que me lo perdonara Dios, que dicen que es más fácil de contentar que un padre.
—Sonrió, tan joven, y aquella sonrisa le apretó a Aldric el pecho, porque era la misma sonrisa de Duno, la misma confianza condenada—.
Pero tú no buscas nada de eso. Te he mirado.
Tú peleas como si quisieras que te mataran, no como quien quiere matar.
Y no te matan. Es raro. Es como si Dios te quisiera vivo a la fuerza.